POLICIAL ARGENTINO

martes, 13 de septiembre de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 25

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES, SÁBADO POR LA MAÑANA
El teléfono sonó y sonó y ella no hizo caso hasta que insistieron por segunda vez.
 — ¡Marceau! — Michelon no esperó a que ella terminara de decir "hola" —. Encontraron a Lionel Henri muerto en su automóvil, esta madrugada, en el garage de su edificio.
 — Dios santo — suspiró y se sentó en la cama —. Voy para allá.
— No. Ya retiraron el cuerpo. La espero en el Quai.
Odette llegó al piso con dolor de cabeza y el estómago en la montaña rusa. El interno había sonado durante todo el tiempo que ella había tardado en colgar el impermeable en el perchero.
 — Michelon te está esperando — le avisó Laure y cortó.

Mientras subía contando los peldaños, trató de componer una expresión neutra. Odio que mis asuntos personales afecten el trabajo. Tu problema, ricura, es que el trabajo te afectó los asuntos personales. Entró sin golpear: Madame estaba pálida.
 — ¿Quién encontró el cuerpo?
 — El portero. Aparentemente se suicidó con una manguera conectada al escape del motor. Lionel era mi amigo, yo lo conocía bien, nunca hubiera hecho una cosa así....— Michelon tragó saliva antes de hablar, y lo hizo aprovechando que ella no había abierto la boca todavía —. Tiene el caso asignado.
— ¿No están Meyer y Dubois en esto?— Odette casi saltó del sillón—. Sería interferir en la investigación... — Es un homicidio y Ud. está a cargo. Meyer y Dubois reportan a Ud. directamente.
 Se miraron y Odette meneó la cabeza con decepción.
— Madame, no creo que sea lo mejor en estos momentos...
 — Ya me equivoqué lo suficiente. Basta: Ud. está al frente del caso.
Marcel entró azotando la puerta y se quedó cortado cuando la vio; ella encajó los dientes y se apoyó rígida contra el respaldo de su sillón, los ojos fijos en Madame. Marcel tenía mal semblante.
 — Henri murió en la madrugada.... Ya lo saben...
 — Siéntese, Dubois. Marceau queda a cargo de la toda la investigación, incluída la muerte de Henri. Infórmele a Meyer.
 — Madame, no es lo que ...— Odette empezó a hablar y Marcel la interrumpió.
 — Madame, no creo que sea prudente. Ud.misma excluyó a Marceau de la investigación y ahora...
 — ¡Dubois, son mis órdenes!— Michelon restalló.
 — Creí que se trataba de no poner en peligro a más gente que la estrictamente necesaria— Marcel la enfrentó.
 — ¿Está poniendo en duda mi autoridad? — siseó la comisario.
— No, Madame, en absoluto — Marcel vaciló un instante antes de responder entre dientes.
— Madame, permítame disentir. Ya conoce mi opinión acerca de reasignar...— Odette intentó replicar.
 — ¡Marceau, para Ud. también vale mi autoridad!— Michelon estaba furiosa—. Quiero informes completos de todo lo que hagan. Quiero saber en dónde están y a quién van a ver o interrogar. ¡Y quiero al asesino de Lionel Henri!
 Odette se levantó sin mirar a nadie: mejor que me vaya a hacer mi trabajo.
 — Me voy a la morgue.
 ****

Marcel la alcanzó en el estacionamiento y se metió al auto sin que lo invitara. 
 — ¿Adónde estuviste anoche? Volví loca a media PDP buscando tu auto, llamándote a los celulares, al radio...¿No estabas en tu casa? ¿Podrías responderme por favor?
 Ella continuó conduciendo sin despegar la vista del tráfico mientras mantenía un silencio rencoroso. Se estaba comportando de un modo infantil pero si abría la boca terminarían a los gritos, y no eran el momento ni el lugar. Luchó por contener las lágrimas.
— ¡Carajo, te estoy hablando!— Marcel le tomó un hombro— ¿Podrías parar el puto auto?
Clavó los frenos y estacionó: acababan de llegar a la morgue. Se bajó sin mirarlo.
Marcel la alcanzó y la detuvo antes de entrar.
— Te estás portando como una chiquilina...— la agarró de un brazo y tiró hacia él.
— ¿Y qué estuviste haciendo hasta ahora, si no fue comportarte como un pendejo?— susurró ella entre dientes.
— ¡Te protegía! Todos te protegíamos, inclusive Michelon y ahora me hace esto. Vas a hablar con ella apenas regreses al Quai: te quiero afuera del caso.
— Da la casualidad que Michelon me hizo este presente griego. Entremos de una buena vez— trató de soltarse y él apretó más.
— No me jodas. Te amo aunque no me creas. No pienso consentir que te expongas por un caso de mierda. — Es por lo que nos pagan, Dubois. Y en cuanto a lo otro, creo que tendrías que revisar las bases de tu filosofía amorosa — remachó.
Él la soltó mascullando un insulto y ella acometió el pasillo blanco y frío con una decisión que le costaba sostener.
****

