POLICIAL ARGENTINO

domingo, 14 de marzo de 2010

La mano derecha del diablo- PROLOGO-2º PARTE

MILÁN, 1930
"Desnudo" Guido Cadorin

Esperaba el encuentro desde hacía meses, espiando cada carta que su madre recibía. En el último año Vittorio había viajado varias veces y su padre, ninguna. Enojado y envidioso, no se atrevía a hablar con su hermano. Debe considerarme nada más que un crío.
Vittorio era extraño. Joven y sin embargo seco y severo como el viejo. Mientras él moría por entrar al tout—Milano y se enfurecía con su madre por ser tan pacata y tan rústica que no se atrevía a alternar con las señoras elegantes, Vittorio, que tenía todo al alcance de la mano para hacerlo, evitaba la vida social tan a menudo como podía.
En el último año, él había madurado mucho y no sólo físicamente. Era casi tan alto como Vittorio, lo cual significaba que pronto sobrepasaría a su padre. En unos años más el parecido físico con su hermano haría que los confundieran con mellizos.
Pero es en lo único en que nos parecemos. Mi hermano debería ser cura. En sus soliloquios lo llamaba "il cardinale", un poco por burlarse y otro poco por imaginarlo como un Richelieu severo. Vittorio tenía costumbres en exceso ascéticas para sus propias ansias juveniles. Seguramente jamás le haya levantado las faldas a ninguna mucama, pensaba tirado en su cama. Él ya se había ocupado de cubrir esos vacíos en su educación de una forma más que eficiente, y la experiencia adquirida estaba comenzando a rendir sus frutos: el personal femenino más joven de la casa se peleaba en secreto por entrar al dormitorio del padroncino (1), que disfrutaba de los favores de todas sin despreciar a ninguna. Inclusive Miss Parsons parecía haber escuchado ciertos rumores porque se sentaba cada vez más lejos de él a la mesa de estudios.
Una mañana, cuando su madre había hecho una de sus raras salidas — a la iglesia, a confesar alguna estupidez — decidió que ya era hora de probar el menú inglés. Los conocimientos obtenidos gracias a los voluntariosos servicios de las mucamas demostraron ser mucho más útiles de lo que hubiera esperado, porque Miss Parsons se rindió como una colegiala asustada. Descubrió que la reputación de la corsetería francesa no era en vano. Resultó excitante saber que debajo de ropas grises y frías se escondían fuego y encajes. Fue toda una experiencia el iniciar a una Miss Parsons deliciosamente madura y maravillosamente bien dispuesta a aprender.
Seguramente mi madre ni siquiera conozca el satén para la ropa interior. Es mejor que no alterne con damas de nuestra clase social, sería terrible que descubrieran lo vulgar que es, se avergonzaba secretamente.
La tarde en que llegó su padre, él estaba con el tutor. Casi olvidó pedirle permiso para salir corriendo hasta el vestíbulo. Dos pasos antes de la puerta del corredor interno se plantó, recompuso la expresión, se acomodó la camisa y abrió. El aspecto de su padre lo dejó helado: había envejecido terriblemente desde la última vez que lo había visto, menos de un año atrás. No se le escaparon los ojos llenos de lágrimas de su madre, abrazada a la cintura del viejo. Tampoco se le escapó la expresión extraña de él ni la forma en que acariciaba los cabellos negros: su padre jamás hacía manifestaciones de afecto delante de la servidumbre. Algo serio le pasa al viejo, se dijo. Esperó silencioso a que le prestaran atención y cuando su padre lo hizo, leyó la inocultable sorpresa en sus ojos.
—Has crecido mucho, Marcello— murmuró el viejo al tenderle la mano recién desenguantada y fría.
— Padre, cómo está Ud— y al tomársela, la notó huesuda y arrugada. Sintió que el coraje que habia estado reuniendo durante tanto tiempo se le diluía y decidió hablar antes de perderlo del todo.
— Yo también quiero hablar contigo — murmuró el viejo. En ese momento, se alegró de haber pedido audiencia aunque se desilusionó un poco cuando su padre le dijo que hablarían más adelante.
El resto de la tarde fue insoportablemente largo y durante la cena familiar, se intercambiaron noticias sobre los dos continentes. ¡Qué maldita manía de no discutir temas personales en la mesa, Santo Dios! ¡Se trata de mi futuro!, quería gritarles a sus padres.
Cuando se fue a dormir descubrió que le era imposible y se levantó para escurrirse hasta la biblioteca, como lo hacía habitualmente. Había llevado su habilidad de recorrer la casa por los corredores internos de la servidumbre al estadio de arte. Las reuniones secretas de los hombres mayores ya no lo eran para él. Sí en cambio algunos temas sobre los que, por más averiguaciones subrepticias que había realizado, no había llegado demasiado lejos. Palabras que no se mencionaban, sitios, cargos apenas sugeridos; todo tenía una aureola de poder que él percibía y no podía alcanzar.
Unos ruidos ahogados le llegaron a través de las paredes del estudio de su padre cuando pasó rumbo a la biblioteca y lo picó la curiosidad. Se detuvo a escuchar y lo que oyó resultó inconfundible para sus oídos acostumbrados a los sonidos del amor furtivo. ¿El viejo está con una mujer en el estudio? La idea lo sorprendió tanto que casi tropezó. Volvió sobre sus pasos a la carrera y apoyó la oreja en el panel de madera : no hay dudas, ¡el viejo está montándose a alguien! Muerto de curiosidad se deslizó a su punto habitual de observación.
Su padre estaba con una mujer. Blanca, de formas armoniosas y suaves encerradas en el más delicado de los satenes. Desde el agujero minúsculo sólo podía verla desde los hombros para abajo, lo mismo que a su padre. Las piernas envueltas en medias negras se enlazaron en la cintura del viejo como dos serpientes lujuriosas mientras su padre, de pie frente al escritorio, la poseía lentamente, disfrutando de cada arremetida. Alcanzaba a ver las manos y brazos enguantados, rodeados por un pañuelo de seda sujeto al tirador de un cajón, y el torso bellamente esclavizado por el corsé, ahora a medias desnudo, bajo las largas manos arrugadas que acariciaban los senos espléndidos apenas cubiertos por el encaje.
¡Viejo fauno, se trajo una prostituta a casa!, pensó entre furioso y divertido. La escena se volvía ora violenta, ora sensual. La mujer lo provocaba una y otra vez, prisionera de las manos como garras y de los pañuelos de seda. Eran un monstruo de dos cabezas, un Girión sensual que contorsionaba sus dos mitades en éxtasis.
La excitación le quitó el aliento. No podía dejar de mirar mientras odiaba a ese anciano lascivo que manoseaba el cuerpo joven y duro. ¿Puta, cuánto te paga para que finjas de esa manera?
Se forzó a alejarse hasta la biblioteca. Si antes no podía dormir, ahora era imposible. ¿Quién es la fulana? Deseaba a esa mujer con toda la violenta furia adolescente de que era capaz. ¿Cuándo la trajo a casa? ¿Cómo? Bah, mi madre es tan santurrona, debe estar durmiendo hace rato. Volvió al corredor pero cuando llegó hasta su observatorio privado, el estudio estaba vacío. Qué imbécil, se insultó. Demoré demasiado.
La escena se repitió varias noches esas semanas. En una ocasión alcanzó a presenciar la “ceremonia” completa : el viejo la desnudaba; la vestía besándole cada rincón del cuerpo maravilloso, enfundándole las medias y enlazándolas en los portaligas; él mismo sujetaba los cordones del corsé y de los zapatos interminablemente altos; ella se dejaba adorar como en un ritual pagano, hasta que el viejo elegía en dónde ataría a su tesoro para consumar el sacrificio. Luego seguían las súplicas, los ruegos y las más dulces torturas. No se atrevía a agrandar el agujero en el panel por temor a que lo descubrieran y sufría en silencio por ver la escena en su totalidad.
Estuvo tan distraído todo ese tiempo, que inclusive se olvidó de la audiencia y por lo visto de unas cuantas cosas más porque su tutor lo reprendió más a menudo que de costumbre.
—¿Qué te pasa, muchacho? — ladró el viejo cascarrabias—. ¿En dónde tienes la cabeza? ¡No sé ni para qué me preocupo por ti!
La llamada de atención le recordó que quería hablar con su padre sobre su futuro. Lo haría al día siguiente, sin falta.
Se prometió que la anterior había sido la última noche en que lo espiaría. Tengo que demostrarle que puedo ser muy bueno en mis estudios y en todo lo que me proponga, si quiero que me apoye. Después de todo, si el viejo quiere divertirse, no es asunto mío. Yo también me divierto. Se miró al espejo mientras se acomodaba la camisa: no es asunto tuyo pero esa tipa te caló hondo. Ya sabía que era morena y pequeña. Bueno, evidentemente le gustan las de ese tipo. Yo prefiero las rubias. Las mucamas de la casa ya sabían de sus gustos y Andreina se aprovechaba de sus trenzas doradas para obtener ciertos pequeños favores y vanagloriarse delante de las demás.
Quería retirarse temprano: mañana es el gran día. Estudió hasta tarde y se durmió sobre los libros. Despertó aturdido, incómodo y con dolor de cabeza y fue a la cocina a tomar una aspirina. Como siempre que andaba de noche por la casa, usó los corredores de la servidumbre.
Al pasar por el estudio, los ruidos lo atrajeron como un imán. Se obligó a seguir hasta la cocina pero al volver, la curiosidad y su sexo malhumorado e imperativo lo llevaron hasta el panel de siempre.
Ahí estás, zorra. Se prometió que encontraría a esa mujer y repetiría el ritual hasta el más mínimo detalle. Imaginó sus manos ajustando los lazos hasta casi quebrar la cintura y se mareó de voluptuosidad.
Parece que llegué en el momento culminante. El rostro de fauno mostraba la tremenda tensión previa al orgasmo. El cuerpo blanco se retorcía jadeante entre súplicas, deseable y hermoso en su desesperación. Por fin acabaron, él resollando desplomado sobre el escritorio y ella cubriendo de besos las arrugas repugnantes.
Te odio, puta, se mintió, te aborrezco por acostarte con este viejo decrépito. Cerró los ojos y se recostó contra la pared opuesta al panel, tratando de empujar hacia el estómago el nudo de deseo que lo estrangulaba. Oyó murmullos y se acercó a espiar. La escena lo sorprendió: el viejo estaba sentado en su sillón, envuelto en su bata de seda, y la mujer estaba sobre sus rodillas, también en bata, acariciándole la cara y el cabello. La larga melena negra se le desmadejaba por la espalda y el viejo la acariciaba distraído. Hablaban en voz queda, así que pescó la mitad de la conversación susurrada entre amantes.
— Si te pidiera que te quedaras, ¿cuánto tardarías en detestarme por haberlo hecho?
— No digas eso... — murmuró el viejo.
— Una mujer puede dejar todo lo que tiene por quien ama...
— Ya lo sé... — la interrumpió el viejo y la besó.
— ...pero un hombre..., tú, en tu posición... No, vida mía, no puedo...— la mujer contuvo un sollozo.
— Entonces ven conmigo.
Hubo una larga pausa antes de la réplica de ella.
— ¿No quisiste llevarme antes, por qué tendrías que hacerlo ahora? Está bien así. Yo lo entiendo. Es que te amo demasiado y cada día me es más difícil vivir lejos de ti
— No me arrepiento de nada de lo que hice en mi vida— el viejo reclinó la cabeza contra el respaldo mientras sujetaba a la mujer contra su pecho—, excepto el no haber tenido el coraje de tenerte junto a mí. Fui un cobarde...
— No es verdad...
— ... y lo descubro apenas hoy, cuando ya es demasiado tarde.
Comprendió que ella lloraba y ahogaba las lágrimas en el pecho del viejo. No entiendo nada. ¿El viejo quiso dejar a mi madre por ésta? Porque si no, ¿de qué otra cosa pueden estar hablando ?
La conversación continuó en tonos susurrados y tuvo que hacer un esfuerzo considerable por entender algo. Están hablando de mí, se sorprendió. ¿Por qué habla de mí con esa...? Una sospecha espantosa se le aferró a la garganta y no le dejó pasar más saliva. La pareja se levantó y abrazados, fueron hacia la puerta del estudio. Reunió el coraje que le estaba flaqueando y se precipitó por los corredores hasta el piso de arriba. No es cierto, no puede ser. Corrió como un loco, los ojos llenos de lágrimas rabiosas.
Al asomarse al corredor principal, los vio entrar al dormitorio. Cuando la puerta doble se cerró tras ellos, se metió en su cuarto. Ciego de furia golpeó los muebles y las paredes, ahogando como podía los gritos que pugnaban por escapársele de la garganta.
La puta del viejo asqueroso, la ramera voluptuosa que esclavizaba a su padre y a él, la mujer que deseaba hasta la exasperación como nunca antes a otra, era su propia madre.

