POLICIAL ARGENTINO

jueves, 7 de mayo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 24



SUBURBIOS DE PARÍS, SÁBADO POR LA MAÑANA

Dos oficiales fueron a buscar a Marcel a la planta baja del edificio, donde junto a otros efectivos esta-ba concluyendo la requisa del arsenal digno de un ejército. Había armas que la policía conocía sólo en fotografías. La orden de Michelon en el sentido de que ningún oficial de los cuadros inferiores podía permanecer en el centro de cómputos, todavía lo molestaba. ¡Carajo, estuve casi cuatro semanas en este infierno! ¡No es justo! Después pensó que, de cualquier forma, sería más útil colaborando en el reconocimiento del edificio. Guió a sus asombrados compañeros por los pasillos y gimnasios, el polígono de tiro y la playa de expedición de la falsa fábrica. Encontraron un camión camuflado como transporte de refrigerados, equipado para operativos militares. Un sargento comentó admirado:
—Deberíamos confiscar el edificio entero para la Brigada.
Ya lo creo, pensó Marcel.
Lo acompañaron hasta el segundo subsuelo, el que recordaba con tanta repugnancia.
—¿Por qué acá? —preguntó, vagamente atemorizado.
—No sé, teniente. Órdenes de Massarino. Espere aquí.
El corazón le latía con fuerza. Tenía la boca seca. La habitación del otro lado del cristal, ¿no era la misma? Le estaba faltando el aire, mierda. ¿No había un peor lugar para reunirse? Pasaron varios minutos que sirvieron para que se pusiera cada vez más nervioso. ¡Carajo, para qué me hicieron venir acá!
Alguien entró en la habitación del otro lado. Traía a una mujer vendada, a la que empujó contra el piso, obligándola a ponerse de rodillas. Estaba esposada. Marcel creyó que el corazón le saltaba por la boca. Los latidos le pulsaban en la frente y un puño de hierro le retorció las entrañas. No podía despegar la vista de la escena. La mujer no se movía, de espaldas a él. Con las manos apoyadas contra el cristal, no se dio cuenta de que alguien había entrado a sus espaldas. Notó una mano pesada en el hombro.

—Entremos —oyó entre algodones. Enfrentó a la mujer, que boqueaba aterrorizada. El hombre parado detrás de él era de su misma contextura física o un poco más grueso, y casi tan alto como él. Vestido con el ominoso uniforme negro de la Orden.
—Mátela, Maurizio.
Las palabras retumbaron en su cabeza. Le alcanzaron un arma. No. No quiero. Pero sus brazos se estiraron hacia adelante, arma en mano. Puso la pistola sobre la frente de la mujer.
—Dispare, Maurizio. Es una orden.
—¡NO! —giró hacia el hombre de negro y gatilló. Una, dos, tres veces, hasta vaciar el cargador. ¡Soy Marcel Dubois, teniente de la Brigada Criminal, hijos de puta! Las piernas le fallaron y quedó de rodillas. Los sollozos le sacudieron el cuerpo en espasmos.
—¿Qué hice? ¿Qué me hicieron?


Auguste se acercó, soltó las esposas de Odette, que se sacó la venda, y se volvió para ayudar a Dubois a ponerse de pie. Después recogió el arma con cartuchos sin casquillo que le había dado al teniente.


Entre los dos lo llevaron a su casa y lo ayudaron a desvestirse y meterse en la cama. Odette le alcanzó un vaso de agua con un par de pastillas.
No supo durante cuánto tiempo durmió. Se despertó sobresaltado dos o tres veces, bañado en transpiración. Cada vez, lo tranquilizó ver a Odette sentada en el otro extremo de la habitación, junto a la ventana. En el contraluz, parecía una pintura de Degas. Se sintió estúpidamente feliz y volvió a dormirse después que ella se acercara a darle algo de beber. En una de las ocasiones, Massarino también estaba allí; por alguna razón que no alcanzaba a recordar, a Marcel le molestó.
Cuando se despertó definitivamente, estaba embotado. Bajó tambaleante de la cama, directo a ducharse. ¿Odette estaría todavía allí? El sillón de adelante de la ventana se hallaba vacío. Quizás ella nunca había estado. Le dolió.
El baño le devolvió la conciencia y el dominio de sus actos. Comenzó a recordar. En el nombre de Dios. Sintió náuseas. El espejo del baño le devolvió una imagen demacrada. Pero era su cara: la cara de Marcel Dubois. Basta de flashbacks. Se puso la bata sobre la ropa interior y fue al salón, en penumbras por la hora. Eran más de las diez de la noche. Rodeó el sofá y la vio.
Estaba dormida, la camisa negra desabrochada un botón de más, por la posición. Se sentó en el al sofá junto a ella y, sin pensar, le acarició el pelo. Odette abrió los ojos morosamente y, al verlo levantado, trató de incorporarse, pero él la retuvo con delicadeza.
—No te levantes.
—¿Cómo estás?
—Horrible. Tengo la boca seca todo el tiempo.
—Es el sedante. Ya pasará.
Odette estiró la mano y le ordenó el cabello húmedo. A ella también se la veía cansada. Retiró la mano, se incorporó a medias y miró hacia la ventana. Estaba oscuro.
—¿Qué hora es? —ella preguntó suavemente.
No supo por qué lo hizo. O sí, pero no le importó preguntarse los porqués. Ella estaba ahí. No se había ido. Quería decir algo, ¿no? Se inclinó para abrazarla. Mientras la besaba, respondió:
—¿A quién le importa?