El forense auxiliar los estaba esperando. Por el bien de la causa, Marcel se quedó unos pasos detrás de Odette, que sin volver a mirarlo se acercó al médico. Al cadáver desnudo a sobre la camilla apenas le estaba comenzando el rigor mortis.
— La muerte se produjo alrededor de las cinco de la mañana, por inhalación de monóxido de carbono — informó el médico—. Es una muerte dulce y rápida. Si yo fuera a suicidarme la elegiría.
El sentido del humor de los forenses es algo que muy pocos le aprecian y yo no soy de esos pocos, pensó Marcel, asqueado.
— ¿Cuán rápida?— preguntó Odette.
El cretino presuntuoso pareció no darse cuenta del tono escueto de la pregunta y se dedicó a pontificar.
— El individuo primero pierde la conciencia, después el cerebro deja de funcionar por la anoxia, finalmente llega el paro cardiorespiratorio pero a esas alturas ya hay muerte clínica...— explicó, didáctico como un profesor de Medicina—. Digamos, veinte minutos como máximo, tratándose del escape de un auto. En el caso de las estufas, lleva un poco más, digamos...
 — ¿Cómo estaba cuando lo encontraron?— interrumpió Odette rodeando la camilla.
 — Sentado al volante, la cabeza sobre el pecho. Típico: conectan una manguera al escape, la meten por la ventanilla casi cerrada, arrancan el motor y ahí se quedan.
No la convenciste, doc, pensó Marcel al observar la expresión de Odette.
 — Las causas de muerte son claras, comisario— se jactó el forense—. Tiene todas las señales típicas...
— No dudo de su capacidad para determinar causas de muerte, doctor. Dudo de que Henri se haya suicidado.
— Para sospechar de un crimen, debería haber señales de violencia ¿Ud. se dejaría meter así como así en un auto en esa situación?— el forense se encogió de hombros—. Era un tipo de contextura fuerte, se hubiera resistido.
— ¿Y si lo drogaron, o algo así?
 — Lo primero que hice fue analizar la sangre: está limpio. Ni un sedante, un vasito de vino, nada. Es un suicidio— el tipo esbozó una sonrisita de suficiencia.
— Carajo— masculló Odette cruzándose de brazos; se apoyó en la camilla vecina y después de unos momentos, descorrió la sábana hasta descubrir los brazos del cadáver.
— No hay pinchaduras de nada, no le inyectaron ningún veneno, no lo golpearon para desmayarlo — enumeró vanidoso y levantó la cabeza del cadáver— ¿Ve? No hay hematomas ni contusiones...
— ¿Qué son estas marcas?
 — ¡Ah, comisario, es la marca del reloj de pulsera! Es la mano izquierda... Lo llevaría algo apretado y cuando se detiene la sangre...
 — No creo que usara dos relojes— Odette acotó sarcástica y levantó la mano derecha— ¿Qué me dice de esta marca?
— Ah, bueno, no parece nada demasiado concluyente— el hombre cubrió el cadáver—. No creo que... Bedacarratx entró a la carrera y saludó agitado.
 — Lamento llegar tarde...— una ojeada le bastó para que el auxiliar le alcanzara la ficha de la autopsia. El forense leyó el informe y descubrió el cuerpo hasta la mitad, para revisar los brazos del cadáver. — Tome muestras de la piel de las muñecas alrededor de esas marcas— ordenó y el forense auxiliar se puso colorado—. Son marcas de esposas... aunque casi no hay laceraciones...— Bedacarratx miró la muñeca derecha del cadáver varias veces y comparó las marcas con las de la muñeca izquierda—. Muy leves... parecen arañazos...
— Comisario — el auxiliar tartamudeó, rojo como un tomate —, no comprendo cómo se me pudo pasar... Entonces lo esposaron al volante y sí forcejeó... ¡y por qué no gritó!
— ¿Y si estaba amordazado?— Marcel intervino por primera vez—. Los tipos lo sacan de su casa. En el auto, lo sientan en el lugar del conductor pero en lugar de obligarlo a salir, que es lo que Henri suponía que harían, lo amordazan con cinta adhesiva y lo esposan al volante. Seguramente le hayan vendado las muñecas y por eso las marcas son leves; el resto es historia conocida. Preparan la escenografía, esperan a que el tipo muera, le sacan las esposas y la cinta.
— Y habría restos de adhesivo sobre la piel y alrededor de la boca— Odette sacudió la cabeza. No lo puedo creer, estamos de acuerdo en algo, pensó Marcel y le buscó la mirada. Ella no apartó los ojos pero se mantuvo inexpresiva.
— Sí, siempre queda algo— el forense auxiliar voló a buscar unos tubos de centrífuga, hisopos, una cureta y otras porquerías más, mientras pasaba de rojo a bordó.
Los instrumentos del forense le daban asco. Cuando me muera espero que sea en el mar, así me ahorran el paso por este sitio, pensó Marcel. Quién sabe si el remordimiento por haber dejado escapar el detalle de las muñecas hizo que el auxiliar se pusiera trabajar a toda velocidad. Bedacarratx les pidió que no se fueran.
— Por favor, esperen. Esto no tardará— y se fue a trabajar con el idiota apoplético. Con un ademán invitó a Odette a acompañarlo hasta la pecera de Bedacarratx, mientras encendía un cigarrillo.
— ¡Fume en el cubículo, Dubois! ¡Aquí hay inflamables!— le advirtió el forense.
Mejor no fumo una mierda.
 **** 
—¡Ya está!— Bedacarratx entró triunfante—. No tardé demasiado... ¡Buen Dios, qué humo!
— ¡Qué quiere! ¡Nos archivó aquí dentro casi una hora!— protestó Marcel, malhumorado.
 No habían constituido la mejor mutua compañía, él fumando como el Expreso Oriente y Odette vuelta hacia la pared, con la frente apoyada en una mano.
— Uno de estos días le muestro los pulmones de algún muerto por enfisema y...— bromeó el forense.
— ¡No joda, Ud. fuma Celtiques! ¿Cómo anda su enfisema?
— En casa de herrero...— el médico se encogió de hombros—. Limpiaron los tejidos con alcohol, pero había restos de adhesivo alrededor de la boca y de las muñecas y algunos vellos arrancados. Es homicidio. — Vamos a ver qué encontramos en el auto— Odette frunció el ceño—. Tiene que haber algo.
 — ¿Qué vas a buscar? Si yo lo hubiera hecho, hubiera tomado todos los cuidados posibles, me habría puesto guantes...— Marcel intentó un amago de conversación, animado por el plural.
— Yo hubiera hecho lo mismo, pero nunca se sabe: quizás haya cabellos, huellas de calzado, una colilla de cigarrillos, no sé...Hay que verlo— respondió ella con sequedad, y salió sin invitarlo a seguirla.
Siguen las hostilidades. Masticó el Gauloise y se le lanzó detrás. La alcanzó cuando abría la puerta del auto. Carajo, es capaz de irse y dejarme a pie. Maldita gata caprichosa. 
 — Dame las llaves— tendió una mano imperiosa. Por la expresión de Odette, creyó que se las tiraría por la cabeza. Tuvo suerte: un par de oficiales entraban al edificio y los saludaron. Las llaves le cayeron en la mano y ella se subió al auto, muda. Ofuscado por su silencio, Marcel detuvo el auto en una callecita medio desierta y tomándola por los hombros la obligó a mirarlo.
 — Hablemos.
 — No queda mucho por decir— replicó ella.
— No me hagas esto...
 — ¿Y qué me hiciste a mí?
 — Soy un imbécil— susurró—, un boludo, un hijo de puta, sé que no tengo excusas pero por favor...
— Nunca escuché una definición tan acertada — el sarcasmo fue peor que un cachetazo.
 — Dame una oportunidad... — le rogó con los ojos llenos de lágrimas.
 — ¿Me la hubieras dado a mí? ¿Me la diste alguna vez? — Odette perdió el control —. ¿En todo este tiempo merecí una sola vez tu confianza? ¡El señor no soporta la mentira! Serías capaz de matar por algo así, ¿no es cierto, Dubois?... ¡Creí que era una forma equivocada de amor y no era más que tu ego de macho inflado como un globo!
 Ella trató de bajarse del auto y él la retuvo por la fuerza. Lo insultó y él se aguantó los insultos. Lo odiaba desde sus mismas entrañas y se lo gritó, pero él aceptaba cualquier cosa con tal que lo escuchara. Forcejearon, él tratando de dar explicaciones que ambos sabían no tenían sentido.
— Estoy metido en esta mierda hasta el cuello y no puedo salirme en este momento... Tengo que seguir hasta el final...— trató de tomarle la cara entre las manos para obligarla a mirarlo—. ¡Cristo, cometí millones de errores, ya lo sé, pero te amo! ¡Qué debo hacer para que me creas!
— Nada...— murmuró ella exhausta y sin mirarlo.
— ¡Odette, por favor...!
— No es nada más lo de esas mujeres...¡sería tan sencillo! Pero, mentirme así sobre todo lo demás es... humillante.
 — ¡Tenía órdenes!
 — Creí que podías confiar en mí.
 — Yo no inventé el procedimiento— rebatió con sequedad. El que mencionara el caso lo irritó más de lo que podía admitir. Tenía órdenes: Odette debía ser mantenida al margen. Y ahora se la ponían delante, haciéndolo sentir un incompetente. Para colmo, ¿cómo mierda se las arreglaría para protegerla de los hijos de puta con los que se había cruzado? Era una locura y se sentaría a hablar con Michelon: Odette tenía que permanecer afuera.
— No, no inventaste el procedimiento: yo lo hice y no tuve en cuenta casos “excepcionales”— ella respondió con acritud—. Por ejemplo, que te acostaras con tu jefe y tuvieras que cumplir con un operativo a sus espaldas, haciéndola pasar por estúpida.
— ¡No es cierto! ¡Estás siendo injusta con los dos!
— ¿Y en el próximo operativo, qué? ¿Cuándo deberé enterarme que estás durmiendo con alguien más? Fui una idiota al pensar que esto podía funcionar— ella susurró y la pausa que transcurrió le heló la espina dorsal. “Esto”, eso, eran ellos dos. Pero entre ambos se levantaba una investigación que les destrozaba la confianza mutua. Maldijo a media voz y arrancó el auto. Llegaron al Quai en medio de un silencio pavoroso. Ninguno de los dos atinó a bajar en el primer momento.
— Odette... — hizo un último intento cuando ella estiraba la mano hacia la puerta.
— Pediré el traslado en cuanto termine esta investigación. No podemos seguir juntos en la misma unidad— bajó del auto y no se volvió una sola vez.

lunes, 22 de agosto de 2011

La mano derecha del diablo- CAPÍTULO 24


PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE. VIERNES POR LA TARDE

La Brigada Criminal, 3º piso del 36, Quai des Orfèvres
 — Ya me está cansando, Corrente.
El hombre bajo arresto miró de arriba abajo a la mujer que se levantaba de la silla: no sabía que los comisarios franceses usaban portaligas. Estuvo a punto de decírselo. Iba a sacar un MS pero las esposas le recordaron que el brazo derecho no le serviría y él era diestro.
— No entiendo porqué me arrestaron. Quiero fumar — se señaló la muñeca esposada a la pata de la mesa.
Sentada sobre la mesa, la comisario Marceau cruzó las piernas.
— Me molesta el humo...
— ¿Dubois fuma Gauloises y a Ud le molesta el humo?
— El de los MS, sí— ella sonrió con ferocidad digna de un felino, Corrente sintió que su más fiel amigo se ponía de humor conversador. Se concentró en obviar las sensaciones.
— Qué- está- haciendo- en-París — deletreó ella.
— Turismo. No pueden arrestarme por sacar fotos.
— Me dice qué carajo quiere o termina en un calabozo del Quai.
— No tiene un solo cargo...
— Tengo testigos de su persecución y hostigamiento hacia mi persona. Jurarán que trató de violarme— se inclinó hacia él y su perfume levísimo y exquisito lo envolvió.
— No está prohibido andar por las mismas calles que Ud.
— Y supongo que cree que me hace un honor siguiéndome hasta mi casa y esperando que vuelva a salir.
— Siempre quise conocer La Defénse.
Se moría por fumar y como pudo se retorció para sacar el puto paquete de MS del bolsillo interior del saco. Sacó uno y casi lo mordió.
— Por favor, necesito el encendedor.
— ¿Qué es lo que busca, Corrente?
— El encendedor...
— Si no fuera tan cretino me caería simpático.
El perfume y la cercanía hicieron que su amigo insistiera en conversar. Se puso furioso consigo mismo y con ella. Te voy a borrar la sonrisa. Conste que no quería hacerlo.
— Traigo algo para Ud. Si me deja fumar, se lo doy.
— ¿Y si no?
— Lo encontrará de cualquier modo, cuando me revise los bolsillos buscando el encendedor — sonrió.
Ella se bajó de la mesa y rebuscó en el bolsillo derecho exterior del saco. Él se puso a medias de pie, impedido por la mano esposada.
— Está en el bolsillo derecho del pantalón. El encendedor, digo.
La manita entró y salió con suavidad provocándole otro tirón en la bragueta. El ruido del encendedor al caer sobre la mesa lo volvió a asuntos más urgentes. Iba a manotearlo cuando ella le detuvo la mano.
— ¿Y lo mío?
— Eso sí está en el saco.
Ella encontró el sobre, lo abrió y rodeó la mesa para sentarse mentras él encendía el MS como si fuera el último. El rostro de porcelana se volvió inexpresivo. Non ti piace, vero, tesoro? (1)
— A mí tampoco me gustó — dijo, aspirando el humo—. No pierda el tiempo haciéndolas analizar: no hay truco. Yo mismo instalé las cámaras ocultas.
Ni aún con la provocación logró un solo gesto de parte de ella. La comisario se levantó y llamó por el intercom sin dejar traslucir emoción; regresó y se sentó a repasar las fotos, esperando a los oficiales sin uniforme que lo habían arrestado.
— Teniente, fíchelo y enciérrelo. Ya conoce los cargos.
— Sí, señora— el tenientito de mierda soltó las esposas de la mesa, le tomó el brazo izquierdo y el clac metálico le informó que estaba a disposición de la PDP(2).
— ¡No tiene nada, no puede arrestarme!
Ella se limitó a sacudir la cabeza señalando la puerta. Carajo,¿estos pendejos quiénes se creen que son? — ¡Sáquenme las manos de encima!
Otra seña y lo sentaron de prepo y se retiraron hasta la pared a sus espaldas.
— ¿Qué es lo que le preocupa más, Corrente: la hotelería del Quai o cómo le quedará el culo cuando en Milán sepan que quedó al descubierto? — preguntó ella.
La rabia le estrujó los testículos. Sacó la voz de cualquier parte.
— Si sabía que soy de los Carabinieri, ¿para qué hizo toda esta mise en scéne (3)?
Ella sonrió con sonrisa de escultura etrusca.
— No lo sabía: me lo acaba de decir.
La puta madre que te parió. Amagó a levantarse y una mano masculina en el hombro lo convenció de sentarse.La comisario se acercó y le revisó metódicamente y sin segundas intenciones los bolsillos, hasta encontrar la identificación. Uno de los pendejos se acercó, ella le entregó la identificación y el otro salió a la carrera. Una sacudida del mentón, y el pendejo restante le abrió las esposas.