Reale Accademia Militare di Modena

Se despertó gracias a los golpecitos en la puerta y lo hizo de un malhumor insoportable. Le latían las sienes por haber dormido mal y antes de verse al espejo supo que las ojeras lo traicionarían. No se molestó en responder pero quien golpeaba evidentemente gozaba de ciertos privilegios en la casa porque entró sin esperar su permiso.
Casi dio un salto en la cama al ver a su madre inclinada sobre él para besarle la frente.
Dai, caro, alzati (2). Tu padre te está esperando — se acercó a la percha-valet y dejó colgado algo en ella —. Eres un poco joven todavía para esto, pero quiero que tu padre vea cuánto has crecido y madurado. Ya eres todo un hombre, hijo mío — sonrió dulcemente.
Odiaba su sonrisa, su dulzura, sus besos. La odiaba desesperadamente desde hacía una noche. No te acerques, quería gritarle, pero las palabras se le enredaban en la lengua. Se levantó de un salto, sin mirarla, a lavarse la cara. Cuando regresó, ella todavía esperaba.
— ¿Vas a quedarte ahí mientras me visto? — masculló entre dientes.
— Ya me voy. Quería nada más que vieras lo que te traje. Espero que te guste— señaló la ropa colgada.
Se acercó, tratando de pasar lo más lejos posible de ella. Cuando revisó la ropa casi se cayó sentado : ¡pantalones largos! No pudo evitar mirarla sorprendido. La mano pequeña y suave le recorrió la mejilla.
— Te espero en el corredor. No tardes — y salió.
Se vistió a los trompicones y cuando terminó, el espejo le devolvió una imagen desconocida: podría haber estado mirando a Vittorio en uno de sus trajes de tarde. Levantó la cabeza en un gesto arrogante, el mismo gesto que su hermano y su padre, y se admiró frente al cristal. Su estampa le dio confianza; parecía mucho mayor que sus casi quince años. Salió del cuarto dispuesto a enfrentar al mundo entero si era preciso. Su madre lo esperaba al final del corredor.
— Estoy tan orgullosa de ti — murmuró al verlo.
Se sonrojó sin querer y la detestó todavía más por ello. Ella extendió la mano y la retiró de inmediato.
— Iba a tomarte de la mano— se excusó —, pero ya no eres un niño. Deberías llevarme del brazo. Sacudió la cabeza sin hablar y le ofreció el brazo que ella pedía. Mientras bajaban las escaleras se cruzaron con Andreina. La mucama no pudo disimular la sorpresa y lo miró como si acabara de descubrirlo, admirada y con la boca abierta. De reojo pescó la sonrisa, entre reprobadora y divertida, de su madre. Cayó en la cuenta de que ella sí sabía de sus correrías por los cuartos de la servidumbre. No supo cómo pero logró mantener la compostura. Volvió apenas la cabeza y Andreina le dedicó una mirada perdidamente enamorada que le dio la seguridad que le faltaba junto a su madre. Sonrió para sus adentros y se prometió que esa noche celebraría sus pantalones largos a toda orquesta.
A punto de entrar al estudio, en un extremo del corredor se arremolinaron las faldas negras y los delantales blancos para desbandarse luego por toda la casa. Esta sería una noche muy larga. Serviría para celebrar tanto como para olvidar.
El viejo estaba sentado ante su escritorio monumental. Tuvo que hacer un esfuerzo para arrancarse de la memoria las imágenes de las noches pasadas. Si los cajones de este mueble hablaran... Se sentó frente a su padre, reuniendo coraje y saliva, pero el viejo le ahorró el aliento. — Sé que estuviste esforzándote mucho en tus estudios, Marcello — él asintió vigorosamente —, y que hay un motivo muy importante para eso.
El viejo hizo una pausa para que él hablara.
— Padre... — no tartamudees, cretino, se insultó. Se miró los pantalones largos y recobró el habla—. Quiero ingresar a la Accademia Militare. Sé que puedo hacerlo. No lo desilusionaré.
El viejo lo miró largamente, los ojos del color del agua traspasándole los suyos. Después meneó la cabeza.
— Me esperaba algo así. Tu madre me puso al tanto de algunas cosas y tu tutor me lo confirmó — tosió para aclararse la garganta —. Existen... algunos inconvenientes, por así llamarlos. Pero le prometí a tu madre que... lo solucionaría.
¿De qué habla el viejo ? ¿Qué tipo de inconvenientes ? ¿Será por mi madre? Miss Parsons se lo había explicado. No es de familia noble como el viejo y por otra parte, yo no tengo derecho al título, soy el segundón, eso lo heredará Vittorio. Pero por lo demás, soy tan hijo y tan noble como mi hermanito mayor. Su padre continuó.
— Has demostrado ser lo bastante mayor para enterarte de ciertas cosas. Si puedes divertirte como un adulto — lo miró significativamente y él tuvo la presencia de ánimo suficiente para aguantarle la mirada —, puedes también entender cosas de adultos.
— Precisamente de eso se trata, padre — se atrevió a interrumpir —. Sé que tanto Vittorio como Ud. se ocupan de asuntos importantes. Quiero demostrarles a ambos que ya no soy un niño y que quiero estar preparado para ocuparme también de esos asuntos.
— No tengo dudas de que estás más enterado de algunas cosas más de las que yo o tu hermano imaginamos — lo reprendió apenas —. Eres un muchacho brillante, Marcello. Quizás un poco demasiado impetuoso para tu edad. Pero de lo que quiero hablarte tiene que ver con la Accademia.
Hubo una pausa incómoda y el viejo retomó el discurso, en voz más baja.
— Yo... cometí un grave error del que me arrepiento profundamente, porque le hace daño a quien amo más que a mi vida— ¿Mi padre hablando de amor ? Bueno, después de haber visto o, quién lo que vi, quién sabe, pensó sarcástico. — Quizás algún día te encuentres en mi situación y espero no cometas la misma equivocación. Y las consecuencias de ese error hoy pueden ir en contra de tus intereses, figlio mio(3).
Era la primera vez que lo llamaba de esa forma. Se mordió para no interrumpir.
— Pero he decidido reparar ese error antes de que sea demasiado tarde.
— ¿De qué habla, padre ? — preguntó, muerto de curiosidad.
— Que me casaré con tu madre para que puedas ingresar a la Accademia. De otro modo jamás te lo permitirían.
Se hundió en el asiento como si lo hubieran golpeado en la cara. ¡Soy un bastardo! Le costó seguir prestando atención a cuanto su padre decía. El viejo llamó al ama de llaves para pedirle que buscaran a su madre. Cuando ella entró al estudio, él la llamó a su lado.
— Le he explicado a Marcello cómo son las cosas— su madre bajó los ojos, levemente ruborizada. ¡Puta, no eres más que la puta del viejo! ¡Cómo pudieron hacerme esto, avergonzarme de esta manera!
— Y también le dije que me casaré contigo.
Ella trató de interrumpir y el viejo le tomó la mano y se la besó.
No, Ombretta, debe hacerse así si Marcello quiere ingresar a la Accademia. Nadie podrá entonces poner ningún tipo de impedimentos. Dependerá exclusivamente de ti, hijo, de tu inteligencia. Que no se diga que un Contardi no pudo demostrar su capacidad porque alguien no supo reparar un equívoco a tiempo.
Su madre miró al viejo fauno con ojos llenos de amor y lágrimas.
— Me pondré celoso de ver que te preocupa tanto este joven caballero— sonrió su padre.
¡Está completamente chocho, viejo estúpido! Quería salir de esa habitación, de la casa y no verlos nunca más. En los días que siguieron se encerró con el pretexto de estudiar. Su tutor se sorprendió de su aplicación y su celo, y lo felicitó. Cuanto más pronto me vaya, mejor. Incluso trataba de evitar las cenas familiares, dentro de lo posible y de lo cortés. El viejo jamás se había quedado durante tanto tiempo.
Las mucamas comenzaron a acusar parte de la violencia interior arrolladora que lo impulsaba. Me negaron la honra de ser un hijo legítimo. Nadie me negará jamás nada. Nunca más, se prometió y desataba su furia impotente con las doncellas, que se peleaban por saltar dentro de su cama. Andreina y Miss Parsons compartían por igual sus negras fantasías y eran sus víctimas complacientes, sin saber que reemplazaban a una mujer prohibida.
Pasó los exámenes de admisión tan limpiamente que mereció una felicitación. El mismísimo viejo sucio se reunió con los capitostes de la Accademia, que le palmearon el hombro y estrecharon la mano de su padre con respetuosos “Signor Conte”. Estarían orgullosos de tener a un Contardi entre ellos. ¡Por supuesto que lo estarán, si lo que esperan es usufructuar las influencias del viejo! Sentía que en esos pocos días no había madurado, sino envejecido.
Estaba acomodando su ropa y sus cosas en las maletas cuando su madre entró a su dormitorio.
— ¿Estás contento, figlio mio ? — preguntó ella con voz cantarina.
— Sí, madre — respondió sin volverse. ¿No te das cuenta de cuánto te detesto?
Hubo una pausa larga.
— Yo soy nada más que una muchacha de pueblo. Me enamoré de tu padre y sigo tan enamorada de él como la primera vez que lo vi. Nunca le pedí nada a cambio y él quiso dármelo todo. Lo más importante en mi vida han sido tú y él, y nunca quise otra cosa más que mi familia. Marcello... me harás mucha falta, lo sabes. Pero estoy orgullosa de ti y de lo que conseguiste.
¿Qué conseguí, que el viejo se casara contigo?, estuvo a punto de soltarle. Asintió mudo. Ella se acercó y lo abrazó.
— Estás casi tan alto como tu padre — y se empinó en la punta de sus piececitos para besarlo en la mejilla. ¡No me toques, por Dios, no te acerques! Te odio tanto, mamá.
— Tu padre quiere que nos tomemos una foto. Regresa a Buenos Aires y quiere llevársela con él. El fotógrafo está esperándonos en el estudio. Estaré abajo.
Cuanto antes baje, mejor. Terminó de vestirse y corrió a tomarse la condenada fotografía. Se tomaron una los tres juntos, él sintiéndose un idiota hipócrita junto a sus padres, y luego una él y su madre solos, él de pie detrás del sillón. Por indicación del fotógrafo puso la mano sobre el hombro de su madre.
Cuando el fotógrafo y su padre salieron del estudio, se dio cuenta de la expresión desconsolada de su madre.
— ¿Qué te pasa ? — preguntó seco.
Ella se quebró y se sentó a llorar en silencio. Se quedó petrificado, embargado por una emoción que no podía soportar.
— No quiero que tu padre me vea llorar— murmuró y respiró profundamente para recomponerse.
— No te preocupes, siempre vuelve — se sorprendió consolándola con torpeza.
Ella levantó los ojos oscuros y maravillosos, llenos de dolor.
— Ya no volverá, Marcello. Tu padre se está muriendo.