Besándola, la atrajo hasta la alfombra al tiempo que le desabrochaba la camisa. Se abrazaron otra vez, de rodillas, mientras ella le desanudaba el lazo de la bata. Con un beso lo empujó, obligándolo a recos-tarse. Cuando intentó incorporarse, ella negó con un gesto a la vez que le acariciaba el pecho y la cara. Él le mordisqueó las puntas de los dedos, y cuando trató de quitarse la ropa interior, ella volvió a ne-gar. De pie a su lado terminó de desvestirse. Desnuda, se arrodilló entre sus piernas y comenzó a reco-rrerle el cuerpo con besos lentos y húmedos. Él trató de acariciarla, pero ella le sujetó las manos sin dejar de besarlo. Abrió la boca para inspirar y las sensaciones le recorrieron la espalda. Ella lo desnu-dó, estiró su cuerpo sobre el de él felinamente y se incorporó para separar las piernas y acomodarse encima de él. La proximidad lo desesperó todavía más, e instintivamente levantó las caderas. Ella se apartó apenas y le besó los ojos, cerrándoselos. Luego descendió por toda su piel, despertándole sen-saciones que no sabía que existían. Conoció puntos de placer de su propio cuerpo que ignoraba, entre oleadas de goce angustioso. Por primera vez en su vida se dejó arrastrar, entregado a lo que ella deci-diera hacer de él. Lo llevó hasta el límite una, dos, quién sabe cuántas veces, hasta que la piel le dolió de deseo. Ahora lo estaba acariciando con todo el cuerpo, deslizándose por encima de él para permitir-le besarla. Bebió de su boca como un náufrago. La miró y sus ojos eran brasas; en la penumbra del salón, la luz del alumbrado público que entraba por la ventana daba a su cuerpo el brillo pálido de la plata. Sus besos le recorrieron el pecho y el abdomen hasta el bajo vientre. Sus labios y su lengua lo torturaron exquisitamente, y cuando creyó que ya no podría resistir el infierno de su boca, ella se in-corporó una vez más y, entonces sí, lo dejó penetrarla. No necesitó más; las sensaciones lo retorcieron en oleadas y en medio de su propio agónico placer sintió cómo ella vibraba a su unísono, estremecida en un orgasmo violento e interminable.
Cuando ella regresó, él descubrió que no le bastaba, y la hizo rodar sobre la alfombra. La sostuvo bajo su cuerpo que todavía temblaba de voluptuosidad y la besó, sorbiéndole la vida con el beso. Se hundió en ella otra vez. Había sido poseído, y ahora necesitaba poseer, sentirla entregada como él se había entregado. La dominó con su cuerpo y ella respondió ferozmente, abandonándose de una forma que él no había esperado. Se sintió aprisionar por sus piernas y en respuesta al mudo mensaje le mordió los pechos y ella gimió de placer. Esta vez, el orgasmo los atravesó como un rayo y, cuando trató de apartarse para no afligirla con su peso, ella lo retuvo, acurrucada debajo de él. El pulso le atronaba en los oídos. La miró a través de la penumbra y vio una perla diminuta brillarle en el rostro extático. Inclinó la cabeza para que ella no viera sus propios ojos, también húmedos.


Estaban a punto de dormirse y murmuró:
—Lamento tener que arrestarla, Madame.
—¿Bajo qué cargos? —preguntó Odette mientras se acomodaba en el hueco de su cuerpo.
—Asalto y corrupción contra un oficial de la policía —la recorrió entera con sus manos.
—Como no emplee la fuerza pública para detenerme...
—Eso intento —murmuró él, al tiempo que la abrazaba y se cubrían con las sábanas.


BUENOS AIRES, SÁBADO, DESPUÉS DE MEDIODÍA

—¡Carajo! ¡Les dije que pasaba algo raro!
—Pará, Mengele, calmate— el Tigre intentó hacer un gesto conciliador.
—¡Las pelotas! Llamó el tira. Desde afuera— Mengele giró para mirar a todos— ¡Coparon el edificio! ¡La cana! ¿Entendés? ¡La cana copó el edificio!
—¿Cómo mierda pasó? —El Brigadier entró, desencajado.
—Todavía no sabemos. Lo único que se sabe es que es la policía. El tira ordenó cortar todas las comu-nicaciones. Está tratando de meter gente de él adentro para ver quiénes son.
—¡Hijos de mil putas! ¡Nos traicionaron!
—No. Estoy seguro de que no. Esto viene de afuera. Nos metieron gente.
—¡Quiénes, la reputa que los parió! ¡Si tenemos gente en todos lados! Nunca se nos metió nadie, ¡NADIE!
—Tranquilizate. Ya le dije al tira que averigüen quiénes son. Los van a boletear tan pronto como puedan. No puede ser demasiada gente. Si no, se habría filtrado algo.
—¿Pero vos tenés sangre de pato, Mengele? ¿Nos hicieron mierda, y vos tan tranquilo?
—Estoy tratando de razonar. Todavía queda un montón de gente afuera. No nos pueden agarrar tan fácilmente. Había un montón de los nuestros afuera cuando cayeron ellos.
—Pero se cargaron a Jacques y Prévost...
—Tenemos gente que puede reemplazarlos. Hay que preparar las cosas con cuidado. Hablé con el viejo. Estuvo de acuerdo con el nombre. Ya pasó la orden.
—¿A quién quieren poner?
—Al Carnicero.
El Brigadier lo miró con los ojos entrecerrados.
—Quiero hablar con él. Saber qué mierda tiene pensado hacer para retomar el control.
—Está bien. Lo llamamos y listo.
—Listo, un carajo. Y no me pases más por encima con el viejo. ¿Te quedó claro, Mengele?
—Como el agua.