— Puede retirarse, teniente — dijo a media voz sin volver la cabeza y se sentó frente a él.
— ¿Yo también puedo preguntar? — aventuró Corrente después de encender otro cigarrillo.
— Las damas primero. ¿Quiénes son las mujeres?
— Una era una tal Sonja Jorgensson, sueca, mannequin de mediana categoría. Trabajaba en uno de los cruceros de EuroAvventura y alli conoció a Dubois. La otra es Alessandra Giuliani — la puttana de Alessandra, pensó tragándose la hiel.
— ¿Y se molestó en venir a verme para que convenza a Dubois de dejar en paz a su Alessandra?
Si no fueras comisario te retorcería el pescuezo. Le devolvió golpe por golpe.
— No: pensé que Ud. podría decirme a qué se dedica Dubois cuando le dice que está en C*.
— Ud. parece saberlo mejor que yo.
La dama no se rinde fácilmente, me gusta. Se sostuvieron la mirada, y en nombre de las relaciones internacionales, decidió ceder.
— Comisario, ¿qué le parece si hablamos en serio?
— Sé que tiene sus propios motivos, o los de los Carabinieri, no sé, para jugar al detective privado con Donna Valentina; sé que Ruggieri quiere a BCB para usarla de pantalla para sus actividades turbias y sé algunas cosas más. Su turno.
— Por “jugar al detective” me topé con Dubois en estrechas relaciones con Ruggieri. Traté de convencerme que se trataba de algún operativo pero resultó que no hay operativo. La PN(4) no tiene noticias de ningún oficial francés actuando encubierto en territorio italiano y por supuesto, los Carabinieri no tenemos información. ¿Qué clase de negocios podría tener Dubois, o Marco Delbosco, como le guste más, con Ruggieri? No queda mucho espacio para su inocencia, ¿no le parece?
— Me imagino que puede probar su culpabilidad...
— Para ser sincero, no. Lo único que tengo son las fotos...
— Que servirían en un juicio de divorcio si Dubois fuera casado — ella lo interrumpió con acidez.
— Alessandra Giuliani le encargó a Delbosco asesinar a Marcel Dubois, y Delbosco cumplió el encargo.
— ¿Oh?— los labios delicadamente dibujados se distendieron apenas en una sonrisa irónica.
— Cuando Valentina se empeñó en encontrar a su nieto, Alessandra se las arregló para que Valentina me conociera. Alessandra la espía constantemente; quizás pescó alguna conversación telefónica en BCB, porque las líneas de la casa de Valentina están limpias, me ocupo de eso. El caso es que se enteró de que Valentina había localizado a su nieto. Alessandra quiere usar a Delbosco para matar varios pájaros de un tiro: librarse de Ruggieri y poner las manos sobre BCB. Delbosco ya le llevó pruebas de que había cumplido con su pedido.
El teniente que había salido con su identificación, volvió con ella y con unas hojas de fax que la comisario leyó en silencio.
— Mayor Gaetano Giuseppe Corrente de los Carabinieri... Qué hacemos ahora... — murmuró Marceau con un suspiro.
— Yo, en su lugar, verificaría las temporadas que Marcel Dubois pasa en C*. Seguramente encontraría que coinciden con las idas y venidas de Marco Delbosco, veronés residente en Marsella y dedicado a comercio internacional, por Génova, a bordo de los cruceros y en Milán.
— ¿Y Ud., cómo lo supo?
La miró fijo antes de responder.
— Sonja Jorgensson...
— Otra chica con agenda ocupada...
— Sonja quería salirse de los cruceros. Le prometí ayuda y un pasaporte con otra identidad...
— Habla en pasado.
— Terminó mal.
— En el fondo del Mediterráneo — ella restalló — ¿Por qué mierda no se metió Ud. en los cruceros, en lugar de usar a la pobre tipa?
— Ya me lo reproché lo suficiente — respondió con amargura—, Sonja era una buena chica.
— Seguro, de otro modo seguiría con vida.
Corrente meneó la cabeza y continuó.
— Alessandra está trampeando a Ruggieri y a Delbosco por partida doble...
— Sin contarlo a Ud —comentó la comisario en tono llano y sin inflexiones —. Sin ofender.
— Yo soy un coglione (5).
— Yo diría que es tan inteligente que consigue que los que la persiguen para encarcelarla, terminen protegiéndola— lo miró directo a los ojos mientras le revolvía el puñal en la herida. Bien, de nuevo estamos intercambiando atenciones.
— No hay pruebas concluyentes contra ella — se defendió.
— ¿No hay, Ud. no puede encontrarlas, o Ud. las eliminó en un momento de debilidad y ahora no sabe qué hacer?
— ¿Siempre disfruta tanto de hacer mierda al prójimo?
— No más de lo que mi prójimo disfruta conmigo. Estamos a mano, Corrente: Ud. y yo somos un hermoso par de cornudos desinformados.
Touché. Pero volvamos a lo urgente: Alessandra está jugando a varias puntas con todos y puede que intente una jugada peligrosa.
—Entonces se le están acabando las movidas posibles— una ceja pincelada se enarcó, evaluando la situación —. Si me pongo a pensar como Alessandra, digo: "no le caigo tan mal a Delbosco "— sacudió el sobre con las fotos —, "ergo, la situación es relativamente sencilla: Delbosco me hace el favor de eliminar al nietito, Valentina se queda sin herederos, revienta, hago uso de la opción de compra de las acciones de BCB y me quedo con todas las fichas". Pero para eso hay que solucionar el ínfimo problema de lo que Ruggieri quiere hacer con BCB, que no es lo que ella quiere hacer, así que también debe limpiar a su hermano, que es el socio minoritario más importante de BCB. ¿Cómo conseguir el paquete accionario de su hermano? Heredándolo. ¿Logrará convencer a Delbosco? Probablemente sí, pero ¿y si Delbosco luego pretende hacer lo mismo que Ruggieri con BCB? Sabe mucho sobre ella, asesinó para ella. Delbosco se volvió inconveniente: sabe demasiado. ¿Qué haría yo si estuviera en su lugar? Le digo “a” a mi hermanito: cómo me enteré de la terrible verdad acerca de las intenciones de su nuevo socio, etcétera, etcétera, y Delbosco se va a dormir con los peces antes de un parpadeo; luego le digo “b” a los Carabinieri, dignamente representados por el mayor Corrente, y Ruggieri, sospechado de tráfico de estupefacientes, juego clandestino, tráfico de armas, proxenetismo y homicidio, termina en caserma (6) Pastrengo mientras que Corrente termina con un ascenso y eternamente agradecido a los buenos servicios de Alessandretta. Ella quiere BCB: el brillo del tout-Milán y los apellidos importantes. Falta ocuparse de Valentina, pero eso hasta una mujer puede hacerlo y quién sabe, le baste nada más que con presionar un poco... ¿Y Dubois y Ud. duermen tranquilos con la tipa? — ella le lanzó una mirada asesina.
— Sabe, comisario, verdaderamente hace falta la mente retorcida de una mujer para entender a otra.
— Gracias, mayor. Prefiero tomarlo como un halago.
— Lo es. Por mi parte estoy dispuesto a darle un voto de confianza a Dubois.
— Hombres. Todos iguales. Son todos unos cerdos — él la miró y ella aclaró con ironía:— no lo dije yo, fue W.S. Maugham.
— Cerdo o no, Dubois es uno de los mejores oficiales de la PDP y Ud. lo sabe. Lo asignaron a un operativo undercover, tanto que ni el resto de la PN lo sabe; no puede estar actuando solo, sería una chifladura. Alguien más debe estar respaldándolo y cubriéndolo aquí. Quizás su compañero pueda aclararnos algunas cosas a todos.
— Meyer...— dijo ella y encendió el intercom para pedir que llamaran a ese Meyer. Se sentaron en silencio hasta que un mastodonte tamaño XXL asomó la cabezota.
— ¿Comisario Marceau...?
— Siéntese, Meyer — lo invitó sin cortesía y los presentó —. El mayor Corrente tuvo la deferencia de traerme material de la investigación que está llevando adelante para los Carabinieri— le pasó las fotos — ¿Ud. tiene algo para decirme, capitán?
El gordo perdió el color de la cara al revisar las fotos. La comisario siguió, implacable.
— De acuerdo con lo que el mayor Corrente informa, un tal Marco Delbosco — el grandote respingó al oir el nombre —, se encargó de eliminar a Marcel Dubois. ¿No tiene nada que reportar al respecto, Meyer? ¿Uno de mis oficiales está muerto y yo no estoy al tanto?
El gordo se puso púrpura y a duras penas pudo emitir palabra.
— Es un ... operativo especial...comisario...
— ¿Puedo conocer al menos la identidad del finado?
— No... no tiene importancia... Quiero decir... usamos un NN. El encargo, usted entiende...era necesario para la cobertura de Dubois.
— Y supongo que esto también — tamborileó los deditos sobre las fotos.
— Yo... — Meyer tartamudeó —, le dije... que se estaba metiendo en... un despelote...
— Haga el favor de esperarme en mi oficina, Meyer.
— Señora, .... yo...— balbuceó el mamut.
— Ahora.
Meyer se levantó y salió a una velocidad de por lo menos treinta nudos. Ella se volvió hacia él, acusando el impacto de la situación en la mirada opaca.
— Creo que ya sé a quién preguntar desde cuándo Dubois está actuando undercover... y desde cuándo se excede con la pantalla que utiliza — el sarcasmo no le sirvió para esconder la humillación —. El juego fue divertido mientras duró. Mayor, no necesito decirle que puede irse cuando quiera.
— Comisario...¿cómo supo de los Ruggieri... y de mí?
Ella lo miró con una ironía amarga. Carajo, me gusta. Es dura, haríamos buen equipo. Una pena que no trabajemos con mujeres.
— ¿Dónde nació, mayor?
— En Caltanisseta.
— Hace preguntas tontas para ser siciliano.
— ¿Los Varza?
— Somos de la familia — la comisario se encogió de hombros.
— Quería verificar las versiones.
— ¿Se quedará en París?
— Si no ocurre nada raro... — le tendió una tarjeta con la dirección del hotel y su número de teléfono celular—. Aquí me alojo habitualmente. Me parece que el número de celular ya lo conoce, pero por las dudas...
****
Odette entró a su oficina y Meyer estaba de pie frente a su escritorio.
— Señora...
— Sabe, capitán, soy una idiota. La PN y mis superiores me humillaron muchas veces pero nunca lo esperé por parte de mis subalternos. Menos aún de quienes consideraba mis mejores hombres. Soy tan imbécil que inclusive duermo con uno de ellos— giró hacia la ventana para que Meyer no le viera las lágrimas de impotencia.
— Comisario, por favor, déjeme explicarle...
— Salga, Meyer. Déjeme sola.
— Comisario...
— Puede retirarse, Meyer — masculló con saña.
No se sentó hasta que escuchó cerrarse la puerta. El pulso le azotaba las sienes. Un operativo de “especiales”, ¿qué otra cosa podría ser? Yo misma diseñé la estrategia y ellos son parte del grupo. Los dos mejores. La puerta se abrió.
— Necesito estar sola — dijo sin volverse.
— No, Marceau — la voz la sobresaltó —, necesita explicaciones— Michelon se estaba sentando frente a ella— Yo ordené la investigación y fui estricta al aclarar que Ud. estaba fuera y debía ser mantenida fuera. Si alguien se equivocó, esa fui yo. Meyer habló de fotos: quiero verlas — exigió.
Sin hablar, Odette le entregó el sobre.
— Jesús...— murmuró Michelon entre dientes—. Esto no estaba dentro de los cálculos... Sabía lo de la Jorgensson, pero esta mujer Giuliani...
Bien, todo volvió a la normalidad: ahora es un superior quien me trata de idiota. Me siento reconfortada. Apoyó la frente en la palma de la mano.
— Esta mujer Giuliani está usando a Delbosco y sus servicios de killer para hacerse de BCB— retrucó Odette con aspereza—. Parece que la Giuliani es irresistible porque el carabiniere que está haciendo de topo detrás de Ruggieri también se la monta— la vulgaridad no hizo nada por su acidez.
— Marceau, asumo la total responsabilidad...— Michelon empezó a hablar.
— Dubois es mayor de edad — la interrumpió —, y por lo tanto responsable de sus actos— y de mis papelones, la puta madre que lo parió. Su expresión debió traicionarla porque Michelon meneó la cabeza con preocupación y levantó las manos en señal de paz.
— Déjeme empezar por el principio. ¿Recuerda a Lionel Henri?
— ¿Henri de IGPN? — fue su turno de saltar sorprendida—. Por supuesto que sí.
Michelon llamó a Laure por el interno y le pidió unos papeles. Luego, habló en voz baja.
— Personalmente ordené esta investigación a Dubois. Sabía que lo mandaba a la guarida del lobo y sin posiblidad de respaldo por nuestra parte, hasta tanto no tuviéramos algo cierto. Dubois tenía que ofrecer una cobertura impecable. Ruggieri utiliza a las mujeres habitualmente como una más de sus armas de ventas y de espionaje; Dubois sabía que Ruggieri usaba a la Jorgensson y tenía que seguir el juego...
Laure entró interrumpiendo el relato inconexo de Michelon y le susurró algo al oído que le provocó una mueca de disgusto a Michelon. La comisario le entregó el dossier que había traído Laure y se levantó.
— Es parte del informe Henri. Léalo y véame. Hoy. No se vaya sin verme — insistió desde la puerta.
****
Odette entró sin llamar. El dossier hizo un ruido seco al caer encima de los demás papeles. Le ofreció café y Odette negó con un gesto, sin dejar de mirarla. Michelon no sabía por dónde empezar, pero su subordinada le ahorró el trabajo de encontrar las palabras.
— Lo peor de todo esto es que nadie confió en mí. ¿Qué se supone debo hacer? Lo razonable sería pedir la transferencia, algo que el mismo Henri me aconsejó hace diez años. Tenía razón, no confiaron en mí entonces, por qué deberían hacerlo ahora...
— Está siendo injusta... — Madame intentó interrumpirla.
— ¿Injusta? ¡Esa mierda — Odette estrelló una palma sobre el dossier —, dice que me usaron! Se sirvieron de mí para librarse del grano en el culo de la PN que representaba Ayrault. En ninguna parte se mencionan los hechos. Eliminaron todas mis declaraciones: la que Henri me tomó y la que hice ante el Tribunal de Deontología.
— Es cierto — trató de apaciguarla —. Henri me dijo que fue el arreglo que Ayrault consiguió para retirarse de la PN sin involucrar a nadie...
— A nadie más que a mí. ¿A quién carajo le importaban la reputación y la carrera de una oficial? ¿La humillación que pasé delante de esos hijos de puta de IGPN, la mitad de ellos amigos de Ayrault, que me pedían que describiera por dónde me había metido la mano, si creía que el comisario me había tocado los pechos con alguna intencionalidad y si yo estaba segura de que efectivamente se había abierto la bragueta? “¿No se sentía Ud. atraída por la figura de su superior, capitán?”, “¿No lo provocó con sus repetidas insubordinaciones?” ¡Las insubordinaciones que Ayrault había inventado! Uno me preguntó cómo me había hecho los desgarros en el uniforme. Henri sabía perfectamente cómo, porque fue él quien me tomó testimonio en este mismo piso, el día de los hechos, en una oficina vacía y sin testigos. Me suspendieron diez días hasta que se resolviera el caso. Menos mal, porque al menos me evité la vergüenza de circular por el Quai con la cara y el cuerpo magullados por los golpes.
“Y resulta que nada consta en ninguna parte. Fui tan estúpida como para insistir en quedarme en la Brigada. Me aguanté los chismes y la maledicencia gratuitos y estúpidamente creí que podría usarlos para que me dejaran en paz. ¿Querían colgarme el sambenito de puta? De acuerdo, mientras no me jodieran y me dejaran trabajar tranquila. ¿Querían hacer apuestas para ver quién le hacía sombra a Ayrault? Apuesten, muchachos. Nadie tuvo una sola palabra de apoyo o de consuelo salvo el pobre Foulquie. Todas las mujeres a las que Ayrault acosó, renunciaron a la PN o pidieron el pase. Tendría que haber hecho lo mismo que ellas.”
Jesús, cómo pude equivocarme de esta forma. Michelon sacudió la cabeza con pesadumbre.
— Ni siquiera Ud. confió en mí, Madame— la acusación llegó en un susurro y cuando levantó la vista, la otra lloraba en calma, sin mirar a ninguna parte, meciéndose suavemente en el sillón.
— Odette, déjeme explicarle...
Odette ya no la escuchaba; hablaba para sí, con una media sonrisa entre escéptica y amarga.
— Sabe, Madame, una cree que la peor humillación es la que acaba de sufrir, pero siempre llega otra que la supera. IGPN y la misma PN me hicieron sentir peor que Ayrault. Hoy superaron los records anteriores: no tengo siquiera derecho a saber qué hace la gente que se supone está bajo mi comando, y que incluye al tipo que casualmente comparte mi cama. Ya sé: ese es un error que yo no debería haber cometido. Uno de los dos sobra en el sector. Debí saber que no resultaría y quién llevaría las de perder — hizo una pausa para tomar aliento—, y que si no había sido promovida en tanto tiempo era porque no consideraban que lo mereciera. Ni siquiera yo estuve dispuesta a creérmelo cuando lo hicieron, ¿porqué deberían creérselo los demás?
Yo tampoco me preocupé por saber qué había pasado, se reprochó Madame. Me quedé cómodamente aposentada sobre los legajos. Levantó la mirada y la otra estaba exhausta. Derrotada. Jesús, cómo pudo pasar todo esto.
— Mejor me voy a casa— murmuró Odette, poniéndose de pie con un esfuerzo.
— Querida, escúcheme ... — la alcanzó cuando la otra tomaba el picaporte.
Odette le tomó las manos y se demoró unos segundos en hablar.
— Mañana. Me sentiré mejor mañana, se lo prometo. Dije un montón de cosas injustas.
— No es así...
— Sí, fui injusta y sobre todo con Ud., pero me siento como si acabara de atropellarme un camión. Discúlpeme, Madame. No puedo razonar.
— La entiendo, créame que la entiendo— Michelon bajó los brazos y la dejó ir.
La puerta no terminó de cerrarse que tomó el teléfono.
— ¿Lionel?— no le dio tiempo a su interlocutor a ponerle excusas— ¡Necesito algunas aclaraciones!— demandó. Cuando cortó la comunicación, la sensación de impotencia le estrujó el estómago: si se trata de ocultar información, a mí también me trataron de estúpida. No la alivió el hecho de que Henri le hubiera prometido enviarle la “información faltante” de inmediato, y reunirse con ella tan pronto como pudiera.
Le pegó a las teclas del intercom para ladrarle a Laure:
— ¡Que pase!
Se detuvo frente a la ventana, de espaldas a la puerta. El reflejo desvahído en el cristal le dijo que el hombre que había estado escuchando la última media hora en el despacho anexo, había entrado. Sin molestarse en volver la cabeza, le espetó:
— Espero que tenga explicaciones suficientemente convincentes como para que no lo eche a patadas de la PDP, Dubois.
****
— Tome asiento, ingeniero— Michelon le señaló el sillón vacío. Dubois ocupaba el otro, el ceño fruncido y la expresión impenetrable.
Antes de continuar, Michelon tomó un cortapapeles de plata y empezó a hacerlo girar entre sus manos.
— Paworski, Ud. está en el Quai desde antes que yo fuera asignada a la Brigada Criminal.
— Creo que estoy en el Quai desde la época del inspector Maigret, Madame— sonrió y Michelon le devolvió un gesto desvahído. Dubois no mosqueó.
— Entonces estuvo durante la época de Ayrault— afirmó Michelon.
Paworski asintió en silencio. El cortapapeles evolucionó un par de giros antes de la siguiente pregunta.
— ¿Qué sabe de las circunstancias en las que Ayrault... se retiró?
— Lo que sabe todo el mundo, Madame — Paworski se encogió de hombros.
Michelon lo estudió con la mirada de un gris tormentoso; Dubois continuaba sumido en un mutismo absoluto.
— Lionel Henri me confirmó que fue Ud. quien llamó a IGPN el día del incidente M— el cortapapeles se detuvo en medio de un giro—. Me gustaría escuchar su versión de los hechos.
Al ingeniero, algo le subió y le bajó en el estómago. El cortapapeles chasqueó contra el sobre del escritorio. Paworsli frunció la boca y se dispuso a relatar.
— Ayrault había llamado a Marceau por el intercom en llamada general, para que subiera a su despacho. Tenía la costumbre de usar el intercom para llamar a los que caían en desgracia y le aseguro que el efecto era devastador. Esa vez, por lo menos sirvió de algo: se lo olvidó encendido. Yo estaba con Foulquie, que había venido por un problemita de nada con el radio, una tontería con el selector de banda, cuando salieron las voces por el intercom..., amenazando e insultando...