MILÁN, 1943

La mansión estaba más silenciosa y oscura que lo habitual en esos tiempos sombríos, lo cual no colaboró con el ánimo igualmente sombrío del mayor Marcello Contardi. El personal se retiraba temprano y se apagaban todas las luces posibles. En el único lugar de la casa en donde se mantenían encendidas era en su dormitorio y su estudio, por expresa orden de Ombretta.
Hacía ya mucho tiempo que Ombretta había dejado de ser "mamma” para sus adentros y el “madre” era una mera formalidad que cumplir en público o delante de la servidumbre. Detestaba evocar la silueta armoniosa y de curvas dulces, aquel rostro delicado y esa voz cantarina. Ombretta intuía su malestar sin comprenderlo y se mantenía alejada de él, aunque en varias ocasiones la había pescado en el extremo de algún corredor o asomada al vano de alguna puerta, observándolo con una mezcla de tristeza y orgullo por ese hijo al que ella le importaba cada vez menos.
Esa noche, Marcello no estaba de ánimo conversador. Ni siquiera el revoloteo de Andreína lo entusiasmó y la despachó secamente. El régimen de Mussolini había fracasado e Italia ya había perdido la guerra escandalosamente. El piloto austríaco Scorzeny había rescatado al Duce de su prisión en el Sasso, en la cara de los Carabinieri — o con su connivencia, nunca se sabría del todo— , pero Mussolini estaba destinado a ser un títere de Hitler durante lo que quedara de la guerra o lo que le quedara de vida. Marcello no se hacía demasiadas ilusiones, ni siquiera respecto a la utópica y absurda Repubblica di Salò que Mussolini había declarado en el Norte dominado por los partisanos. Entretanto, los americanos hacían una jugada que sería clásica en ellos: aliarse con sus enemigos públicos número uno para atacar a otro enemigo mayor. Le famiglie (4) de la Cosa Nostra de Chicago y Nueva York les habían abierto las puertas de Sicilia a los Marines, allanándoles el camino hacia el continente. Era una clase de favores que solía pagarse a precios muy altos.

Croce al Merito di Guerra - Medaglia d'Argento al Valore Militare (condecoraciones II Guerra Mundial- Ejército Italiano)
Con el Ejército dividido entre los fieles al Duce y los monárquicos, Badoglio coqueteaba con los Aliados tratando de salvar lo que pudiera de los agonizantes gobierno y fuerzas armadas, y una Italia derrotada desde el día mismo en que había entrado al Eje, le declaraba la guerra al III Reich.
Le dedicó una mirada de desprecio a la fotografía con las condecoraciones por su desempeño en la campaña de Abisinia. En algún cajón de sus armarios, dormían la Medaglia d’Argento al Valor Militare y la Croce al Merito di Guerra. Pocas cosas lo hacían sentir tan impotente como esas condecoraciones. La campaña a Rusia había sido desastrosa y el Ejército había sufrido suficientes pérdidas como para que la Medaglia d’Argento no significara nada. Se tiró en la cama a fumar, con la guerrera desabrochada y sin quitarse las botas. Después de un rato, sacó la carta de Vittorio de un bolsillo y se dedicó a descifrar el código de encriptamiento.
El contenido le hizo esbozar una media sonrisa: los alemanes estaban seriamente preocupados por el futuro del III Reich. Parece que ya no creen que durará mil años, pensó con desprecio, mordiendo el cigarrillo, un lujo que escasos oficiales podían darse a esa altura de la guerra. Se recostó en el cabecero de la cama: la oferta de los alemanes a cambio de una vida nueva en “territorio no hostil” se medía en lingotes de oro, pero Vittorio se proponía obtener mucho más que dinero: ciencia y tecnología de avanzada, como pago por asegurarle a la élite de las fuerzas armadas germanas un futuro posible, lejos de Europa. No podía menos que aprobar la contrapropuesta de su hermano.
Él sería el enlace entre ambos continentes, supervisaría que los depósitos se efectuaran a tiempo y que los viajeros embarcaran con adecuados sigilo y discreción. Su participación en los negocios familiares se depositaría en una cuenta en Montevideo, que a su debido tiempo sería transferida a Suiza. No había querido recurrir a ningún banco europeo durante la guerra: nadie sabía qué ocurriría con esos depósitos cuando todo terminara, y ahora que los brutos americanos parecían haber entendido el arte de la guerra, y habían conseguido revertir sus impresionantes derrotas y marchar lento pero seguro a la victoria final, quién podía imaginar qué harían al toparse con la impasibilidad de los banqueros helvéticos.
Aplastó el cigarrillo con descuido. Por fin algo bueno saldrá de toda esta mierda.
Unos golpecitos discretos a su puerta lo sorprendieron y guardó la carta. Mañana le responderé con un telegrama. Invitó a quien golpeaba a entrar, deseando que no fuera Andreina: no tenía deseo alguno de sexo esa noche. Era Ombretta. A los cuarenta y un años la belleza se le había vuelto tran trágica como la de la Addolorata y su pena interminable lo enfurecía. Desvió de inmediato la mirada que revelaba cuanto él se esforzaba por ocultar.
— No te robaré mucho tiempo, figlio mio. Sé que estás cansado.
Él asintió sin hablar.
— Vuelvo a Nápoles, con mi familia...
— ¿Nápoles? ¿Te volviste loca? — casi rugió.
— Ya no puedo seguir viviendo aquí, sola — Ombretta tragó saliva para tomar valor —. Sufro demasiado en esta casa vacía que me recuerda a tu padre.
— ¡Padre murió hace doce años!— escupió rabioso, muerto de celos de ese fantasma que todavía rondaba la casa y la vida de Ombretta.
Ella continuó sin hacer demasiado caso de su enojo.
— Parto pasado mañana. No quise hacerlo antes porque quería decírtelo personalmente— suspiró —.Pure tu mi manchi (5)... pero sé que no es recíproco— una lágrima se le deslizó hasta la barbilla, pero orgullosamente, ella no la enjugó. Se quedó paralizado, escuchándola —. No soy la madre que merece un Contardi. Tampoco fui la esposa ideal para un noble como tu padre. Prefiero volver a donde pertenezco.
Le respondió con una absoluta estupidez.
— Permíteme que te dé una escolta adecuada. Es una locura viajar sola por Italia en estos tiempos.
Por un instante, Ombretta creyó que esa escolta sería él y cuando por su mirada comprendió que no sería así, su rostro se apagó como una vela que agoniza.
— No es necesario...
— Es lo menos que puedo hacer por tí, madre. Dame unos días para organizar el viaje.
— No es...
— Lo hablaremos mañana en el desayuno — dio por terminada la conversación y Ombretta asintió desvahída y se marchó a su cuarto.

***
Se levantó muy temprano a despedir a su madre. Ella se empinó y lo besó en ambas mejillas, dejándoselas empapadas con sus lágrimas. Se subió al automóvil sin siquiera preguntarle si la visitaría, porque ambos sabían que él no lo haría, pero le dejó en la mano un papelito cuidadosamente doblado, escrito con la caligrafía infantil que tanto lo avergonzaba y donde le indicaba la dirección de sus parientes.
— Escríbeme — susurró Ombretta y él le mintió diciendo que lo haría.
Un instante antes que el auto arrancara, ella saltó y corrió a colgársele del cuello y apretarse contra su pecho mientras sollozaba. Se quedó rígido y apenas atinó a rodearla con un brazo y acompañarla de regreso al auto. En un impulso, tomó las manos y la cara de su madre y las cubrió de besos, mientras murmuraba vaya a saber qué locuras. Feliz, Ombretta le acarició la cara y lo besó en la frente, diciendo:
Figlio mio, Iddio ti benedica.(6)
Le temblaban las piernas cuando se incorporó y cerró la puerta del auto, agradeciendo que nadie de la servidumbre hubiera presenciado la despedida.

Bombardeo de Nápoles, 1943



No golpeaban a la puerta: estaban aporreándola. Andreina se había despertado primero y llevaba su buen rato sacudiéndolo. Saltó de la cama desnudo e irritado, y manoteó la bata.
El ama de llaves, también en ropa de cama, lo acompañó hasta la planta baja donde un sargento en uniforme manchado esperaba en medio del recibidor. Era uno de los hombres que había enviado como escolta de Ombretta. El sargento estaba pálido.
— Mayor Contardi— jadeó, haciendo la venia —, lamento informarle que su señora madre murió durante un ataque Aliado a la ciudad de Nápoles.
El hombre se quedó mudo y él también. Sólo después de unos instantes negros como su desesperación y su furia, pudo preguntar cuándo.
— Ayer, señor. Mi más sentido pésame, señor. No fue posible rescatar ningún cuerpo...Señor — el sargento terminó la frase con un murmullo.
El ama de llaves se adelantó y con un susurro invitó al hombre a pasar a las cocinas a beber algo caliente. Él estaba paralizado, como golpeado por un rayo, y se quedó mirándolo seguir a la vieja con la cabeza gacha. De pie en medio de la nada, oyó a lo lejos al coro de mujeres llorar y desgañitarse. Dio media vuelta y regresó a su dormitorio, seguido tímidamente por Andreina que pretendía hacerle compañía. La echó del cuarto a los gritos, cerró la puerta con llave y se desangró los nudillos golpeando las paredes hasta que el dolor insoportable de las fracturas lo obligó a detenerse. De rodillas en medio de la habitación, aulló como un animal. Afuera, Andreina sollozaba, pidiendo que la dejara entrar.
Siguió gritando y sacudiéndose contra las paredes hasta que la voz del doctor Ruggiero Bozzi logró traerlo de regreso a la realidad en la que Ombretta estaba muerta.