PARÍS, DOMINGO POR LA MAÑANA
Se despertó sin saber qué hora era. Manoteó el reloj de pulsera: las seis. De la mañana, supuso. El brazo derecho de Marcel la aprisionaba contra la cama. Se sorprendió pensando que había olvidado esa sensación maravillosa. Extrañamente, no sintió vergüenza. Se levantó de puntillas para no despertarlo. Se lo veía tan conmovedor. Lo besó suavemente y se vistió en silencio. Antes de irse, le dejó una notita en la almohada.


El teléfono sonaba insistentemente. Te odio, te odio, te odio. Casi arrancó el auricular.
—¡Odette!
Auguste, y la puta que te parió.
—¿Vas a venir a almorzar?
¿En qué siglo estamos?
—¡Odette! ¿Estás bien?
—Ya te oí.
—¿Vas a venir?
—Sí —cualquier cosa con tal de colgar.
Se duchó y se vistió como pudo. ¿Por qué mierda los autos no tienen piloto automático? Dormí tres horas; no hay derecho a hacerme esto.
El almuerzo familiar pasó como en una neblina. Los chicos, comunicativos como siempre, se encargaron de las relaciones públicas. Se dio cuenta de la cara malhumorada de su hermano y trató de pensar en el porqué. Había comido las tagliatelle y los zucchini pero había rechazado el pollo. ¿Sería por el pollo? Auguste era muy sensible respecto de su cocina.
Mientras lavaba los platos con Nadine, preguntó:
—¿Qué carajo le pasa?
—Está celoso como un turco —los ojos color miel de su cuñada chispearon divertidos.
—¿Otra vez te escapaste a Printemps sin pasarle un radiomensaje?
—No, esta vez no es por mí.
—¿Eh?
—Pura Cavalleria Rusticana. Te llamó anoche y no te encontró en tu casa. Más la marca en el cuello...
Mierda. No la había visto.
—Me voy a casa —anunció Odette mientras besaba la frente de su hermano.
Auguste la miró con gesto de patriarca ofendido.
—¿Te divertiste anoche?
Nadine lo fusiló con la mirada. Odette cerró los ojos y prefirió no responder. Auguste la persiguió hasta la puerta.
—Estaba preocupado, nada más. Podrías haber llamado.
—Sí, mamma.
—¡Por qué no te vas a la mierda!
—Ídem. Te quiero.
Entró en su casa quitándose la ropa. A dormir hasta mañana. Va a ser un día muy pesado. Ya estaba casi dormida cuando se envolvió en las sábanas y apagó la luz.
El teléfono de mierda otra vez. Ni siquiera podía alcanzarlo.
—Hola.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
—¡Auguste, por Dios! ¿Vas a dejarme en paz de una puta vez? —colgó furiosa, sin detenerse a pensar que la voz de su hermano sonaba ligeramente distinta. A la mierda. Quiero dormir.

Cuando se despertó y encontró la notita sobre la almohada, sintió un doloroso vacío en el estómago. ¿Por qué se había ido? Dio vueltas en la cama tratando de encontrar su perfume. Se había despertado pensando en hacerle el amor otra vez. Se sorprendió de sus propias palabras: hacerle el amor. Nunca pensé en esos términos al irme a la cama con alguien. Miró el reloj: las doce. Llamó desde la cama. Llamó, llamó y llamó hasta enfurecerse cada vez que oía la campanilla inútil del otro lado. Un sentimiento desagradable se le instaló en el pecho. A las cinco de la tarde volvió a llamar, notando que el Gauloise le temblaba en la mano. El “hola” del otro lado de la línea fue como bálsamo sobre una herida.
—¡Odette! ¿Dónde estabas?
La respuesta y fin de la comunicación terminaron de enloquecerlo.