— ¿Quién amenazaba a quién?
— Ayrault a Marceau. La llamó a los gritos por el apellido y así supimos que esa vez se trataba de ella...
— ¿Esa vez? ¿Hubo otras?— interrogó Michelon.
— Demasiadas. Una de mis mejores técnicas se fue, lo mismo que varias suboficiales. Una teniente pidió que la transfirieran a otra ciudad— hizo una pausa.
— Continúe.
Paworski abrió la boca y sacudió la cabeza pero las palabras se le enredaron detrás de la lengua, sin decidirse. Madame decidió por él.
— Me basta con que repita su declaración ante Henri. Paworski, por favor...— Michelon retomó el zarandeo del cortapapeles.
— Sí, sí, ya continúo. Yo ...
— ... estaba con Foulquie, en su laboratorio...— Michelon empleó un tono conciliador.
— Sí, en el laboratorio...— la pausa fue algo larga porque el cortapapeles giró furioso: Madame se está impacientando—. Pasó un rato, no sé cuánto después de eso y de pronto... los gritos de Ayrault casi hicieron estallar los parlantes. “¡Tiene que aprender a ser lo suficientemente agradecida, Marceau! Hay gente que se rompe el culo por agradecerme, no querrá ...ser... la excepción”...— se sintió enrojecer.
— ¿Y después? — insistió Michelon.
— Después... hubo un ruido ahogado y él volvió a gritar : “¡Te vas a arrepentir!”. Gritó algunas cosas más, insultos... Ahora no recuerdo— pero sabía que el color de su cara lo traicionaba porque sí recordaba.
Hubo otra pausa durante la cual Paworski advirtió que Dubois contenía la respiración.
— ¿Entonces? — la voz de Michelon ya no sonaba imperiosa.
— Todo pasó tan rápido... Hubo ruidos... Después me enteré de que la había golpeado. Foulquie salió corriendo sin darme tiempo a reaccionar. Me gritó que llamara a IGPN. Por los altoparlantes seguían los gritos y... los golpes. Lo último que él gritó fue “¡ De rodillas, puta! ¡Es una orden!” y entró Foulquie: hizo saltar la cerradura a tiros. Creo que fue la única vez que el viejo usó su reglamentaria— sonrió con tristeza.
Michelon dejó transcurrir un silencio y leyó un expediente.
— De acuerdo con la información oficial, Ayrault había degradado a Marceau y la había asignado al Archivo por ofender a la Fuerza con sus manifestaciones de índole política— lo invitó a hablar con una ojeada de hielo gris.
— Había hecho público que la había degradado y mandado al archipielago Gulag por "jugar a la activista pro-judía". Había ido al funeral del padre de un amigo y llegó con retraso a tomar su turno...
— Ezra Benzacar — dijo Madame y Paworski respingó.
— ¿Benzacar el director de orquesta? Dios, murió en el atentado de Francfort. No sabía que... Bueno, no tendría porqué saberlo... Roulet y sus secuaces estaban de lo más divertidos; el cretino repetía a quien lo quisiera escuchar que Marceau se lo merecía porque, a mayor resistencia, más grande es la caída en desgracia. El idiota es técnico electricista, me gustaría saber qué mierda analiza la PN cuando estudia a los postulantes— masculló irritado.
Michelon suspiró.
— “Nadie te pone el revólver en la cabeza para que ingreses a la Policía, nena”. Es la filosofía de Roulet y de unos cuantos más.
— Derecho de pernada — agregó Paworski.
— ¿Qué?— Dubois abrió la boca por primera vez.
— Ayrault decía que estaba en posición de cobrarse el derecho de pernada.
Dubois palideció y largó un insulto grueso por lo bajo.
— Ella no vino durante muchos días, pensé que había renunciado... Sólo Foulquie y Henri la vieron. El viejo me contó cómo la había golpeado esa bestia. Me enteré de que le habían ofrecido pasar a otra repartición — meneó la cabeza —. Menos mal que es terca como una mula y no quiso dejar la Brigada.
Transcurrió una pausa pesada hasta que Michelon la rompió, a media voz cansada.
— Es todo, ingeniero. Muchas gracias por su testimonio— un rictus de amargura tironeaba hacia abajo la boca de la comisario. Dubois seguía petrificado, los ojos fijos en un punto detrás del sillón de Michelon, y no había vuelto a pronunciar palabra.
Asintió, se levantó y se dirigió a la puerta del despacho. Impulsivamente giró en redondo y con la mano en el picaporte, enfrentó a los otros dos.
— IGPN la usó, ¿no es cierto? Se sirvieron de ella para sacarse de encima a Ayrault.
Michelon asintió, muda y él continuó.
— Por eso la dejaron olvidada en un escritorio. El reglamento no escrito de la PN: el que jode a un compañero... Menudo compañero había resultado Ayrault. Qué compañeros resultamos todos.
— No Ud., Paworski — dijo Dubois en voz baja, todavía de espaldas a él.
— Yo no cuento, Dubois y Ud. conoce perfectamente las razones.
Dubois giró el sillón y lo miró a los ojos:
— Gracias.
— No sea idiota — retrucó Paworski.
— Ud. también es un idiota. Gracias.
Paworski sacudió la cabeza marcialmente, saludó y se fue.