***
La voz melodiosa y educada de Valentina Bozzi respondió a sus bruscos rezongos y le hizo cambiar de humor y de tono de voz. Valentina entró al cuarto y se sentó tímidamente en el borde de la cama, tomándole la mano enyesada, mientras la doncella retiraba la bandeja con el desayuno.
— ¿Te duele un poco menos esta mañana?
Asintió con una sonrisa.
La mia fata dei capelli biondini (7) me hace olvidar cuánto me duele — respondió y Valentina se ruborizó. La inocencia y la dorada belleza de Valentina lo conmovían. Con la mano sana, Marcello le acarició el pelo.
Fresco del Albergo Ambasciatori,
por Guido Cadorin (1927)
La excusa para verse tan temprano en la mañana era que el padre de Valentina, el doctor Bozzi, quería verlo si es que él se sentía en condiciones. Lo esperaba en su estudio.
Ruggiero Bozzi lo había trasladado a su propia casa en el mismo vecindario elegante que los Contardi, dos días después de haber recibido la noticia de la muerte de Ombretta. “Es preferible que se aleje un poco de ese lugar: le trae demasiados recuerdos”, había sonreído apenado el doctor Bozzi.
Desde hacía unos ocho meses, Marcello escoltaba a la esposa del doctor, Donna Maria Pia Cacchierano in Bozzi, y a su hermosa y jovencísima hija, Donna Valentina Bozzi, en sus escasas salidas. Milán estaba todavía ocupada por los alemanes y no era seguro para nadie circular por la ciudad.
Ponerse el uniforme con un brazo enyesado hasta el hombro era una tarea engorrosa, pero se negaba sistemáticamente a que las mucamas lo ayudaran.
— Siéntate, Marcello. ¿Te molesta que te tutee? — Bozzi hizo que le ofrecieran café, que aceptó gustoso.
— En absoluto, dottore Bozzi.
Se entretuvieron en hablar de generalidades hasta que el mayordomo se retiró, pero él intuía que Bozzi quería hablarle de algo importante y privado. ¿Quizás acerca de Valentina? Se dijo que muy pronto debería comenzar a considerar el pedido de mano de la signorina Bozzi, sobre todo teniendo en cuenta que la había seducido en la mismísima casa de sus padres. Al fin y al cabo, él era un Contardi, un oficial del Ejército italiano y un hombre de honor, y Valentina una cría inexperta que se había aterrorizado tanto ante sus avances, que ni siquiera había podido negarse. En cierto sentido, la seducción había sido casi una violación. Y Valentina era menor de edad.
— ¿Marcello, recuerdas la conversación que mantuvimos hace una o dos noches, respecto de la posibilidad de transferir, ...eh... fondos…. a América? — Bozzi dejó flotar la frase en el aire.
— Argentina — aclaró él —. Sí, la recuerdo perfectamente.
— ¿Ya han comenzado a ... transferir?
— Hemos hecho una o dos operaciones a modo de prueba y fueron exitosas.
La conversación continuó en los mismos términos crípticos, pues nunca se sabía quién de entre la servidumbre de la casa podría ser informante de los alemanes, los partisanos o el mismo Ejército, aunque contaran con un oficial temporariamente albergado en casa. Por aquellos días, la traición empañaba las relaciones sociales milanesas.
El doctor Bozzi tenía un severo problema llamado Konrad Von Schwannenfeld, mayor de los SS que había estado a cargo de "campos de trabajo" en Polonia, y que conocía demasiado bien las idas y venidas de la familia como para que el doctor se quedara tranquilo. El mayor Von Schwannenfeld estaba enterado de las “transferencias” y le había manifestado a Ruggiero Bozzi su interés en realizar una: la de su propia estimable persona. Marcello releyó atentamente las líneas que Bozzi había escrito a toda velocidad y rompió el papel para después quemarlo.
— Puede hacerse. Pero tendrá que esperar. La lista de espera es larga.
Unas semanas más tarde Marcello ya no tenía el brazo enyesado, y la discreción imponia que estuviese instalado en su casa, porque después de todo, Milano è un paese(8) y no era cuestión de desatar habladurías. Regresaba de visitar a los Bozzi en carácter de prometido oficial de Valentina cuando encontró un Mercedes Benz negro estacionado en el lugar de su propio auto. Con fría cortesía milanesa, invitó a Konrad Von Schwannenfeld con grappa y café y se dedicó a estudiarlo. Casi tan alto como él aunque más corpulento; mandíbula firme y levemente prominente; ojos del color del lapislázuli, crueles y duros. El epítome de la raza aria en uniforme gris y negro e insignias de plata se acomodó en un sillón, dejando la fusta en una mesita. Resultaba bastante fácil imaginar la rapidez con que Von Schwannenfeld había intimidado al buen doctor Bozzi.
El mayor parecía conocerlo muy bien y tenía información de primera mano acerca de los operativos de transferencia. Con la copita de grappa haciendo equilibrio sobre el taco de la bota, el mayor quiso saber si existía alguna posibilidad de saltear turnos. Teniendo en cuenta todo lo que él había averiguado acerca de Von Schwannenfeld, la prisa del alemán era muy comprensible. El tipo le caía particularmente desagradable, pero hizo gala de un tacto exquisito al explicarle que todas las "transferencias" estaban meticulosamente planificadas, lo mismo que la obtención de la documentación nueva, que insumía bastante tiempo en su confección; además era preciso asegurar que las remesas previas de fondos se hicieran en tiempo y forma. La burocracia era inevitable aunque la maquinaria estuviera muy bien aceitada.
El mayor comenzó a mostrarse inquieto. Era evidente que no estaba en posición de amenazarlo abiertamente, pero Marcello no se hacía muchas ilusiones acerca del tipo de presiones que el otro podría ejercer. Recordó la desazón del doctor Bozzi. “Quítemelo de encima, por favor, mayor”, le había rogado, abandonando el “tú”. Mientras se bebía su grappa, evaluó la situación: Von Schwannenfeld estaba acorralado o pronto lo estaría y se volvería más peligroso aún. Sirvió una nueva ronda de alcohol y miró al otro a los ojos.
— De cualquier forma, mayor, estoy seguro de que podré hacer algo por sus prioridades — mencionó una fecha y Von Schwannenfeld se chupó las mejillas y asintió.
Se puso de pie para dar por terminada la visita y el alemán le tendió una mano húmeda de transpiración fría: el tipo estaba asustado. Durante varios días tuvo la curiosa sensación de ser observado en todas sus idas y venidas, aunque nadie lo molestó. Sabía que su correspondencia era interceptada y se lo hizo saber a Vittorio, no fuera el caso que se tratara de los Aliados.
La vacante para Von Schwannenfeld se produjo intempestivamente o no tanto, eso dependía del punto de vista: uno de los viajeros había sido hecho prisionero gracias a una denuncia anómima. Sacarlo de Gran Bretaña llevaría su buen tiempo si es que los ingleses no lo ahorcaban primero. Sin querer darse espacio para sospechas, se comunicó con el mayor para darle la buena noticia. VonSchwannenfeld le preguntó cómo podría agradecerle.
— Olvídese del doctor Bozzi y de su familia, mayor — le espetó fríamente —. Y eso me incluye.
El otro chocó los talones y desapareció en medio de la noche lluviosa junto con su Mercedes negro.
Tres meses más tarde, en uno de los febreros más fríos que recordaba, y mientras dejaba a su futura familia política en la puerta de su casa, les dispararon desde un automóvil gris medio desvencijado. El doctor Bozzi fue alcanzado por uno de los proyectiles y no sobrevivió, él recibió las esquirlas que arrancaron las demás balas contra la mampostería del frente de la casa, y Donna Maria Pia y Valentina salieron ilesas. Mientras disparaban, los insultaron en alemán.

MILÁN, 1969

Entró al edificio de BCB sacudiendo bruscamente las puertas y sin saludar. El pretexto era recoger unos papeles que necesitaba para la reunión de negocios de esa noche, y que su secretario había olvidado entregarle, contrariedad que bastaba para mantener su malhumor durante el resto de la semana según la dura experiencia del personal de la empresa. La verdad era que necesitaba calmarse y recobrar la presencia de ánimo suficiente para mantener un encuentro racional con cualquier otro miembro de la raza humana. Cerró de un portazo, dejando bien a las claras que no deseaba interrupciones y se desplomó en el sillón giratorio, respirando con fuerza.
Había ido al teatro a ocultarse en el anonimato de la platea vacía y oscura para presenciar el ensayo que personalmente se había encargado de exigir al regisseur. La había acechado lo mismo que un animal de presa, detrás del escenario y por los pasillos hasta el camarín, pisando sobre sus pasos leves. Había estado a punto de cumplir con la amenaza de matarla, tan violentos eran los sentimientos que ella le provocaba. Si cerraba los ojos podía evocar las sensaciones y sentir en la yema de los dedos la piel húmeda de transpiración y miedo, y los músculos estremecidos por el esfuerzo inútil de resistirse a su verga enfurecida.
Hecho un bollo informe en un bolsillo del pantalón, estaba el pañuelo de cuello que había usado como mordaza. Lo acercó a la nariz y lo olió, tratando de rescatar el tenue aroma de la piel que había vejado sin compasión. Se frotó el trozo de seda por la cara y el recuerdo le golpeó nuevamente el plexo y le descendió hasta las entrañas. Demasiado intenso, demasiado breve. La detestaba demasiado como para haber agotado su odio en ese único acto de brutalidad.

Descubrió que las manos le temblaban. ¿Por qué? ¿Acaso ella no había afrentado su orgullo masculino al despreciarlo? ¿Él no la había humillado en lo más íntimo de su condición de mujer, reduciéndola a la de hembra? Se había cobrado la afrenta con saña pero, ¿verdaderamente la odiaba? No se atrevía a responder a esa pregunta. Creyó que sentiría satisfacción y la única sensación que perduraba eran los resabios de aquella rabia irracional e impotente. Hundió la cabeza entre las manos. Había creído que el ejercicio de la violencia le provocaría un placer más duradero y se había equivocado. Se sentía afiebrado, consumido por ese sentimiento fatal que lo carcomía como una enfermedad. Había creído que podría extirparla de su vida y lo unico que había conseguido había sido marcársela a fuego en la piel. La sed espantosa que sentía ya no se le apagaría y lo que había hecho lo había convertido en esclavo de su propia ira.
En un paroxismo de furor impotente, golpeó la pared del despacho. El estallido de dolor le atravesó el brazo y le alcanzó el cerebro una fracción de segundo después. Se miró la mano fracturada con fascinación hipnótica. Puta, te odio. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Lo agudo del dolor lo hizo evocar otro parecido, mucho tiempo atrás, cuando era joven y creía que Valentina podría borrar los recuerdos de otra mujer imposible. Valentina jamás lo habia conseguido y él jamás se lo había perdonado.
— ¡Puta! — repitió en voz alta, casi a los gritos, odiando ya no sabía a quién.
En el hospital, nadie le preguntó cómo se había provocado la fractura. Valentina hacía ya tiempo que no le preguntaba nada. El lugar de la muñeca donde se había fracturado le dolió durante los siete años siguientes, tiempo suficiente para imaginar todas las venganzas posibles y elegir la más cruel. Como siempre, las elecciones de Marcello Contardi llevarían sus actos mucho más lejos de lo que él podría imaginar.