No puedo creerlo. La puerta. Algún hijo de puta está llamando a la puerta. ¿Es que no hay un Dios en el cielo? Manoteó una bata y fue a abrir. ¡Stop, estúpida, estás dormida! No puede ser nadie de la familia. Tienen la clave de acceso.
—¿Quién? —preguntó de malhumor por el intercomunicador.
—Señora Marceau, soy Grégoire.
El portero. Espero que sea un incendio, por lo menos.
—¿Qué pasa? — ladró.
—Señora, un oficial de policía insiste en verla.
Grégoire vaciló. ¿Qué clase de broma es?
—Dice ser... —Una voz grave y masculina respondió al portero, sobresaltándola. No hizo falta que le dijeran de quién se trataba. —El teniente Dubois, señora.
Apoyó la frente contra la puerta. Abramos.
Marcel estaba detrás del viejo, que le obstruía el paso manteniéndolo cerca del ascensor. Era gracioso, el pobre Grégoire tratando de contener al Abominable Hombre de los Pirineos.
—Está bien, Grégoire. Déjelo pasar.
Marcel entró sin mirarla. Mientras cerraba la puerta, ella le preguntó:
—¿Por qué le dijiste que eras policía?
—No quería dejarme entrar —respondió él, mientras se quitaba el impermeable sin volverse—. Llamé desde abajo varias veces y, como no respondiste, le hice señas para que me abriera.
—Y lo intimidaste con la placa. ¿Trajiste orden de allanamiento? —se le acercó sonriendo al tiempo que se ajustaba la bata. Tengo tanto sueño... Dios, ¿no puedo reaccionar normalmente? Marcel la tomó del brazo con saña.
—¿Dónde estabas? —ladró.
—¡Eh, me duele!
—¡Dónde estabas! —le sujetó el otro brazo y la sacudió. Estaba pálido, los dientes apretados. La empujó contra el sofá. —¿Por qué tenías que irte esta mañana?

—¡Te dejé una nota!
—“Me voy a casa. O.” ¡Muchas gracias!
—¿Qué te pasa? —trató de levantarse, y él la forzó a sentarse otra vez.
—¡Te llamé! ¡Toda la mañana! ¡Toda la tarde! — le gritó, desencajado.
Ella lo midió, se levantó con calma y, cuando él trató de detenerla, se escurrió empujando el sofá. Ca-minó rápidamente hacia el pasillo de su dormitorio.
—Voy a vestirme —no se puede discutir semidesnuda con un hombre de tan mal humor.



Estuvo tras ella en tres zancadas, sosteniendo la puerta del dormitorio para que no la cerrara.
—Tengo que cambiarme de ropa —lo miró severa.
—Anoche no estabas tan recatada —la enfrentó con violencia contenida.
—La situación es diferente — idiota fanfarrón, debería meterte una bala en las pelotas por grosero. Mantuvo la calma —Salgo en un minuto.
Intentó cerrar otra vez, pero él se lo impidió, azotando la puerta contra la pared. Apoyado en el quicio de la puerta, Marcel recorrió el cuarto de una ojeada. La mirada se le volvió torva y la respiración pe-sada, mientras se le acercaba ominoso.
—Es un dormitorio espléndido.
Ella lo miró desconcertada.
—Un piso espléndido. Muy elegante. Muy caro. ¿Quién paga por esto? —estaba pegado a ella; podía sentir el calor de su cuerpo a través de la bata. —¿La puta de quién me llevé a la cama? —susurró sobre su boca mientras la apretaba en un abrazo brutal.
Trató de revolverse y soltarse pero Marcel la arrojó sobre la cama con tal facilidad que se asustó. Retrocedió, pero ya estaba sobre ella.
— ¡Basta! ¡Me estás lastimando!
—¿Con cuántos más, Odette? —él ya no la escuchaba —.Por eso estabas tan apurada por irte. Tenías una cita, pero, claro, anoche tuviste un desliz con el tipo equivocado —la tomó de los cabellos, aplastándola contra la cama con su cuerpo —¡Dios, qué estúpido! Yo te creí, ¡puta mentirosa! ¡Te hice el amor! —la voz se le quebró —.Te juro que te hice el amor... ¿Quién te esperaba?
La sujetó de las muñecas y le pasó los brazos por encima de la cabeza, con un movimiento brusco, mientras le ahogaba las palabras en la garganta con besos rabiosos y desgarradores. Le separó las piernas con una mano de hierro, ayudándose con la rodilla. En medio de su desesperación, Odette sintió que se desabrochaba la bragueta. ¡No me hagas esto, por favor! Quería gritarle que estaba terriblemente equivocado, pero él no dejaba de castigarla con besos llenos de furor. Lo sintió luchar para penetrarla. No, Marcel, con odio no... La arremetida la dejó sin aliento. Él levantó un momento el torso para abrirle la bata y desprenderse la camisa. Los botones saltaron por todas partes. Él le separó los brazos sin soltarla ni aminorar la furia con que se hundía en su carne. Con un gemido ronco ella trató de retorcerse y rechazarlo, pero el peso del hombre era demasiado. Intentó mover la pierna libre y él se la sujetó con crueldad, afirmándose más contra la cama. Lo oyó murmurar cosas terribles mientras la besaba y la poseía como un loco. Volvió la cara y lo miró a través de las lágrimas que le caían silenciosamente. Por qué, por Dios, por qué. Entonces, él la miró como si la viera por primera vez. Se sostuvo encima de ella con los brazos, inmóvil durante un largo momento.
—¡No llores, puta! ¡No me mientas! —susurró mientras ahogaba un sollozo. — ¡Te odio...! —le soltó los brazos, le tomó la cara y la besó desesperado.
No es cierto. Tu cuerpo me dice que no es cierto, y para mostrarle que nunca le había mentido, se ofreció a su locura. Lo sintió buscar sus pechos y se estremeció, arqueándose contra él, abierta y húmeda, entregada por su propia sensualidad, pero él cerró los ojos para no verla ni perdonarla; entonces ella habría querido gritarle: “Te odio, no quiero, te odio”, pero sólo podía abandonarse cada vez más a lo que él quisiera hacer de ella. No me dejes ahora. Lo sintió crecer en su interior y estallar. Ahora, ahora, ahora. El orgasmo la atravesó desde lo más profundo de sus entrañas hasta la base del cerebro. Te amo. ¿Por qué me hiciste esto? Cerró los ojos y más lágrimas le rodaron hasta las orejas.
El colchón se sacudió cuando él se levantó.
— No te vayas, no me dejes — ella le suplicó en un susurro y se acurrucó en la cama, incapaz de sentarse. Marcel estaba de pie junto a la cama, desencajado y con la mirada perdida, abrochándose la bragueta.
Mareada, se incorporó despacio al tiempo que trataba de recuperar el aire. Él buscó algo en sus bolsillos, sacó un puñado de billetes y los tiró sobre las sábanas, a la vez que la empujaba hacia el dinero.
—Esto incluye lo de anoche.
El portazo estalló en medio de sus sollozos.