(1) No te gusta, ¿cierto, linda?
(2) Prefectura de París
(3) Puesta en escena
(4) Police Nationale - Policía Nacional
(5) Boludo
(6) Cuartel. En el arma de los Carabinieri, equivale a una comisaría.

domingo, 14 de agosto de 2011

La mano derecha del diablo - CAPÍTULO 23

Génova: ciudad y puerto
HOTEL DE GÉNOVA, ÚLTIMA SEMANA DE SEPTIEMBRE
— Jumbo, necesito un cadáver.
— ¿Qué te pasa, te volviste loco? —aulló Meyer del otro lado de la línea codificada. Por el tono de voz, parecía punto de salir por el auricular.
— Alguien de mi contextura y mi edad. Si se me parece, mejor— continuó Marcel sin hacerle caso.
— ¿Qué carajo estás maquinando?
— Delbosco tiene que hacer un “trabajo”.
Jumbo insultó, gruñó y ladró durante toda la conversación y se demoró sus buenos tres días en devolverle el llamado.
—¿Qué mierda hago con el paquete? — preguntó sin siquiera el “hola, habla Meyer” de cortesía.
— Viejo, me salvaste la vida.
Le explicó a Jumbo qué debía hacer con el cuerpo.
— Jawohl, Herr Doktor . Igorr vife parra complacerrle...— masculló Jumbo, medio riéndose.
— ¿Quién carajo es Igor?
— El sirviente del Joven Frankenstein que le conseguía los cadáveres. Bomboncito, hará falta un auto. ¿También tengo que robarlo?
— Jumbo, tu papel en esta película es el de productor. El cómo consigas el auto es tu problema.
— ¿Algo más, bwana? ¿Necesitará también mi culo o puedo disponer de él?
— No te quejes, Jumbo. Yo soy el que está en la línea de fuego.
— Sí, seguro. Esa Alessandra se ocupa de atizarte bien el fuego, ¿eh?
Un pinchazo de remordimiento le retorció el estómago pero no acusó recibo del dardo de Meyer.
— ¿Cuando sale en los diarios?
— Dame un par de días más.
— De acuerdo.
****
A punto de tirarse en la cama, control remoto en una mano y lata de cerveza en la otra, su mirada distraída tropezó con el sobre marrón que asomaba entre las camisas. Frunció el ceño pero la duda duró menos que un parpadeo: eran el diario y las fotografías ocultas de Marcello Contardi. Marcel dejó en paz el control remoto para tomar el sobre y al hacerlo, los fragmentos de la fotografía sepia se dispersaron sobre la cama. Masculló una grosería mientras juntaba los pedacitos pero, a punto de tirarlos a la basura, recordó que quería jugar a los rompecabezas. Durante un buen rato se distrajo reconstruyendo la imagen que Marcello Contardi parecía haber aborrecido tanto como para romperla, pero no lo suficiente como para deshacerse de ella.

La imagen tomó forma pero los bordes rotos conformaban un mapa difícil de leer. Excitado como un mocoso, sacó la notebook y conectó el scanner, todo en medio de la cama. Ensimismado en pelear con el programa, no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que entre dos bostezos miró el reloj. ¡Mierda, las dos y media de la mañana!
El esfuerzo y la vigilia valieron la pena porque la pantalla mostraba una mujer de cabellos oscuros que abrazaba a un niñito rubio de boquita enfurruñada, ambos de pie. La sonrisa de ella le nacía en los ojos y le iluminaba el rostro enmarcado por mechones que se escapaban del peinado recogido y alcanzaban el escote generoso. Calculó que podría haber cercado el talle de la mujer con sus manos. Por la moda, la foto parecía tomada en los años ’20. Ella es muy joven. ¿Y el crío? Unos cinco años. Puso el zoom en la cara del niño. Si me hubieran vestido de marinero y me hubiera visto así de ridículo, tendría la misma cara de culo. Deslizó el mouse hasta el rostro femenino, centró el cursor y lo amplió. Está mirando a alguien, mostrándole al pendejo malcriado. Orgullosa como sólo una madre puede estarlo. El pensamiento lo hizo sonreir con ternura distraída mientras jugaba con el mouse. Clic, y la foto volvió a su tamaño original.

Clic, fuera el sepia. Clic, más contraste, clic, más brillo. Ella se veía radiante. Qué hermosa es. Volvió su atención al mocoso y entendió: no estaba enojado sino asustado. Bobito, nadie va a quitarte a tu mamá.
Guardó la imagen y desconectó el cablerío, dispuesto a dormir, pero tardó un buen rato tejiendo hipótesis acerca de la identidad de los personajes y las razones del viejo Contardi para conservar la foto rota, hasta que los bostezos lo hicieron lagrimear. Mejor me duermo de una vez.