(1)Patroncito
(2)Vamos, querido, levántate
(3)Hijo mío
(4)Las familias
(5)También tú me haces falta
(6)Hijo mío, que Dios te bendiga
(7) Mi hada de los cabellos rubios
(8)Milán es un pueblito

jueves, 25 de febrero de 2010

LA MANO DERECHA DEL DIABLO - PRÓLOGO


Prólogo — Milán, 1921
Cruzaron las miradas del color del agua en silencio, calculando el momento del enfrentamiento. ¿Quién atacaría primero? Desde su altura algo por debajo del codo de su padre, espiaba al otro, que pronto alcanzaría el hombro paterno. Se midieron durante un buen rato, sin decir una palabra.
— Saluda a papá— su madre le dio un empujoncito cariñoso —."Hola, papá, ¿cómo está Ud.?" — repitió como si él se lo hubiera olvidado.
No quería saludarlo. Ya no le basta con venir: ¡ahora trae a ese! ¿Quién es?, se preguntaba rabioso e impotente, aferrado a la mano de su madre casi con desesperación. Entre los dos me la quitarán. Aguantó las lágrimas con valentía.
— Marcello, éste es tu hermano mayor, Vittorio — su padre los presentó con severo orgullo.
El otro extendió una mano fría. Otra vez el empujoncito y el susurro: "Dale la mano, sé educado" y porque se lo pedía mamma, nada más que por eso, extendió el bracito y tomó la mano de su hermano.
Se pasó el resto del día escondido más que encerrado en su cuarto, sin querer asomar la nariz de tan enojado que estaba y porque le daba vergüenza que su padre y "ese" lo vieran llorar. A la hora de la cena no tuvo más remedio que hacer acto de presencia, vestido y peinado.
Cuando su padre estaba en casa, las cosas cambiaban mucho y él lo resentía. Había que "comportarse": sentarse en silencio, utilizar correctamente los cubiertos aunque sólo tuviera cinco años y le costara empuñar el cuchillo de plata más grande que su mano; quedarse encerrado en el cuarto de juego y no andar "whinning like a pony"[1] por toda la casa, de acuerdo con las severas instrucciones de la gobernanta inglesa a la que, sospechaba, incluso mamma temía.
Interrumpir las reuniones que su padre mantenía en el salón principal de la planta baja, a puertas cerradas, era impensable. Mamma ni siquiera se asomaba al salón en esas ocasiones y cuando debía hacerlo, murmuraba un saludo tímido y a media voz, se disculpaba y se refugiaba en su sector de la mansión, o corría a la cocina a controlar que todo estuviera perfecto.
La cocina era el secreto orgullo de mamma y el lugar en donde sus placeres sencillos la hacían sentir más a gusto. A él le encantaba verla mientras preparaba las comidas del día, y dejarse envolver por los olores cálidos y perfumados de esa Amalfi que no conocía. Platos coloridos de rojo, verde y violeta, con aromas de salvia y albahaca; sabores puros, vivaces, llenos del sol que mamma añoraba en la Milano siempre gris. En las conversaciones entre mujeres, despotricaba abiertamente contra la cocina del Norte y su única concesión a la casa de Savoia, no a Lombardía, era el sabaglione.
Mamma cantaba cuando cocinaba, cuando se sentaba a coser; cuando andaba por la casa o cuando lo hacía dormir entre sus brazos; y eran canciones en un italiano extraño, rústico y sin embargo dulce, que tenía la cadencia del mar.
Cuando padre estaba en casa, todo era distinto. Si había huéspedes, mamma no cantaba y casi no hablaba. Con el tiempo comprendió que la cadencia de mar de su italiano resultaba demasiado vulgar para los encumbrados conocidos de su padre, que las más de las veces, hablaban en francés.
Mamma no hablaba francés. Una vez, escondido detrás del recodo de un pasillo, escuchó a unos invitados de su padre burlarse en voz baja: "Ni siquiera habla italiano".

Una señora elegante se encerraba con ella dos veces por semana en un saloncito de la planta alta. Esas reuniones lo intrigaban tanto que un día se escondió debajo de una mesita en un rincón, en una posición tan incómoda que las rodillas le dolieron durante todo el día siguiente.
Mamma leía de un libro y la señora le corregía la pronunciación, haciéndola comenzar una y otra vez, lo mismo que a él la odiosa gobernanta inglesa. Luego se sentaron a una mesa grande, ya preparada, y su madre tuvo que repetir la ubicación de los cubiertos, copas, platos y servilletas. Desde su escondite podía oír claramente el tintineo de la plata y el cristal. Yo sé cómo se ponen, me lo enseñó Miss Parsons y puedo enseñárselo a mamma, en lugar de esta vieja mandona.
La lección duró una eternidad: sentarse y ponerse de pie, dejarse acercar y retirar la silla; bajar y subir de un automóvil; el lado de la calle por donde caminan las damas; los interminables tratamientos nobiliarios y de cortesía: "principe", "duca", "marchese", "conte", "cavaliere", "Sua Maestà", "Altezza", "Eccellenza", "Eminenza" y otro montón de títulos graciosos. Mamma debía repetirlos junto con el nombre del 'intitulado', como acababa de bautizar a todos esos personajes de cuentos.
La vieja mandona se fue y mamma se quedó sola en el saloncito, sin saber de su presencia y de su amor desde debajo de la mesa, repitiendo en voz baja la posición de los cubiertos y listando los 'intitulados' de a uno por dedo. Luego se sentó junto a la ventana a leer en voz alta, que fue mermando hasta un susurro tembloroso por el esfuerzo de mantener la pronunciación. El ruido seco del libraco al cerrarse lo hizo saltar, literalmente, y se golpeó la rodilla izquierda con la pata de la mesa.
Se aguantó los quejidos hasta que escuchó la puerta. Salió como pudo, en tres patas y media y corrió a ver el libro: ¡era el mismo que la gobernanta usaba con él para su lección diaria! Pensó en correr detrás de su madre y decirle que no era tan difícil y que si quería, él podía ayudarla. Cuando salió rengueando al corredor, el ladrido de la inglesa lo congeló: "Where have you been, Sir?". Habitualmente, el "Sir" en boca de Miss Parsons no auguraba nada bueno y esa vez no fue la excepción.
No tenía memoria cierta de cuándo su padre había comenzado a imponer sus reglas severas en la casa y en la vida de sus habitantes. Sí, en cambio, que no había forma de escapar de ellas cuando él se quedaba, después de sus viajes largos a no sabía qué sitios maravillosamente lejanos, sobre todo porque cuanto más lejanos, más tardaba en volver.
Mientras tanto, mamma era toda para él, inclusive a la hora de dormir. Su cuarto era su territorio — en realidad, lo era toda la casa cuando su padre no estaba — pero por la noches terminaba trepándose por los cobertores a la cama enorme y con baldaquín, escapándose de alguna pesadilla horrible que se escondía detrás de las cortinas y lo esperaba agazapada en su habitación. Hundía la nariz entre los cabellos negros, se aferraba a un mechón sedoso y largo y se quedaba dormido y feliz.
Con padre en casa, todo era diferente. Nada de meterse en la cama con mamma a dormir. La puerta de su cuarto se cerraba y él se moría de miedo, y de ganas de correr al dormitorio principal. Una sola vez lo había intentado y la niñera corrió detrás de él, asustada.
— ¡A tu padre no le gusta que los niños duerman en la cama grande!
— ¡Es la cama de mammina! — protestó lloriqueando.
La niñera lo levantó en brazos y lo llevó hasta su cuarto, aguantando estoicamente sus puñitos furiosos.
— ¡Son órdenes del Signor Conte! — y lo metió en la cama —. No me hagas cerrar la puerta con llave.
Era la primera vez que escuchaba "Signor Conte" y aunque no sabía de quién se trataba, supuso que sería su padre. Lo odió toda la noche y durante el resto de su vida.

Milán, 1929
Casi no reconoció al hombre joven y elegante, de pie en medio del vestíbulo imponente de la mansión, rodeado de equipaje y que daba órdenes displicentes al personal obedientemente arremolinado a su alrededor. La cabeza rubia y arrogante se volvió apenas y le echó una ojeada de cristal.
— Creciste mucho en este tiempo, Marcello.
Su hermano mayor. La rabia sorda y sin nombre amenazó con dejarlo sin habla.
— Cómo está, Vittorio — saludó seco y sin tutearlo, como jamás tuteaba a su padre.
El otro se encogió de hombros principescamente, dando a entender que gozaba de magnífica salud.
Se quedó mudo, como siempre delante de su hermano. Odiaba tener seis años menos, odiaba que el otro fuera tan alto y elegante y él tan desgarbado, vestido con ropas adecuadas a su edad pero ridículas para su cuerpo que crecía sin demasiado concierto ni autorización. Detestaba escucharlo hablar con la servidumbre con esos modales de gran señor. Pero lo que aborrecía desde el fondo de su corazón era la educada descortesía de que Vittorio hacía gala con su madre.
El saludo helado irrumpió en sus más negros pensamientos y la voz cantarina de mamma respondió, dulce como siempre, como si no le importara que el otro la despreciara tan abiertamente como podía. Le dolió más de lo que hubiera querido, notar la desilusión en la cara de su madre al ver que el viejo no había venido con Vittorio. Pero mamma recompuso la expresión y de inmediato tomó su lugar como señora de la casa, dando las órdenes para acomodar al recién llegado.
Afortunadamente, su hermano mayor no pasaba demasiado tiempo en la mansión y él estaba demasiado ocupado con sus estudios como para prestarse mutua atención.
Una mañana, mientras esperaba a su tutor en el estudio amplio y luminoso que le había asignado su padre, oyó a su hermano hablar con su madre. Entreabrió la puerta para enterarse de la conversación: esa noche Vittorio ofrecería una recepción a unos amigos.
Con intencionada inocencia preguntó a su madre por los preparativos. Ella lo miró con ojazos negros y sabedores, y sonrió al responderle que cómo podía ser, si las paredes y las puertas tenían oídos, no supieran ya qué pasaría esa noche. Tragó saliva, rojo hasta la raíz del pelo; su madre le acarició la mejilla y le dio un beso. Luego, sin retirar la mano de su cara, aclaró que ellos dos no estaban invitados.
El rojo de vergüenza pasó a rojo de furia, pero prefería morderse la lengua antes que demostrarle a alguien que le importaba que Vittorio los considerara menos que sus condenados amigos. Se prometió que le arruinaría la maldita fiestecita o lo que fuera. Tan entusiasmado estuvo en prepararse para la ocasión que el tutor debió llamarle la atención varias veces durante la tarde.
Esperó pacientemente a que su madre se retirara a sus habitaciones, para salir al pasillo con los zapatos en la mano. Casi corrió escaleras abajo, rápido, rápido antes de que llegaran los invitados, y se refugió en el salón de fumar, comunicado por puertas dobles acristaladas y con cortinados de pesado terciopelo, con el comedor imponente. Sería un buen lugar para espiar y, llegado el caso, tener una vía de escape por las puertas y corredores de la servidumbre. Repasó el plan, excitado.
El patio de cocheras se llenó de ruidos y voces, luego el vestíbulo y finalmente el comedor. Se apostó en su observatorio, listo para ejecutar su venganza. Todos hablaban en francés, pero eso ya no constituía un problema para él. Las damas hasta se permitían salpicar alguna que otra palabra en italiano con acento gutural. La conversación saltaba de un tema a otro, tratados con displicente suficiencia: eran ellos quienes generaban la novedad, no quienes la comentaban.
Le pareció que esas mujeres habían llevado esa ropa, ese maquillaje y esas joyas toda su vida y que el dorado y el rojizo de los cabellos no hacía más que acompañar la pálida belleza de los hombros y brazos atrevidamente desnudos.