Se dio cuenta de que lloraba mientras conducía de regreso a su casa. De lo que no se había dado cuenta era del exceso de velocidad, que un patrullero sí notó. Lo detuvieron y le hicieron la prueba de alco-hol. “Conduzca con cuidado, teniente”, dijo el suboficial, haciendo la venia. Estaba desquiciado. Dios, cómo pude ser tan boludo. Cómo pude creer que podría haber algo más. La rabia le pesaba en el pecho como un yunque. ¡Estúpido, estúpido! Volvió para encamarse con el otro, Massarino la pescó y se pelearon. Cuando respondió mis llamadas, me confundió con Massarino. Por eso me llamó "Auguste" y me mandó a la mierda.
Había salido como un loco para verla. Quería una explicación, hablar civilizadamente y decirle, civilizadamente, lo que pensaba de ella. Por lo menos, eso pensaba mientras le dolían las manos de aferrarse al volante. Encontrarla en bata era lo último que esperaba. Con cara de inocencia y haciéndole bromas. No supo qué fue lo que lo enfureció más: si el aire ofendido de ella al echarlo de su dormitorio, o el lugar mismo. Nunca había visto esa parte del piso; el cuarto era amplio, con muebles Art Déco que juraría eran originales, la chaise-longue delante del ventanal, la cama sólida y enorme, de maderas exquisitas. Atrás se entreveía el vestidor. No era el dormitorio ultrafemenino que había esperado de una mujer sola. Había cierto dejo de virilidad en el lugar, los colores, las maderas. Un dormitorio para un hombre y una mujer. Amantes. Cerró los ojos mientras se le oprimía cada vez más el pecho. La cama estaba revuelta. Se encamaron ahí, ¡ahí!... ¿El hijo de puta la estaba esperando?
Los celos lo cegaron. Quería poseerla para humillarla. “¿Anoche no tenías quién te calentara la cama, puta? ¿Por eso te quedaste?” le había gritado, loco de rabia, dolor y celos. No fue sino hasta que vio sus lágrimas silenciosas que tomó conciencia del daño que le estaba causando. Parecía tan... inocente. Por un instante le creyó, cuando en medio de su furia desesperada cayó en la cuenta de que ella se había abandonado a él. Como anoche. Dios, ojalá fuera cierto. Ojalá tu cuerpo no mintiera tan bien. La besó como un condenado a muerte y ella le respondió. La sintió fundirse en su boca y alrededor de su sexo y estuvo a punto de creerle. “Zorra, no mientas", aulló para no gritarle te odio, te amo, te odio. Se vació en ella con furor, mordiéndose para no gritarle que era suya y que quería morirse allí mismo para no matarla. Cuando la oyó suplicarle indefensa, se despegó de su cuerpo con violencia. Quería que sufriera como él sufría, así que le arrojó los billetes a la cara. Mientras manoteaba el picaporte la oyó llorar. Salió temblando de coraje, porque si se quedaba iba a cometer una locura.

lunes, 27 de abril de 2009

La dama es policía - CAPITULO 23



SUBURBIOS DE PARÍS, VIERNES POR LA MAÑANA
El analista miró con preocupación el teclado, sin decidirse.
—¿Cómo podemos estar seguros?
—Witowlski, hágalo. Es la clave correcta —insistió Auguste, impaciente. Odette se cruzó de brazos y se apoyó en la mesa vecina, mirando a otra parte. Típico de ella cuando se irrita, pensó el comisario guardándose una sonrisa.
—Comisario, si es falsa, perdemos todo —Witowlski estaba emperrado y asustado. Auguste sintió el apretón del miedo en las entrañas. ¿Y si Vaireaux mintió? Apretó los labios mientras se apoyaba pensativo sobre un monitor. No, decidió. La clave es correcta. Estoy seguro.
Michelon entró a paso rápido.
—No me perdería esto por nada del mundo —dijo, excitada. Witowlski le lanzó una mirada oscura a la comisario y Michelon interrogó a Auguste con la mirada.
—Temen que sea un dato falso —él explicó.
—Es auténtico —murmuró Odette con un gesto contenido.
—¿Cómo lo sabe? —Viktor Witowlski giró furioso la silla hacia ella, mirándola con desagrado.
Es comprensible: ama más sus computadoras que a las mujeres. O a los hombres. O a cualquier otra cosa viviente en la faz de la Tierra. Los misóginos tienen la ventaja de concentrarse a fondo en su trabajo, pero a la hora de las relaciones públicas son un fiasco, pensó Auguste sin mirar a nadie. Witowlski no podía soportar la idea de causar el colapso de ese sistema magnífico nada más que porque un (en este caso, una) oficial de los cuadros superiores le daba la clave equivocada. Odette medía al analista como en un lance de esgrima. Definitivamente, Witowlski desprecia a la raza humana, concluyó Auguste.
—Tengo la certeza — Odette se enfrentó con Witowlski durante una eternidad, hasta que el analista no resistió más.
—Hágalo, Viktor— Odette levantó una ceja—.Confíe en mí.
—Es una orden, teniente. La clave es la correcta. Ingrésela, por favor —intervino Michelon con tono de voz controlado.
El hombre vaciló.
—Es... es una locura —murmuró mientras tecleaba despacio, muy despacio. Cada golpe de tecla sonaba a marcha fúnebre.
La pantalla se volvió negra.
—¡Estúpida! —giró hacia Odette, gritándole acusador: —¡Perdimos todo!