MILÁN, OFICINAS DE BCB. PRIMERA SEMANA DE OCTUBRE

Corriere della Sera
Alessandra hojeaba aburrida el ejemplar del Corriere della Sera sobre la pila de periódicos que llegaban todos los días para la signora Contardi Bozzi, cuando el suelto policial le llamó la atención. El corazón se le aceleró mientras leía. El accidente había sido fatal: el automóvil se había desbarrancado por un problema en los frenos y su ocupante había muerto instantáneamente. La policía francesa lo había identificado como Marcel Dubois, treinta y cuatro años, de profesión comerciante. De los documentos que se habían encontrado en un maletín, surgía que el hombre tenía familiares y negocios en Milán.
El murmullo del personal de la entrada le dijo que Valentina acababa de llegar. Dobló el diario en esa página y lo dejó apoyado en el extremo de su escritorio. Valentina leía ritualmente todos los diarios apenas llegaba, en tanto ella le alcanzaba un caffelatte liviano.
Llevó la pila al escritorio de donna Valentina y salió a servir el caffelatte. Cuando volvió, la anciana estaba pálida como una muerta, con la mano sobre el diario. Se contuvo para no relamerse de gusto.
— ¿Le sucede algo, donna Valentina? ¿Se siente mal?
— No, cara — Valentina parecía haberse quedado sin aliento—. Supongo que... que estoy a punto de engriparme porque... no me siento muy bien. No me sentí bien desde anoche...
— ¿Por qué no se va a casa? ¿Donna Valentina...— le tocó el brazo —, quiere que pida el auto y la acompañe a su casa?
La anciana tenía la mirada perdida
— No, puedo... puedo irme sola. Pídeme el auto, por favor — y se levantó del sillón haciendo un esfuerzo inaudito.
Valentina no acababa de salir que Alessandra tecleó el número de Delbosco, tan nerviosa que se equivocó la primera vez.
— Sabía que llamarías. ¿Ya leíste el Corriere de hoy? — respondió Delbosco del otro lado.
— Yo... no esperaba que fuera... tan pronto —se rió nerviosa. ¡Cristo Santo, hice asesinar a un tipo!
— Me gusta cumplir mis compromisos en tiempo y forma, y espero reciprocidad.
— ¿Do-dónde estás? — preguntó, esquivando la respuesta de él.
— En Génova.
— ¿Cuándo vendrás a Milán?
— Pronto. Me gustaría tener el resto de la información reunida para entonces.
La comunicación terminó sin que ella pudiera volver a intervenir.

****
Los dos hombres morenos vestidos con trajes sobrios pero carísimos, y de acusados rasgos del Sur, esperaban de pie en el salón principal, bajo la mirada vigilante de Guglielmo. Valentina sintió que el corazón le tamborileaba en el pecho como a una colegiala mientras le hacía una seña al mayordomo para que se retirase. Me siento Miss Marple. ¿Me veré tan vieja como ella?
— Donna Valentina — ambos hombres inclinaron la cabeza en un besamanos.
Miró a los dos sin decidirse a cuál de ellos debía llamar "Signor Varza". El hombre más joven — y el más atractivo, pensó con una chispita de picardía —, comprendió su inquietud y con otra levísima inclinación se presentó.
— Él es Calogero Colosimo — señaló a su compañero y éste se adelantó medio paso —. Es de mi absoluta confianza. Él la acompañará.
Y me protegerá de todo mal, pensó Valentina mientras lo estudiaba. Los ojos negros de Colosimo no rehuían ninguna mirada pero no la enfrentaron sino que la tranquilizaron. Supo que podía confiar su vida a ese hombre y que no se equivocaría al hacerlo.
Guglielmo entró con café para los tres y grappa para los caballeros. Mario Varza estaba muy al tanto de la situación por la que ella y BCB atravesaban en esos momentos. Parecía estar al tanto de muchas cosas más pero evidentemente prefería callar, haciendo gala de muy buena educación.
— ¿Debemos salir hoy mismo? — ella preguntó con algo de desánimo.
— Es mejor así y además es completamente creíble — Varza insistió —. Los documentos que se encontraron en el maletín la mencionaban a usted. Había cartas suyas — Valentina se sobresaltó y abrió mucho los ojos. Los hombres sonrieron—. No se preocupe: nadie le pedirá una pericia caligráfica, donna Valentina. Calogero tiene los pasajes aquí. Si le parece bien...
Prefirió no darse tiempo para pensar. Llamó a Bellarmina, la mujer de Guglielmo, y le pidió que le preparara una valija pequeña con ropa para dos o tres días; más hubiera sido sospechoso. Si alguien preguntaba, Guglielmo y Bellarmina podrían responder sin mentir. Además, Colosimo disponía de fondos para proveerle todo lo que necesitara. En menos de dos horas estaba en Malpensa, tomada del brazo recio y protector de Calogero Colosimo, que la cuidaría como a su propia madre.

****
Mario Varza marcó el número mientras esperaba el cambio de luces del semáforo.
— Está fuera de peligro — dijo al teléfono, sin mencionar ningún nombre.
— Te debo una grande — le respondieron con alivio del otro lado.
— No necesito decirte que tengas los ojos bien abiertos: éstos son carroña. Y ella peor que el hermano.
— Estoy aprendiendo a conocerla. Una sola cosa más...
— No te preocupes: ni una palabra hasta que nos lo digas.
Por el auricular se escuchó el suspiro de alivio.
Arrivederci.
Arrivederci.

****
No había terminado la comunicación con Mario que el celular vibró contra su pecho. Marcel respondió a medias distraído y casi dijo "Sí, Mario". Menos mal que no llegó a abrir la boca porque era Ruggieri.
— ¡Delbosco! ¿Este chiste es responsabilidad suya ? — ladró el tipo.
— ¿De qué habla ? – ya sé de qué estás hablando, pero me gusta romperte las pelotas. Abrio la puerta del auto y se sentó al volante.
— ¡No se haga el inocente! ¿Se cree que no leo los diarios? ¿Cómo carajo se le ocurrió semejante idiotez?
— No hago idioteces con mi trabajo — retrucó con desdén.
— ¡No me diga! – el volumen de los aullidos hizo zumbar los circuitos del celular— ¿Y qué mierda vamos a hacer ahora que se va de viaje? ¿Cómo piensa llevar adelante el compromiso? Porque usted tenía uno conmigo, ¿lo recuerda ?
Marcel se permitió un suspiro ostentoso y aburrido.
— Siempre garantizo el ciento por ciento de satisfacción y seguridad a mis clientes, ya se lo dije. Con esta modalidad operativa aseguré el cambio de predisposición vendedora. Si hubiera elegido una forma más directa, en poco tiempo más se habría recibido el reclamo de los herederos, ¿comprende ? – hizo una pausa de efecto.
Del otro lado ladraron una serie bastante gráfica de insultos.
— No proteste, sabe que tengo razón.
— ¡Lo que no tengo es tiempo ! ¡Carajo, si hubiera hecho... !
— Ahora es usted el idiota – restalló con dureza—. Si hubiera hecho la operación de la otra forma, ni siquiera habría entrado en los tiempos legales para posibles reclamos de herederos. Más todo lo que llevaría reunirse después, ofertar, esperar la aceptación y en caso de negativa, tener que optar por un segundo operativo. Insisto: así le aseguré lo que usted necesitaba, en el menor tiempo posible y de una forma impecablemente limpia.
Pausa prolongada, suspiro pesado y un " Va bene" entre dientes.
— Todo resultará como le dije y en menos tiempo de lo que cree.
El celular cliqueteó sin siquiera un "arrivederci". Al carajo con este boludo. Ya me tiene harto. Tecleó el número de Jumbo para pasarle el reporte del día. Por lo menos, algo bueno saldrá de toda esta mierda. No van a hacerle daño a mi familia.

lunes, 25 de julio de 2011

La mano derecha del diablo - CAPITULO 23

PARÍS, QUAI DES ORFÉVRES. ULTIMOS DÍAS DE JULIO

Julio en París
Golpearon a la puerta y Michelon supo por el modo de llamar, que era Odette. Sin soltar el auricular, le indicó el silloncito delante del escritorio con un movimiento del mentón y después de cortar, pidió cafés. Laure entró en puntas de pie, dejó las tazas sin hacer tintinear las cucharitas y se fue con la discreción con que un ratón se escapa del gato de la casa. Michelon espió a su subordinada por encima de la taza, con los ojos entrecerrados: Odette no había tocado su café. Madame apretó los labios, disgustada, y aferró el cortapapeles, a medias consciente del gesto.
— Marceau, ¿ha estado solicitando estudios no autorizados a los forenses? — se arrepintió de inmediato de usar los apellidos, pero ya era tarde. La otra acusó adecuado recibo de la forma en que se dirigía hacia ella y hubo un cambio sutil en su actitud física. Para colmo conseguí ponerla en guardia.
— ¿A qué caso se refiere, Madame?
Michelon tomó una carpeta gris que coronaba una pila ordenada.
— La prostituta del XII° y...la del Bois-de-Vincennes.
— Le pregunté a Bedacarratx si se podía avanzar con algún estudio de huellas de mordidas. En el cuerpo del Bois se encontraron marcas correspondientes a mordidas y quería asegurarme de no estar desechando ninguna evidencia.
— Usted conoce el procedimiento y los reglamentos. Desde el momento en que interviene un juez, éste tiene potestad sobre cada caso.
— ¿Y entonces...? — La expresión de Odette había adquirido una cualidad marmórea.
— La oficina del forense tiene órdenes concretas. El caso del Bois está cerrado.
Dejó que la frase flotara en el aire del despacho hasta abrirse paso en la conciencia de su subordinada. La boca perfectamente delineada se deformó en un insulto que su propietaria no llegó a pronunciar en voz alta. Michelon le tendió el fax recibido hacía menos de una hora, y le pareció que Odette leía cada palabra como si quisiera quemarla con los ojos.
— Pienso continuar investigando. Este papelucho — Odette tiró el fax sobre el escritorio —, no dice nada sobre el otro caso y hasta tanto no tengamos notificación, seguiré adelante. Con forense o sin él.
Así me gusta, comisario Marceau: cuando se enfurece, trabaja mejor. Madame guardó el fax de mierda.
Odette se sostuvo de ambos brazos del sillón para ponerse de pie. Michelon sabía que no era un gesto de derrota sino que estaba intentando no arruinar el mobiliario del Estado con un exabrupto físico. El cortapapeles hizo un clac sonoro sobre el escritorio.
— No espero menos de usted— comentó mientras sostenía la mirada de brasas.
— Gracias, Madame — su subordinada sacudió la cabeza, dio media vuelta marcial y salió del despacho.