Detalle de los frescos del Albergo Ambasciatori, de Guido Cadorin (1927)
Una morena de ojos verdes y crueles mostraba los brazos blancos engalanados de oro y piedras, como una Cleopatra moderna. Los hombres, enfundados en smokings severos, bebían y fumaban cigarros. Uno de ellos le ofreció una pitada a la morena, que fumó sin despegarle los ojos. La pelirroja se inclinó a besar a su compañero de mesa, pero sus ojos se clavaban en el de enfrente. Los hombres cruzaban miradas entendedoras por encima de las copas de cristal.
Todos su planes malvados se diluyeron: quería ser como esos hombres elegantes que bebían champagne y fumaban con afectado spleen; que poseían a aquellas mujeres, delicados y carísimos objetos de deseo; que hablaban de temas desconocidos para él. El tintineo de la platería sobre la porcelana le pareció rústico, comparado con las risas de esas hembras magníficas e inalcanzables. Hubiera dado la vida por estar sentado a esa mesa y ser aceptado como par, y beber de la misma copa que aquella diosa de corona dorada, envuelta en gasa lánguida que flotaba a su alrededor con cada paso.
El único que permanecía impasible ante los despliegues seductores de la mesa, era Vittorio. Inconscientemente siguió los ojos de su hermano mayor, que no se detenían en ninguna de las mujeres: Vittorio atendía a lo que los hombres decían. Una o dos veces esbozó una de esas sonrisas frías que ya le conocía. ¿Por qué los invitó si le desagradan? Se tomó el trabajo de pescar los nombres: eran los que debía enumerar con Miss Parsons cuando pasaban lista a la alcurnia milanesa.
Comenzó a sospechar que la reunión tenía un propósito más allá de la diversión y el regalo visual de la belleza femenina ofrecida sin pudor, y la expectativa de enterarse de algo importante le erizó el vello de la nuca. Su padre mantenía ciertas reuniones en la casas, no frívolas como ésta, pero con hombres cuyos nombres sonaban tanto o más que los que estaba escuchando esta noche. El escondite del saloncito de fumar podía dar fe de sus primeros pasos en el espionaje.
La cena eterna terminó y los hombres retiraron las sillas de las damas con galantería. ¿Y ahora, a dónde irán? pensó y la idea de que decidieran pasar al fumoir lo hizo correr hasta la puerta de la servidumbre. Apenas a tiempo, porque el grupo entró, uno de los hombres con una botella de champagne en la mano y la copa en la otra. Parapetado tras la puerta, se quedó escuchando. Una risa femenina se acalló cuando una voz seca y educada les rogó a las damas que fueran a polvearse la nariz al comedor: Vittorio. Rumor de tacos, más risas alejándose y una puerta que se cerraba. La conversación cambió bruscamente de tono y su hermano llevaba la voz cantante. Hablaron durante casi una hora, y los asuntos y las cifras que se mencionaron no le cabían en la cabeza.
Entonces el viejo está preparando a mi hermano para que se haga cargo de cosas importantes, pensó. ¿Tendré la misma oportunidad? Vittorio hablaba con una calma y una seguridad que no condecían con su edad. ¡Y a mí me tratan como a un mocoso, con tutor e institutriz! Se prometió que no dejaría pasar la oportunidad de hablar con su padre — y si era necesario, hasta rogarle — para que lo incluyeran, poco a poco, no importaba cómo, en ese mundo completamente diferente. Se tragaría la inquina y el rencor y se lo pediría. Quiero ser como ellos.
Se sintió demasiado insignificante, demasiado provinciano, demasiado encerrado en aquella mansión elegante pero severa, llena de mujeres de vida oscura, desde la seca Miss Parsons hasta su propia madre.
Me cuidan como a un crío y soy casi un hombre. Le tembló la barbilla de rabia contenida pero no pudo aguantar la lágrima que se le deslizó silenciosa hasta el cuello de la camisa.

Detalle de los frescos del Albergo Ambasciatori, de Guido Cadorin (1927)
Las conversaciones cambiaron de tono y eso lo distrajo de su hora negra de autoconmiseración: las mujeres se estaban uniendo al grupo. Alguien propuso salir y festejaron la ocurrencia con grititos glamorosos. Los ruidos lo alertaron. Corrió por los pasillos internos hasta el patio de cocheras: en la oscuridad de la noche, nadie lo vería. Se quedó mirando embobado, los autos lustrosos y brillantes y estuvo a punto de ser pescado in flagranti delicto por el grupo. Se fueron, pero sin Vittorio.
Le intrigó sobremanera el que su hermano no participara de la diversión. Esperó a que entrara a la casa para dar el rodeo por el patio y seguirlo a hurtadillas hasta el extremo del corredor de los dormitorios. Cuando se aseguró de que su hermano se había encerrado en su habitación, bajó de dos en dos los escalones hasta el comedor.
La servidumbre ya había retirado casi todo, pero en el aire persistía el perfume de las damas. Cerró los ojos y se imaginó a cada una de las bellezas de esa noche en sus brazos, las telas sutiles de sus vestidos enredándosele entre las piernas mientras bailaban. Corrió a sentarse en los sillones del fumoir y se imaginó vestido de smoking, cerrando negocios importantes.
Quería desesperadamente pertenecer a ese grupo, a ese mundo. Estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa para ello. Absolutamente cualquier cosa. Marcello Contardi no sabía que en ese momento acababa de tomar una de las decisiones más importantes y peligrosas de su vida.
[1] relinchando como un poney

domingo, 7 de febrero de 2010

LLEGÓ EL FINAL...

Pasaron casi dieciocho meses y 42 entradas. Fue una experiencia gratificante, tanto por los comentarios como por las estadísticas que me avisaron de casi 4.600 clicks de seguimiento. Todo un placer, un orgullo y un desafío estar a la altura de todos los que se empeñaron en saber qué era de las complicadas vidas de Odette Marceau, Marcel Dubois y demás cómplices, sospechosos y reos de delito confeso. Todo escrito apretadamente, con capítulos largos, que más de un lector avisó que los imprimía para poder leer con comodidad. Agradezco debidamente el gesto.
Estuvo bueno también el poder ilustrar - con mayor o menor suerte, no conseguí dibujante gratis así que me las arreglé solita - a los personajes y sus situaciones, algo que es bastante más dificultoso - por no decir "imposible" - en un texto impreso, salvo que se trate de un comic (tarea para la cual me declaro no calificada o más bien incalificable)
Disfruté de elegir la música y los paisajes que había imaginado para construir los escenarios y creo que quienes pasaron por aquí, también lo hicieron (al menos, no se quejaron).
Y ahora, envalentonada por el éxito obtenido, pienso lanzarme de cabeza con la continuación.
Para los que dicen que "segundas partes nunca fueron buenas", les anticipo que esta segunda parte se las trae. No era mi intención hacerles la vida fácil a estos muchachos. Espero haberlo conseguido.
Si algún lector desprevenido encuentra en esta nueva novela referencias a corrupción de funcionarios públicos o canditatos políticos, alusiones al poder económico que tira de los hilos, o a la corrupción policial, sepan que las alusiones son absolutamente intencionales. A cada cual, su sambenito y al que le quepa el sayo, que se lo ponga.
Nos encontramos en la próxima novela. Mientras tanto, disfruten con el calvario del pobre gordo, en el blog de al lado : el altillo del cuento y la novela
EME

sábado, 2 de enero de 2010

La dama es policía - CAPITULO 37

HOSPITAL HÔTEL DIEU, PARÍS, CUATRO DÍAS DESPUÉS


—Así que decidió renunciar.
Odette se volvió sorprendida. Estaba terminando de vestirse, de pie al lado de la cama. Fraulein Hitler le había dicho —le había ordenado— que se sentara para hacerlo, pero ella se sentía bien, sin mareos. Me dieron tantas mierdas que no podía ni levantarme para ir sola al baño, carajo.
—Le hice una pregunta, Marceau —restalló otra vez Michelon.
La comisario estaba pálida, los ojos de acero clavados en ella con furia.
—Sí. Me voy a retirar.
Las manos le temblaban inocultablemente mientras se abrochaba los puños de la camisa. Encajó los dientes para frenar el nudo que se le estaba haciendo en la garganta.
—¿Puedo saber por qué?
—Motivos personales.
—Todavía soy su superior. Esa respuesta no es satisfactoria— MIchelon se acercó, tomó la silla y la empujó para que se sentase —.Quiero escuchar sus razones, que espero sean muy válidas.
—Yo... —le costaba pronunciar cada palabra—...me siento... No. Soy responsable... de la muerte de mucha gente. No protegí como debía a Marguerite, sabiendo que esta gente estaba detrás de nosotros... Si no hubiera regresado a la Brigada, Foulquie y los hombres que enviaron a la casa de... mi hermano, estarían vivos... No cumplí con parte esencial de mi deber como oficial. No puedo continuar. No tengo derecho.
—¿A qué no tiene derecho? ¿A seguir viva cuando ellos murieron, o a haber sobrevivido a Jean-Luc? ¿Ya consumó su venganza y desecha estos años como una cáscara vieja? ¿O no logró el objetivo propuesto de que le ahorraran el trabajo de pegarse un tiro?


Se quedó sin aliento: era la primera vez que oía gritar a Michelon.La otra la obligó a mirarla mientras le espetaba con voz helada:
—¿Se cree que no la observé todo este tiempo? ¿Se cree que no sé cómo pasó todos estos años arriesgándose, sin que le importara nada, como si buscara cruzarse en el camino de algún loco que le metiera una bala en el cuerpo de una vez por todas? ¿Por quién me toma? No es la primera vez que uno de mis oficiales tiene tendencias suicidas, ¡pero nunca fueron tan obvios!
—¿Qué dice...? —se puso de pie y se tambaleó, pero no volvió a sentarse.