El rostro de Massarino parecía tallado en mármol, un busto del César, el entrecejo fruncido y la mirada severa. Michelon levantó el mentón y la ceja derecha mientras lo taladraba con el hielo de sus ojos. La expresión de Marceau era impasible. Sin hablar, empujó suavemente a Witowlski hacia el asiento y lo hizo enfrentar el monitor. Los pixeles se reunían desde los extremos de la pantalla para formar un extraño dibujo: dos caballeros medievales de armadura, sentados uno detrás del otro en la grupa de un caballo.
Witowlski boqueó por más aire. Los miró a los tres, uno a uno. Minos, Eaco y Radamanto, los tres jueces del Infierno.
—¿Sabe qué es eso, Viktor? —preguntó la aterciopelada voz de Marceau, que evidentemente no esperaba respuesta alguna—. Es el sello de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo: La Orden del Temple. Tranquilo, está todo bien—le palmeó el hombro —.Ahora, haga lo que le gusta hacer.



Listas interminables de nombres, direcciones, cuentas bancarias. Nombres importantes. Políticamente importantes. Ministros, secretarios de Estado. Financistas internacionales, embajadores, industriales. Otros, desconocidos. Michelon ordenó que los suboficiales y los oficiales de menor rango se retiraran de la sala de cómputos. Información clasificada. En el otro extremo de la sala, se estaban grabando los registros para llevarlos al centro de cómputos de la PJ.
—Quiero los listados completos antes de preparar ningún informe. Necesitamos estar seguros de quién está de qué lado— ordenó Michelon mientras intentaba aparentar una tranquilidad y seguridad que ya no sentía.
Los nombres que iban apareciendo le helaban el sudor en la espalda. Jesús, ¿quién está limpio? Era más peligroso que manejar uranio. La comprensión de que el operativo había llevado a algo tan impresionante, a niveles políticos y económicos inimaginables, apenas lograba hacerse lugar en su mente. El miedo se estaba apoderando de los presentes en la sala de cómputos y ya podía olerse.
—Comisario —Madame llamó a Massarino—, haga cercar el perímetro. Nada, repito, nada de lo que aparece aquí, ni las grabaciones, debe salir de este edificio hasta que yo en persona se lo indique. No acepte ni siquiera una llamada telefónica o un radiomensaje en mi nombre. Ni aun si reconoce mi voz. Es una orden.
—Madame, ¿puedo preguntarle qué piensa hacer?
—Ver al Presidente —bajó la voz —.Si es que todavía podemos confiar en alguien. Pero antes quiero ver todos los nombres.
Witowlski se rehabilitó al sugerir que intentaran interconectar el Archivo Central con el servidor de la fábrica.
—Puedo pedirle al programa que compare los datos e imprima los que están registrados en ambos, en un listado separado. La búsqueda sería más fácil.
Michelon estuvo de acuerdo y el capitán Santon solicitó la conexión, que demoró varias horas debido a las discusiones con los técnicos del Archivo Central, el personal de Inteligencia y la propia comisario, que se negaba a filtrar información fuera del perímetro. Finalmente se acordó que un grupo de agentes de Inteligencia de alto rango ingresaría en la fábrica para supervisar la conexión y asegurar las condiciones del operativo. La tarea no fue menos titánica. ¿Quién mierda estaba limpio? Horas revisando nombres. Michelon suspiró agotada. ¿Cómo podría estar segura de a quién recurrir? Tendrían que verificar cuidadosamente a los que no figuraban. ¿Y si utilizaban a algún intermediario? Jesús, la paranoia total. Sospecha de la sospecha de una sospecha. Notó que le temblaban las manos, quién sabe si por el cansancio o el temor.
Miró a su alrededor. A esas horas, ya nadie conservaba la compostura. Había corbatas y sacos tirados por todas las sillas disponibles. Su propio traje de Chanel estaba arruinándosele, y en la cara no le quedaban ni vestigios de maquillaje. El aire acondicionado ya no bastaba para eliminar los olores de cigarrillos, perfumes rancios y transpiración. Como si faltara algún otro olor, alguien —Suministros, seguramente— había tenido la buena idea de darle de comer al personal... pizza. Así que ahora todo y todos olían, además, a pizza. Magro consuelo: podría haber sido sopa de cebolla. ¿Cómo olería el Pequod?
En un momento vio a Marceau, de camisa y suéter negros y jeans, regresar a la sala. Bajo la luz cruel de los tubos fluorescentes, se la veía pálida y con las mejillas hundidas. Recordó lo que Massarino le había informado sobre el copamiento del lugar.
—Marceau —le hizo señas con la mano. Cuando estuvieron cerca, bajó la voz. —Váyase a su casa.
Marceau negó con la cabeza. Se pasó la mano por el cabello, revolviéndose el flequillo y peinándose luego con los dedos, en un gesto infantil que hizo sonreír a la comisario.
—Salí a preguntar por... las mujeres que rescatamos —la capitán se pasó las manos por la cara y se apoyó contra una mesa. —Las hermanas Marie y Denise y otras tres que estaban a punto de... —buscó las palabras con renuencia.
—De ser... despachadas. —Michelon completó la frase y cerró los ojos al recordar el horror que le habían descripto. ¿Qué clase de monstruos trata a otros seres humanos como mercadería? Marceau asintió.
—Marie y Denise salieron bastante bien libradas, gracias al Cielo. Las otras tres... No están bien. Les va a tomar mucho tiempo recuperarse, si se recuperan —tenía los ojos brillantes por las lágrimas. —Estoy... indignada. Dios, ¡cinco sobrevivientes!
—Seis —acotó la comisario, mirándola fijamente—. No sabemos qué puede haber pasado con las demás.
—Están muertas —respondió Marceau con amargura, y ambas sabían que era cierto.