 PARÍS, CONSULTORIO DE LA DRA. MEINVIELLE. MEDIADOS DE SEPTIEMBRE

— ¿ Y bien, hoy está mejor dispuesto?—Meinvielle lo espió por encima de los lentes de medio marco.
La sesión anterior había concluído algo abrupta: lo había echado del consultorio. “Ud. no se siente subalterno de su mujer, se siente inferior”, había soltado la vieja en tono profesional. “Váyase a la mierda”, le gritó él y Meinvielle lo miró durante un rato muy largo, cómodamente recostada en su sillón, ambos sumidos en un silencio que se cortaba con cuchillo. “Madure, Marcel, pero no para complacerme a mí”.
Había rumiado su descontento todo el fin de semana, el lunes y el martes, sin querer dar el brazo a torcer. Si por lo menos me hubiera peleado con alguien. Mierda. Y encima, la prohibición estricta de “compartir el domicilio” con Odette. No basta con que me sienta un criminal: la vieja de mierda tiene que recordármelo a cada rato. “Tiene que superar esta etapa, Marcel. Más adelante incorporaremos a Odette a la terapia”.
La situación le destrozaba los nervios. ¿O es el asunto de Alessandra me está desquiciando? Me acuesto con la tipa que quiere liquidar a mi familia, yo incluido. Alessandra había tomado la poco saludable costumbre de meterse en la vida y en la cama de Marco Delbosco con cualquier pretexto.
Agosto había transcurrido incómodo y caluroso, y para peor, los cursos en C* se suspendían por el período de vacaciones. Encontrar excusas para Odette por sus continuas desapariciones se le había vuelto casi imposible. Por lo menos la prohibición de convivir sirvió para algo. Sólo podían encontrarse en lugares públicos, donde no fuera posible establecer alguna clase de intimidad.
Odette esperaba pacientemente en su despacho a que él decidiese hacer acto de presencia y jamás preguntaba por la marcha de las sesiones. Lo debe deducir de mis caras de culo y mis euforias psicóticas.
“Estoy un poco inestable”, se había disculpado y ella le había tomado las manos por encima del escritorio: “Ya se te pasará, casi siempre es así cerca del punto clave de la terapia”. Punto clave de la terapia un carajo. Me muero por hacerte el amor, había maldecido para sus adentros.
— ¿Tiene ganas de charlar? — insistió Meinvielle, llamando su atención.
Asintió lentamente.
— Anoche... se repitió esa pesadilla de la que le hablé. No la de mis padres. Esa ... ya la superé.
— Lo escucho.
— Yo... la veo... ella tiene los ojos vendados y está en la cama con un tipo. Hacen el amor, él se levanta y se aleja. Ella no me ve, no sabe, cuando le disparo a él... muchas veces. Escucho cliquetear el gatillo en vacío... y sigo... — la transpiración le corría helada por la espalda —. Después... me acerco a la cama... la penetro. Mi pene es metálico y ella grita que la lastimo... Entonces le arranco la venda...y la estrangulo. — cuando terminó, estaba empapado en sudor y no podía pensar siquiera en mirar a los ojos a Meinvielle. Contó los latidos que le llevó calmarse y respirar normalmente.
— ¿A quién estrangula, Marcel: a la mujer real, o a todo lo que odia en ella? ¿Quién es el hombre que se levanta de la cama?
— No sé. Nunca le veo la cara — gruñó sin mirarla.
— Eso no tiene nada que ver: Ud. sabe perfectamente quién es él. No lo conoce, pero lo sabe —cruzaron miradas como espadas —. Lo sabe, ¿verdad?
— Lo sé.
— Dígalo.
— ¡Con qué objeto! — estalló.
Meinvielle suspiró resignada.

— Los humanos ciframos mucho de lo que somos en las palabras. Cuando el hombre aprendió a hablar, relegó sus demás sentidos y capacidades en función del habla. Tanto es así que no recordamos concientemente nuestros primeros años de vida, nada más que porque nuestra memoria está diseñada para registrar recuerdos en forma de conceptos verbalizados. El psicoanálisis y todas sus escuelas se basan en poder hablar libremente de los sueños y recuerdos, buenos o malos, e incorporarlos a la vida consciente. Ya comprobó cómo el hecho de que su padre le explicara la relación con su madre hizo que pudiera verlo desde un punto de vista completamente distinto al que mantuvo durante casi veinte años.
"Jean-Pierre ya no es un monstruo violento, sino un hombre desgraciado superado por las circunstancias, con un sentimiento de inferioridad que su madre alimentó, aun de forma inconsciente. Ahora, volviendo a Ud. que es lo que nos ocupa...— hizo un ademán con la mano, invitándolo a hablar.
— Ese hombre al que no puedo verle la cara...— el esfuerzo le hacía doler las mandíbulas —, es...Jean-Luc, el marido de Odette — enterró la cara entre las manos.
— Y Odette no puede verlo a Jean-Luc ...— ella aguardó su respuesta.
— ...porque yo soy quien le venda los ojos — admitió sin levantar la cabeza.
— Bien. Un primer paso muy importante. Siga.
— Hacia el abismo.
— Vamos, tiene paracaídas. Abra los ojos.
Suspiró y tragó saliva.
— Yo... la odio... porque... está con otro hombre... Con él.
— Nómbrelo. Exorcíselo de una vez.
— Con Jean-Luc.
Meinvielle dejó pasar un silencio y cambió el tono de voz.
— ¿Las circunstancias en las que usted y Odette se conocieron tienen alguna relación con Jean-Luc?
— Sí — pudo decir después de unos segundos —. Indirectamente sí.
— ¿Por qué ”indirectamente” ?— quiso saber la vieja.
— Ella siguió esa investigación durante diez años.. a raíz de la muerte de... su marido...
Meinvielle interrumpió con un retintín irritado en la voz.
— “Ella” tiene nombre y “su marido” también. ¿Ya comprendió que cuando se refiere a Odette en relación con otro hombre, deja de ser “Odette” o “mi mujer” para pasar a ser “ella”? ¿Tanto detesta su pasado que no soporta nombrarla en relación a él? — Marcel se quedó mirándola sin atreverse a respirar y Meinvielle siguió—.Todos tenemos pasado. Mejor o peor, pero intrínsecamente nuestro y cuando nos relacionamos, lo llevamos con nosotros. ¿Qué hay del suyo, Marcel? Usted me relató lo que descubrió de su familia materna. ¿Qué responsabilidad tiene usted en los hechos de su abuelo? Y sin embargo, él es parte de su vida. Desencadenó la infelicidad de sus padres y por ende, la suya. Pero hoy usted es un adulto y esas cosas forman parte de su pasado. ¿Odette lo rechazaría por ser el nieto de Marcello Contardi?
Marcel se miró las manos un rato muy largo antes de continuar.
— Odette siguió esa investigación a causa de la muerte de Jean-Luc. De hecho, lo asesinaron cuando él había logrado rastrear la organización. Odette retomó los pasos de Jean-Luc, continuó hasta tener un caso armado y le dieron vía libre para seguir adelante. Nos infiltramos, ambos; ella como rehén, yo como representante de un posible cliente.
Trató de explicar todo el operativo sin explayarse mucho en las atrocidades. Meinvielle mantuvo la expresión inmutable hasta el relato del “audiovisual”.
— Odette fue seleccionada... para — tragó saliva y continuó—, la etapa final: los "audio" que yo había visto tantas veces... Ella debía ser la prueba de que el condicionamiento había funcionado en mí.
— ¿Cuál fue su reacción?
Marcel la miró con la boca entreabierta, antes de responder en un murmullo.
— Yo... le arranqué ... la venda y ... levanté el arma. No podía controlarlo.
— Iba a disparar — era una afirmación y él se quedó mudo. Algo húmedo le quemó la cara. No lo sé. No estoy seguro.
Meinvielle dejó transcurrir un silencio.
— Usted no es un sujeto fácil, Marcel, ¿ya se lo había dicho? ¿Nadie lo evaluó luego de actuar en esa investigación? — rezongó la vieja.
— Creo que ninguno de los que trabajamos en el caso esperaba llegar adonde lo hicimos o encontrarnos con ... con la gente con la que nos topamos. Tampoco esperábamos las consecuencias. Yo nunca las esperé.
— ¿Qué ocurrió además de lo que me acaba de relatar? — la vieja casi saltó sobre su última frase con una capacidad de percepción que lo sorprendió.
Mi propio infierno...y mi culpa. El pecho le dolía con una intensidad que ya no podía soportar.
— Yo... no sé. No estoy seguro...— vaciló.
— En todas las sesiones que mantuvimos hasta ahora estuvo absolutamente seguro de lo que decía, recordaba o sentía. ¿Qué es lo que lo hace dudar?
Se sostuvo de los ojos de la psicóloga como de un salvavidas.
— El tipo... el que maté en el Bois de Boulogne... y ella...
— ¿”Ella” quién? ¿Odette? — Meinvielle se acodó sobre el escritorio y apoyó el mentón en las manos entrecruzadas.
— Odette...— repitió en un susurro—. Él... Yo sé lo que les hacen — sacudió la cabeza asintiendo—, las vi en la morgue: cómo las golpean y las marcas que les dejan en el cuerpo. No quise vérselas a ella, lo mismo que no quise ver su mirada de animalito asustado. Estaba ahí, viva y era lo único que me importaba.
— Entonces...
— ¡Entonces ese hijo de puta la violó! — las palabras lo desgarraron como una infección—. Hubiera querido matarlo lentamente... pero no pude — la mano derecha se le cerró sobre una culata imaginaria. Una, dos, cinco, siete veces había gatillado, más, más, hasta los clics en vacío mientras gritaba y lloraba.
— ¿Odette se lo dijo?— Meinvielle lo miró penetrante.
— No, jamás hablamos de eso...
— ¿Por qué no?— la psicóloga se replegó en su asiento como una araña vieja.
— Ya pasó — no quería mirarla.
— ¿Pasó? — la voz burlona lo enfureció.
— ¡ No! ¡No, pero no puedo soportarlo! — golpeó el brazo de su sillón con el puño cerrado.
Meinvielle se volvió de piedra gris, severa y fría.
— Por supuesto que es insoportable. Es una tragedia para una mujer, sobre todo porque el dedo acusador no señala al culpable sino a la víctima— lo miró por encima del marco de los lentes—. Ellas se lo buscan, ellas provocan. Ellas son infieles— le asestaba con saña cada frase—. Ud. no soporta que Odette haya pertenecido a otro hombre, a Jean-Luc o a nadie más, ni siquiera a un violador, y en su sueño Ud. la castiga. Mata a los otros para vengar su honor de macho y la mata a ella por haberse atrevido a ser de otro que también la amó y de otros que la torturaron. Porque es una puta que no merece otra cosa.
— ¡No es así! — sollozó y escondió la cara.
Meinvielle lo dejó desahogarse. Cuando levantó los ojos, la vieja leyó admirablemente en él.
— Es así.
— Dios mío — sacudió la cabeza, sintiéndose horriblemente culpable —, yo la amo...