—La verdad. La verdad con la que nunca se atrevió a enfrentarse. Todo este tiempo buscando vengarse como una cría caprichosa a la que le quitaron algo, sin mirar a quién le hacía daño con su obsesión. Sin preocuparse por la gente que la amaba. Porque los que tenían la desgracia de amarla y estar vivos sufrían, ¿lo sabía? No, porque usted se ocupaba nada más que de su propio dolor. Eligió su calvario exclusivo, pero arrastró a los demás con usted. Los vivos no importaban. “Bastante suerte tienen. No me interesan. Jean-Luc está muerto. Yo estoy muerta”. Se equivocó, Marceau: usted estuvo viva siempre. Tan viva que hubo gente que la amó y sufrió por callarse ese sentimiento. Pero es una mujer muy afortunada, porque todavía hay gente que la ama. Y usted es cruel como un chico, porque los rechaza. Odia a todo, a todos, se odia usted misma, no se puede perdonar y como no puede, decidió no perdonar a nadie. Nunca más.
Michelon hizo una pausa para recobrar el aliento y siguió fustigándola con saña.
—¿Sabe que el hombre que está ahí afuera mató por usted?
Odette boqueó: el corazón no le cabía en el pecho. Michelon no se detuvo.
—No importa que el tipo fuera la última escoria del universo. Usted es muy consciente de eso: un policía no puede disparar a matar salvo que corra verdadero riesgo su vida o la de otros. Usted misma respetó siempre esa ley. Podría haberle metido un tiro en la cabeza a Savatier, podría haber matado a Beaumont sin que nadie se lo hubiera reprochado; podría haber rematado a esa bestia de D’Ors. Pero es muy buena oficial. Nunca haría una cosa así. Sin embargo, Dubois le vació el cargador a un hombre desarmado. Por usted.
Las lágrimas le rodaron sin que se diera cuenta.
—¿Qué le pasa? ¿Baja la guardia nada más que cuando cree que ya no hay salida? ¿Puede admitir que es capaz de sentir algo por alguien sólo si se está muriendo o bajo los efectos de un sedante?
Odette se sentó otra vez, porque las piernas no la sostenían. Michelon no le tuvo piedad.
—¿Cuándo piensa madurar? ¿Dejar atrás de una vez todas las corazas y salir a enfrentar la vida como la adulta que se supone que es? Quizá yo también esté equivocada. Quizá nunca dejó de ser la mocosa de veinte años, enamorada de un sueño. Hermoso, pero un sueño —los ojos de Michelon se nublaron y su voz era casi un susurro—. Que terminó dolorosamente. Pero un sueño. Afuera de esta habitación la espera la realidad de todos los días. La calle, llena de hijos de puta y de gente normal, como en cualquier otra parte. Si piensa salir de este lugar— y no se refería al hospital—, crezca. Admita que también usted puede equivocarse. Que no es ni omnipotente ni responsable de todo lo que ocurre a su alrededor, sino en la medida de sus posibilidades, como mujer y como oficial de policía, que creo... No: estoy segura, es lo que mejor sabe hacer. Aprenda a dejarse amar otra vez, no ya por su familia, que la quiso incondicionalmente aun cuando usted no dejaba de castigarlos con su actitud, sino por los que la aman por lo que creen que es: una mujer. Demuéstrese que puede serlo por completo.
Odette abrió la boca para replicar, pero la otra, sujetándola por los hombros, no la dejó.
—Amó como una criatura, tomando lo que le ofrecían generosamente. No dudo de que haya amado mucho y con desesperación. Yo también tuve veinte años. Ahora aprenda a amar como una mujer, viendo las cosas como son en realidad y no como las quiere ver, y ofreciéndose tan generosamente como recibió. Acepte sus propias debilidades y las de los demás. Sólo los sueños son perfectos. La realidad es inmunda. Lo único que nos ayuda a sobrevivirla es poder dar algo de nosotros mismos cada día a los demás. Dar no significa morir por los demás; significa vivir para entregarse, equivocarse y aprender de los errores, aceptarse y aceptar a los demás tal como son, con lo que traen para ofrecernos.
Michelon estaba tan agotada como ella. La soltó y giró hacia la puerta, sin esperar que le respondiera.
—Madame...
Los ojos de Michelon ya no eran de hielo, sino un mar tormentoso por las emociones que los barrían.
—Por favor... perdóneme... Estuve tan equivocada... tanto tiempo.
Se abrazaron y lloraron juntas un rato muy largo.

PARIS, LA DÉFENSE, EL MISMO DÍA
—¿Cómo estás?
—Mareada...
Marcel sentó a Odette en la cama y comenzó a quitarle la ropa. Hubiera querido besarle cada marca, pero se contuvo y se limitó a darle un beso en la frente.
—¿Dónde hay un camisón?
—No tengo. No uso.
En otras circunstancias, le hubiera hecho el amor allí mismo. Ahora era mucho más fuerte su necesidad de protegerla y llenarla de ternura. La acostó como a un bebé y la arropó con el edredón.
—Quiero café.
—No empieces a dar órdenes— sonrió mientras la besaba.
—No es una orden. Por favor, quiero café.
¿Tenía los ojos llenos de lágrimas o a él le pareció?
Cuando Marcel volvió con las tazas, la fotografía ya no estaba sobre la mesita de noche. Tomaron el café sentados en la cama, ella envuelta en las sábanas, acurrucada bajo su brazo. Te amo. Por qué me sentiré tan estúpido, tan feliz, tan miserable, todo a la vez. Te amo.
—Voy a dormir en la habitación de huéspedes. No quiero dejarte sola.
Ella negó con la cabeza, levantó la cara y lo besó.
—Aquí, conmigo. Por favor.
La abrazó en silencio hasta que se quedó dormida.


PARIS,CASA DE LA COMISARIO MICHELON, ESA MISMA NOCHE

—Fuiste muy dura con ella, Claude.
Cuando Laure me llama por mi nombre de pila se viene una reprimenda.
—¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Dejarla ir y perder a una de mis mejores oficiales? ¿Verla destruirse otro poco cada día y lastimarlo a él por no admitir lo que le pasaba?
—También te preocupa él... Es lo suficientemente grande para resolver sus problemas solo.
—No seas así...
—Ella siempre te importó mucho. Tu enfant terrible favorita— Laure se volvió en la cama, dándole la espalda.
—Laure, Laure, en el nombre de Dios, ¿qué estás pensando? ¿No habrías hecho lo mismo en mi lugar?
Laure asintió a regañadientes y Michelon la abrazó cariñosamente.
—Yo no necesito que me digan a quién. Lo sé perfectamente: te amo.
—Nunca me lo dijiste... así —sus ojos verdes se volvieron brillantes.
—No quiero perder más tiempo, entonces. Te amo, te amo, te amo.
Se hicieron el amor hasta quedar exhaustas y se durmieron.


PARÍS, LA DÉFENSE, DOS SEMANAS MÁS TARDE

La puerta. Son las seis de la mañana. No puede ser... Sí, están tocando el timbre. ¿Marcel? No, para qué, si tiene el código de acceso. Además, la audiencia es a las diez. Se equivocaron de piso.
¡Otra vez! Ya voy, carajo. Terminó de ajustarse la bata frente a la puerta. La voz de Nazaire, el portero de la noche, le informó por el intercomunicador que había un envío para ella.
—Nazaire, ¿no pueden volver más tarde? —qué locura. ¿A esta hora?
—Es que... esperan su respuesta, señora.
Cuando abrió vio al azorado portero que sostenía un espléndido ramo de rosas de color borravino, magníficas, casi negras de tan oscuras. ¡Mis favoritas!. Más un ejemplar de Le Monde.
—Usted disculpe, señora, pero acaban de traerlas y están esperando su contestación.
—¿Quién? —yo estoy dormida y alguien me hace bromas pesadas... No. Demasiado caro como para ser una broma. Un presentimiento le estrujó el estómago.
—El... el señor de la limusina. Abajo
¿Dónde, si no? Se abstuvo de preguntar. Los porteros son insensibles al sarcasmo. Contó las rosas: veintitrés. Todo un caballero. Buscó la nota... porque debía haber una. Una tarjeta blanca, de papel elegantísimo, qué menos, sin identificación, escrita a mano con una caligrafía firme y decidida. Muy masculina. Alguien importante, por cómo dibuja las mayúsculas. Acostumbrado a dar órdenes y que no se le discuta. Leyó el texto, con la boca seca.

“Felicitaciones, señora comisario. Sabe ganar.Yo también.
¿Aprendió a perder, lo mismo que yo?”

—Señora —interrumpió el portero, que hacía esfuerzos inútiles por espiar la tarjeta—.El señor de la limusina dice... —la miró para ver si le prestaba atención—,dice que cuando llegue el teniente Dubois y le pregunte por las flores, le diga que las envió la Brigada para felicitarla por el ascenso.
Las rodillas se le aflojaron durante un latido de corazón.
—¿Quién es el teniente Dubois? —Nazaire estaba ávido de noticias.
—Un amigo.
—Señora... ¿va a enviar una respuesta?
¿Cuánta propina le dieron, Nazaire?
—Sí... Un momento.
Tomó una tarjeta personal y un sobre y escribió la respuesta que le reclamaban. Iba hacia la puerta cuando lo pensó mejor y, tomando una de las flores, la entregó junto con el sobre al portero.
—Por favor, Nazaire, entregue el sobre y la rosa al caballero que está esperando.

****

Cuando salía del baño oyó entrar a Marcel. Fue hasta la cocina a preparar el café, mientras la loción para después de afeitar le cosquilleaba en la nariz y le soltaba mariposas en el pecho.
—No quiero pasar otra noche lejos—Marcel le rodeó la cintura por la espalda y le besó el cuello
Yo tampoco —se volvió para besarlo y abrazarlo. Fuerte, muy fuerte. Él sonrió y le levantó la cara.
—Estás pálida...
—Acabo de bañarme y todavía no me maquillé.
—¿Y las rosas? Son bellísimas. El color es increíble... ¿Algún admirador del que tenga que encargarme? —hizo un cómico ademán de sacar de la cartuchera el arma que no llevaba.
—¿Por qué la violencia policial siempre en primer lugar? —decidió hacer caso del consejo—Las mandó la Brigada. Todo un gesto de cortesía — si se ocuparon de pasarme el libreto, imagino que habrán hecho lo propio con la PJ. El pensamiento le dio vértigo.
—Y ahora yo parezco un incivil por no enviarte nada.
Lo besó sin responderle. No preguntes más. Te amo, incivil.
Se sentaron en la cocina a desayunar y Marcel tomó el diario después de encender un Gauloise.
—No sabía que lo recibías.
—El portero debe de haberse equivocado. Cuando salgamos lo devolvemos.
—¡Mierda! —la miró azorado por encima de las hojas —¡Nohant se suicidó!- le leyó los titulares y copetes de las primeras páginas. - "A altas horas de la noche — Detesto ese léxico periodístico de mierda, pensó Odette mientras escuchaba, — Didier Nohant, ex Director General de la Policía Nacional, saltó desde las ventanas del último piso del Palais de Justice, cuando era trasladado para declarar por los cargos que se le habían efectuado. Al recientemente destituido funcionario se le habrían comprobado vinculaciones con organizaciones de lavado de dinero proveniente del narcotráfico". ¿Qué tal? La última rata se tiró del barco y se ahogó.
Odette bebía su café con leche en silencio cuando Marcel dejó las hojas sobre la mesa y se levantó.
—Demasiado café. Voy al baño.
—¿Por qué a mi baño? —protestó ella—.Está el de huéspedes. Tengo que maquillarme.
El la miró con esa expresión de macho de la especie que le hacía correr escalofríos de placer por la espalda, aunque ni pensara siquiera en admitirlo delante de él. Fanfarrón adorable.
—Estoy marcando el territorio.
Mientras lo oía silbar, buscó en el obituario hasta que encontró las líneas: “D. Nohant, amigo dilecto. Sus compañeros de tareas de la OCT lo recuerdan con afecto y elevan una plegaria en su memoria”. Llamó al diario a la sección correspondiente.
—¿Con cuánta anticipación se publican las necrológicas?
—Veinticuatro horas como mínimo, señora. ¿Desea publicar?
—No, está bien. Muchas gracias.
Veinticuatro horas.
—¿Con quién hablabas?— preguntó Marcel mientras se sentaba y se servía otro café.
—Con el servicio meteorológico.
—¿Qué dice?
—Que va a ser un día espléndido.
Levantó el auricular casi antes de que dejara de sonar el primer campanillazo, con la mano húmeda de transpiración fría. Marcel la miró sorprendido. Era Auguste.
—¿Te enteraste?
—¿Lo de Nohant? Sí...
—Increíble... Todavía le quedaba un ápice de vergüenza a ese inmoral....
—¿Quién es? —preguntó Marcel con cara de “quién mierda es”.
—Mi hermano, Otelo— y de nuevo por el teléfono: —Auguste, tengo que vestirme...
Le pasó el auricular a Marcel y los dos se quedaron charlando sobre la novedad.
Auguste no sólo no sabe nada: tampoco se lo imagina. Se tomaron el trabajo de averiguar qué diario recibe mi hermano en su casa. El estómago comenzó a dolerle. Se llevó el Le Monde a su dormitorio y, tras separar las necrológicas, rompió la hoja minuciosamente y arrojó los papelitos por la ventana.