—¿Qué significa eso? — dijo Witowlski hablando consigo mismo, como de costumbre. Los archivos comenzaban todos con las mismas letras: FYEO, y concluían con letras sin relación. La extensión era de archivos de video. Odette repitió las letras en voz baja.
—Es inglés. "For your eyes only" Sólo para tus ojos... —la voz de Prévost le asaltó la memoria. Después de un instante, dijo: —Busquemos alguno que tenga “mdb” antes de la extensión.
Allí estaba: FYEOMDB. Cuando intentaron verlo, apareció el requerimiento de una contraseña.
—Estamos como al principio —gruñó Auguste.
— A ver si... — Odette tecleó velozmente y pidió acceso. Denegado. Tecleó por segunda vez. La pantalla se desplegó. Auguste, Michelon y Witowlski miraron como hipnotizados el monitor. Odette vio los primeros segundos y giró hasta quedar de espaldas a la pantalla. No puedo soportarlo otra vez. Oyó las expresiones ahogadas de su hermano y de la comisario, y se alejó. Alguien retiró una silla y salió apresurado. Ella se sentó con los codos sobre las rodillas, la frente apoyada en las manos. El audio transmitió los disparos, y el video concluyó abruptamente. Se oyó el sacudón de un puño sobre una mesa. Auguste. Odette sintió una mano en su cabeza, que se deslizó hasta el hombro; era Michelon. Trató de recuperar la compostura.
—Cualquier cosa que diga es una estupidez. Son... —Michelon no encontraba las palabras.
—Inhumanos —Odette completó la frase mirando a ninguna parte. Se puso de pie con un escalofrío. —Las letras después de FYEO son iniciales de los entrenados por la Orden. La contraseña es el apellido. Debe de haber un listado en alguna parte.
Auguste estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados y la mandíbula encajada, sin mirar a ninguna parte. Cruzaron las miradas mientras se le acercaba, y le vio los ojos empañados. Si la sala de cómputos de mierda no hubiera estado atestada de oficiales de la Brigada y de Inteligencia mirando exactamente en su dirección, se habría abrazado a su hermano para llorar. Se sentó dándole la espalda, a sabiendas de que él sentía la misma angustiosa necesidad.
—¿Qué más te hicieron? —la pregunta le llegó en un murmullo entre dientes.
Negó con la cabeza. ¿Para qué? Me aterrorizaron un poquito. Ya terminó.
—No voy a dejar a un solo hijo de puta vivo, te lo juro — susurró Auguste por encima de su hombro. Michelon se sentó a su lado y le tocó el brazo. Odette asintió agradeciendo el gesto de consuelo.
Witowlski se les acercó tímidamente. Tenía el rostro descompuesto de uno que acaba de vomitar. Del cabello le caían gotitas de agua.
—Capitán... Es... para usted —le tendió un CD —Me... tomé la libertad de grabar... ese archivo y... eliminarlo de la memoria principal —vaciló, mirando a las dos mujeres. Odette sonrió, se levantó, se acercó a Witowlski y le besó la mejilla
—Muchas gracias, Viktor.
El hombre giró sobre sus talones y volvió a su teclado a toda velocidad.