— Pero asocia su amor a la posesión. Marcel, el otro no es una cosa. No lo poseemos, salvo en tanto y en cuanto el otro nos lo permite porque nos ama, se somete o lo sometemos. Cuando hay amor no hay posesión ni sometimiento, sino entrega. El otro no le pertenece: Ud. pertenece al otro y como el sentimiento es mutuo, la relación prospera. Ese es el inconveniente más grave de la pasión: los amantes se poseen, se pertenecen y terminan ahogados por su propia locura. Si hay amor, la pasión queda saludablemente encerrada en el dormitorio y se puede convivir con el resto de la Humanidad en buenos términos. Si hay amor, hay confianza. Los amantes son celosos. Los que se aman son libres. Pueden compartirse porque son fuertes en sí mismos y juntos. No se miran el uno al otro ciegos al resto, sino que miran juntos en una misma dirección.
Marcel se sostuvo la frente con una mano, exhausto. Después de un rato susurró:
— Fue mi culpa... Yo desobedecí órdenes de no apartarme de su lado. Si me hubiera quedado... él no la habría...
— No se vive en subjuntivo, Marcel. Los hechos se conjugan sólo en el modo indicativo. Si Ud. no la hubiera dejado sola, quizás ese hombre los habría matado a ambos. Usted podría haberla defendido o no hubiera podido evitar nada de lo ocurrido. Teorías, suposiciones, what-ifs . La vida es concreta. Esta es su vida y la de su mujer. Tómelas a ambas y ámelas.
Marcel dejó caer ambos brazos a los costados del sillón, el cuerpo desmadejado mientras los ojos le vagaban por el consultorio y la psicóloga seguía hablando.
— Hable con ella, Marcel. Cuéntele sus dudas y sus miedos. Pregúntele lo que quiere saber. Porque usted quiere saber, ¿verdad? Quiere escuchar de sus labios lo que usted sabe que ocurrió. Quiere la prueba de que ella confía en usted, que usted es el único hombre en su vida y que ella sabe que usted puede protegerla, porque, ¿sabe una cosa? Ella tampoco ha vuelto a confiar en nadie. La golpearon mucho, en muchos sentidos y sólo usted puede hacer que ella cambie. Debe enseñarle a confiar.
Marcel se la quedó mirando como si acabara de descubrir el sentido de la vida y de las palabras.
— Entiendo...— susurró.
— No esperaba menos — sonrió la vieja —. Terminamos por hoy.

PARÍS, LA DÉFENSE. LA NOCHE SIGUIENTE
Titubeó tanto antes de entrar al edificio que el portero se acercó con actitud vigilante.
— ¡ Teniente Dubois! — Nazaire lo saludó con efusividad— ¡Cuánto hace que no viene!
Tan contento de verlo estaba el viejo que lo acompañó hasta el ascensor, llamándolo “teniente” varias veces. Cuando le aclararó por enésima vez que ya era capitán, el viejo lo felicitó por el ascenso.
— Qué bueno que la señora Marceau tiene amigos en la Policía — Nazaire guiñó un ojito —. Con las cosas que pasan en la calle, es bueno saber que uno tiene a quién recurrir, ¿eh?
De pie en el palier, vaciló entre teclear la clave de ingreso y tocar el timbre. Su mano decidió por él. No esperaba que le abriera la puerta y cuando ella lo hizo, se le acabaron las palabras.
— Ho-hola. Pasaba... quiero decir... vine a charlar.
Cretino, no podías decir algo un poco más elocuente. Odette se apartó del vano con una sonrisa tenue y lo invitó a entrar. Él se sentó en el borde de uno de los sofás sin despegarle los ojos, el cuerpo tenso y sin saber qué hacer con las manos. Tengo que hablar. Vamos, viejo, un poco de coraje.
—¿Cómo estás? — ella se lo había preguntado también el día anterior en el Quai, antes de que fuera a enfrentarse con Meinvielle y con los lugares oscuros de su alma.
— Bien — Marcel se encogió de hombros —, voy bien. Ayer me fue bien con la vieja.
— Que no te escuche decirle “vieja”. Es capaz de recomendarte para servicio en vía pública.
La lengua se le adhirió al paladar. Viniste a mantener una charla civilizada, boludo. ¿Qué te pasa? Sonrió como un idiota.
— Voy a preparar café — Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
La siguió hasta la cocina y se quedó apoyado en el marco de la puerta.
— Ayer... hablé con Meinvielle — dijo, y se le acabó el discurso.
— Eso es lo que uno suele hacer en lo del psicólogo — ella acotó pícara.
— Hablamos mucho.
Odette se apoyó contra la mesada, atenta y de brazos cruzados.
— Yo... tengo muchas más cosas en claro ahora — ánimo, vas por el buen camino. Marcel tomó aire.
El blup-blup de la cafetera lo interrumpió y él respiró, agradecido y culpable. Se acercó mientras ella se estiraba para alcanzar las tazas y sin pensar, la tomó por la cintura, acariciándola por debajo del suéter.
— No quiero café— masculló.
Ella estaba desnuda debajo de la ropa. Él le deslizó las manos por dentro de los pantalones y encontró su piel tibia y su sexo húmedo. El sacudón erótico le secó la boca y lo dejó sin aliento. No hablaron más. Ella lo atacó con la voracidad de un predador y se encontró en el piso de la cocina, a merced de sus manos y su boca. No supo cómo pero estaban desnudos, oliéndose, tocándose y lamiéndose. Las manos de ella se enredaron en su pelo y lo llevaron hasta los pechos como frutas maduras que mordió goloso. La boca los reemplazó, una fruta por otra, y la lengua ávida le poseyó cada rincón. Era como hundirse en aguas cálidas y beber de ellas sin saciarse. Estaba por completo dentro de su cuerpo y su boca, sintiendo con cada centímetro cuadrado de piel, sensaciones que lo estremecían y lo obligaban a retorcerse de placer.
La reacción violentamente animal de ella lo descontroló. Lo devoraba, lo poseía, le desgarraba las entrañas con su ímpetu encima de él. Él era su objeto de placer, su juguete, una cosa suya que ella moldeaba con las manos, los pechos, el vientre y las caderas. Suplicó que todavía no, por favor no, que no quería acabarse como un pendejo en la primera cita pero ella no lo perdonó y le robó el aliento y el orgasmo que le subía desde la pelvis hasta la garganta.
No podría decir cuánto tiempo pasaron poseyéndose y susurrándose las obscenidades del amor, ni cómo llegaron a la cama. Entonces sí, ella suplicó por más, más profundo, más fuerte, más, te amo.
Te amo. Te amo como nunca amé en toda mi vida. La miró a los ojos y se lo repitió en voz alta. Ella detuvo con un dedo la lágrima que le corría a él desde la comisura del ojo hasta la boca y se la bebió con la punta de la lengua. La penetró y ella se abandonó por completo, llorando mientras él le arrebataba otro orgasmo. Se durmieron extenuados y sin embargo, todavía hambrientos uno del otro.
****

El bip desagradable de su reloj lo despertó de madrugada. Carajo, tengo que volar a Milán. Tengo que irme y no hablamos una sola palabra. La culpa comenzó a horadarle el estómago: Cristo, no le dije lo de mi abuela ni lo de BCB. Tampoco le pregunté... ni siquiera podía enunciar mentalmente la frase. Eso. Lo que le hizo ese hijo de puta. Ella se removió a su lado y se despertó.
— ¿Qué pasa?
— Tengo que viajar .. a C* — la mentira lo corroía por dentro.
— ¿Tan temprano?
— Hoy comienzan las prácticas — la besó para que ella no leyera en sus ojos.
— ¡Mierda! Te preparo el desayuno.
— No — se sentía cada vez más culpable —, tomo cualquier cosa por ahí...
— ¡Ni loca! — Odette saltó de la cama y corrió a la cocina mientras se ponía la bata.
Se duchó y se vistió a las apuradas. Cuando se cruzó con el sujeto del espejo, el tipo tenía cara de remordimiento. Recompuso la expresión antes de entrar a la cocina y se tragó el desayuno bajo la miradita socarrona de Odette, siempre admirada de su capacidad de ingesta.
— Tenía hambre... — se excusó.
— Pobrecito mi Pantagruel, anoche no te di de comer.
— Anoche me diste algo mucho más maravilloso — la abrazó y la besó —. Te amo. Soy un idiota, un cretino — ella le tapaba la boca con las manos y él se las sostuvo —, pero te amo. Si Meinvielle se entera de que pasé aquí la noche, me echa de la terapia a patadas en el culo.  Me muero si no te tengo. No me abandones.
Los ojos oscuros se llenaron de lágrimas.
— No podría...
La besó como un condenado a muerte, jurándose que lo primero que haría al volver de Milán sería ponerla al corriente del puto operativo y de todo lo demás.