PALAIS D'ELYSÉE, A MEDIODÍA
Cuando estaban a punto de entrar a la audiencia, una delegación salía del despacho. Extranjera, por lo que podía apreciarse. El hombre de alrededor de ochenta años que iba en el centro del grupo destacaba entre los otros más que por su estatura, por el aura de poder que emanaba.
A medida que ambos grupos se acercaban, Auguste siguió los ojos del hombre, que se clavaron entrecerrados en Odette. Después de un vistazo rápido y apreciativo a toda la gente de la Brigada, volvió su mirada otra vez a ella, que no le había despegado los ojos. Mientras se cruzaban, lo observó rozarse apenas la solapa izquierda con el pulgar, a la vez que inclinaba la cabeza con un esbozo de sonrisa en los labios. Ella le devolvió la sonrisa y levantó apenas el mentón, en absoluto silencio. Parecían medirse como en un lance de esgrima. Auguste no supo por qué sintió una mano helada sobre el corazón ante ese intercambio mudo. Los dos grupos habían aminorado el paso al cruzarse y nadie pronunció una palabra.
Sólo cuando se hubieron alejado lo suficiente se atrevió a tragar saliva, mientras el resto reanudaba la charla en voz baja. Oyó que detrás de él alguien comentaba lo infrecuente que era ver hoy en día a un hombre con una flor en la solapa.

****
En las escalinatas del Elysée, Michelon los abrazó efusivamente, uno a uno. La ceremonia había sido sencilla y privada. Sin prensa, había exigido la Brigada. De otro modo, los “especiales” dejarían de serlo.
Auguste miró a su hermana. Todavía estaba un poco pálida. Casi no había abierto la boca durante la audiencia y no había hablado desde que salieran de ella. Bajó los escalones de dos en dos para alcanzarlas a ella y a Michelon, que bajaban juntas.
—¿Estás bien, Cisne?
Odette le dedicó una sonrisa de Gioconda.
—Estoy en paz— murmuró.
La abrazó contra su pecho y le besó la frente.
—No más fantasmas —le dijo muy bajo. Odette asintió con la cabeza. Bajaron juntos unos escalones, mientras él esperaba que le pasara un poco más de aire por la garganta. De pronto, ella le dio un golpecito en la nariz con un dedo.
—Nonno Augusto tenía razón. Vas a ser un figurone de verdad. Hoy, un cargo en el Ministerio del Interior; mañana... ¡a conquistar el mundo! —le hizo un gesto graciosamente malévolo.
Michelon se reía sin mirarlos. Voy a echar mucho de menos a Madame. Debería tomar unas clases sobre cómo sacudir a Odette tal como hace ella.
—Usted no puede quejarse... comisario Marceau. ¿No estás contenta?
—Supongo que debería... Aunque me suena a que me ataron a la pata de un escritorio. ¿La condecoración incluye la cadena? —y se apresuró a bajar.
Así lo espero. De todo corazón, Cisne. Pero creo que conseguí una cadena mejor. Como no se encargue de tenerte bien sujeta, voy a pedirle a Michelon que lo degrade y lo transfiera a Archivos.
****
Marcel los observó mientras bajaban juntos unos escalones, el brazo derecho de Auguste rodeando los hombros de Odette. El parecido entre ambos hermanos se le hizo tan evidente que durante medio segundo tuvo una punzadita de culpabilidad. Cómo nadie se dio cuenta en tanto tiempo. Cómo yo no me di cuenta. Las mismas cejas pinceladas, los mismos rasgos delicados, tallados en él en mármol, en ella en porcelana. La chispa de comprensión en los ojos al cruzar las miradas. "Comparten algo muy íntimo, que no es el dormitorio". Claro que es íntimo. La misma sangre.Cuando pasaba a su lado, Michelon volvió a medias la cabeza y sonrió de una manera extraña, mitad comprensión, mitad complicidad. Ella lo sabía. Siempre lo supo. Le devolvió una sonrisa resignada y ambos miraron en la misma dirección.
—Tenga cuidado, capitán. Si se deja atrapar difícilmente pueda resistirse.
Marcel apretó el paso para alcanzar a Odette, que se alejaba del grupo.
—Me avisó tarde, Madame.

****
Oustry, que ahora bajaba a la par de Michelon, le tocó el codo con el entrecejo fruncido mientras le señalaba con la cabeza a Dubois y Marceau. Michelon sonrió levantando las cejas y el prefecto entendió y sonrió él también.Michelon se guardó un suspiro.Una carrera brillante. Jean-Luc estaría orgulloso de ella, igual que yo. Ahora podía pensar en él sin demasiado dolor. Pobre Dubois, la que le espera. Es muy del estilo de Massarino, un poco inocente. Buenos oficiales los dos. No hay nada que hacer: las mujeres somos más retorcidas. Quién sabe si volvemos a dejarlos dirigir la Brigada.



****


Marcel corrió detrás de Odette para tomarla por los hombros y cuando ella se sacudió el abrazo, la sujetó por la cintura. Esta vez no insistió en soltarse. Bruja caprichosa.
—¿Qué? ¿No puedo intimar con un superior?
—Dubois... —respondió ella, enarcando una ceja. Pero apoyó la cabeza en su brazo. Marcel aprovechó la ocasión y la besó. En público. En las puertas del Elysée y delante de la mitad de la PN. Uno a cero, viejo. Y al que se atreva a acercársele le rompo las costillas.Estrechó el abrazo y le dijo al oído:
—Ese viejo verde tardó una eternidad en colgarte la medallita, haciéndose el simpático.
—Ese viejo verde es tu Presidente.
—Me importa una mierda. También es el tuyo.
—Yo no lo voté.
¿Cuándo voy a ganar una discusión con esta mujer?

EPÍLOGO
PROVINCIA DE BUENOS AIRES, FINALES DE 1996


Me gusta. Inteligente. Atractiva. Una combinación casi fatal. No es exactamente de mi tipo, pero me gusta. Una pena que no admitamos mujeres en la Orden. Improvisan más rápido y mejor que nosotros. Parece que nos leyeran la mente. Muy peligroso. En poco tiempo las tendríamos ocupando lugares clave. Una verdadera pena, mi querida. Menos mal que usted es joven todavía, con mucha pasión en la sangre. Si tuviera veinte años más y la frialdad de la edad, tendría que haberla eliminado. Así de brillante, no hubiera parado hasta llegar a la tranquera de la estancia. Por suerte para usted, prefirió seguir viva para su teniente... perdón, su capitán. Y mantenerlos vivos a él y a su familia. Una decisión muy importante, señora comisario. Una elección inteligente. Aprende rápido. Seguramente supere al maestro algún día. No espero menos de usted.
—Señor...
—¿Qué pasa, José?
—¿No piensa hacer nada?
—¿Con qué?
—Con... ellos, señor. Ella, el hermano, el... otro...
—Nada. Son intocables.
—¡Pero...!
—Nos ahorraron el trabajo de limpieza, que era algo que me molestaba mucho. Por otro lado, tienen muy bien cubiertas las espaldas. Nunca nos metimos con esa gente, y no vamos a empezar ahora.
—A él lo identificaron, señor...
—Arreglé para que se encarguen el Ministerio de Relaciones Exteriores y el del Interior. No se preocupe más.
—¡Pero esos tanos hijos de puta liquidaron a nuestra gente!
— Epa, no se me vaya así de boca. Se cuidaron muy bien de eliminar a "nuestra" gente. Se ocuparon de contactos, nada más. Útiles, no se lo voy a negar, pero que habían entrado en ese jueguito perverso. Lacras morales. Capítulo cerrado —hizo un silencio que Ortiz no interrumpió —¿Usted oyó hablar alguna vez del “coste de oportunidad”? Esto es más o menos parecido. Empezamos en otra parte. Llame a Londres. Quiero saber qué novedades hay.
Se arrellanó en su bergère favorito y, antes de que Ortiz saliera, comentó a media voz:
—Tendría que haberla visto... Orgullosa, no me bajó los ojos ni una vez. Y sabía, ¿eh?, sabía que había perdido.Una dama. Me debe mucho. No se va a olvidar, se lo aseguro. Pero tampoco me voy a cobrar.Esta vez, salimos hechos...
—No entiendo, señor— Ortiz estaba moderadamente horrorizado— ¿Ella lo reconoció?
—Digamos que me dejé reconocer. Ella también puso su granito de arena, o más bien la rosa en el ojal. Soy un anticuado.
—¡Pero, por qué...!
—No pude evitar la tentación, viejo y todo como soy.Quería verla personalmente y que ella supiera que yo estaba ahí, antes que ella y que su gente; que siempre vamos a estar un paso adelante y un escalón más arriba, pero que reconozco a un gran oponente cuando me le enfrento.
Se puso melancólico sin saber por qué.
—Hubiera preferido no encontrarla nunca, no saber de ella, que no me importara. Siempre creí que las mujeres estaban para otras cosas: parir, acompañar, ser tu sombra complaciente y callada o una joya que se lleva colgada del brazo para que te envidien los obsecuentes... A ver quién lleva la hembra más linda y más estúpida. Los estúpidos somos nosotros, que creemos eso de ellas, José —rara vez lo llamaba por su nombre y vio que José se había emocionado—. Ahora me importa. Aprenda usted también, porque es una lección difícil de tragar.Debo de estar poniéndome viejo...
—Usted no es viejo, señor —murmuró el otro, desviando la mirada.
—Vaya a hacer esa llamada, José. Después vuelva, que tenemos que hablar de unas cuantas cosas.
Los ojos de Ortiz relampaguearon de expectación. Así me gusta; orgulloso del puesto que le toca ahora. A ver cómo se porta.
Mientras Ortiz salía del estudio, el viejo leyó la tarjeta por enésima vez. Caligrafía firme. Acostumbrada a tomar decisiones.

“Tuve un maestro magnífico. Aprendí una lección inolvidable”,

decía.
Lo que más le gustaba, sin embargo, era la postdata:

“Adoro las rosas negras. Gracias por tener en cuenta ese detalle”.

Guardó la rosa seca en el sobre junto con la tarjeta y las fotos y metió todo en un compartimiento de la caja fuerte, mientras sonreía. Toda una dama.


FIN