—¿Qué le pasa a Witowlski? Está sonriendo como un boludo— murmuró uno de los oficiales.
—No sabía que le funcionaban esos músculos de la cara —fue la respuesta en voz baja—. Habrá tenido un orgasmo durante el log-in.
Auguste apretó los labios para no reírse a su pesar. Los muchachos están tratando de distenderse. Los videos eran todos de características similares y concluían indefectiblemente con la muerte de la mujer. ¿Para qué grabar esas atrocidades? Tenía una teoría y se moría por darla a conocer.
— Parece que te estás convenciendo de las bondades de la psicología — comentó Odette con una sonrisita mordaz. Auguste le devolvió una mueca y siguió exponiendo orgulloso.
—Parte del condicionamiento. Por Dubois sabemos que el centro de entrenamiento preparaba asesinos profesionales. Sería una forma de probar si había funcionado, a la vez que permitiría ejercer presión sobre algún posible rebelde. Supongo que si el “soldado” no podía ejecutar esa orden, él mismo era eliminado.
Michelon cerró los ojos. Ya sé, es repugnante, convino Auguste.
— ¿Qué otros horrores hay almacenados ahí? — preguntó Madame.
—Dubois también habló de cintas de video. Por lo general, copamientos militares y cosas por el estilo. Pero comentó que la sensación después de verlos era de suma violencia, aunque no podía comprender el porqué. ¿Qué podrá ser? —preguntó Auguste.
—Información subliminal —respondió Odette —. Si pudiéramos analizar alguno...
Auguste pidió a uno de los oficiales que buscara cintas de video.
—Páselas cuadro por cuadro —indicó Odette al operador.
Allí estaban. Intercaladas cada varios cuadros de la película principal, estaban los cuadros que buscaba. Violencia sexual. Escenas de tortura y muerte. La víctima, una mujer o, peor, una criatura.
—Voy a vomitar —murmuró Auguste.
—Las damas primero —replicó Odette. Michelon había salido apresurada. No hacía falta preguntar a dónde.
Cuando Michelon se fue de regreso al Quai, Odette se le apoyó en el brazo.
—Tenemos que hacer algo con Dubois.
Él la miró sin entender.
—También lo programaron. Si no lo recuperamos, tenemos entre nosotros a un asesino potencial.
A Auguste se le erizó el pelo de la nuca.
—Estuve hablando con él. Recuerda perfectamente todo lo que hizo durante las semanas en este sitio, los entrenamientos, las salidas, todo. Estaba un poco alterado cuando llegamos, pero...
—Viste las cintas de video y los archivos, igual que yo.
¿Le pareció o su hermana había palidecido? La miró preocupado: ella tenía razón.
—¿En qué pensaste? — se resignó ante lo inevitable.

viernes, 27 de marzo de 2009

La dama es policía - CAPITULO 22



JUEVES, SUBURBIOS DE PARÍS, PRIMERAS HORAS DE LA MAÑANA
—Michelon quiere vernos — le avisó Auguste mientras recogía su abrigo y el de ella. En la fábrica de chocolates la tensión crecía minuto a minuto. Los técnicos en sistemas no lograban romper la clave de acceso a una enorme cantidad de archivos clasificados.
—Es un sistema digno de un servicio secreto —comentó el analista en jefe—. Cualquier intento por probar una clave causa el total colapso de los datos. Todo se pierde sin remedio. Es algo así como un virus, un “gusano” que está en la superficie del disco y se anula únicamente con la clave correcta. Si ingresamos un dato errado o le acoplamos un programa aleatorio, el “gusano” se activa y destruye la información antes de poder recopiarla. —El capitán Santon estaba entusiasmado con el hallazgo. — Magnífico. Deberíamos tener algo parecido.
Que lo copien. Siempre se aprende algo. Mientras tanto, vamos a ver a Madame, pensó Odette
Madame Claude Michelon. Que había exigido el “Madame” —“A los cincuenta y tantos tengo ganado el derecho”, decía— aunque nunca había dejado de ser “Mademoiselle”. Claudette, para los escasísimos íntimos. Safo, o epítetos peores, para el vulgo de la Brigada. ¿Por qué será que donde trabajan más de dos personas, se tiende a tomar la vida sexual del prójimo como tema principal de conversación? El único lugar libre de murmuraciones en la Tierra debe de estar en los satélites orbitales no tripulados.
Madame se había ganado muy dura y dignamente el cargo de comisario de la Brigada Criminal y el puesto era más que merecido. La dama de acero: ojos de hielo gris, cabellos grises, severos trajes de Armani.Aquel a quien alguna vez Michelon haya levantado la voz, que tire la primera piedra. No necesita hacerlo; su tono mesurado te escarcha la transpiración. ¿A quién carajo le importa el tipo de compañía que prefiere?, Odette se encogió de hombros. El chusmerío es el pan de todos los días. A veces, hasta resulta conveniente que te asignen amantes de oficio; evita intromisiones molestas. Mientras esperaban el cambio de luces del semáforo, se inclinó hacia Auguste y le estampó un beso en la mejilla. Él se volvió a medias, levantando las cejas por la sorpresa y le sonrió.
Lucertola(1) —le dijo mientras la despeinaba.
Scugnizzo(2) —los halagos habituales de la infancia.
—Ah, esto me recuerda que llamó mamma —nunca era “mamá” para Auguste. —Dice que compremos "L'Osservatore Romano" y el "Eco di Roma".
Mensaje de Varza. Se detuvieron en un quiosco a comprar. Rápidamente buscó en los obituarios. Ahí estaba: “Monseñor Jacques Roland de Coulignac, RIP. La familia Varza lamenta la triste desaparición de un amigo entrañable”, bla, bla, bla. En los policiales del Eco, el pequeño suelto que mencionaba el accidente fatal sufrido por Monseñor al ser atropellado por el camión que habitualmente entregaba provisiones en los almacenes del Vaticano. Una lamentable falla en el sistema de frenos. El chofer estaba libre. L’Osservatore publicaba la habitual elegía.
Auguste miró de reojo mientras estacionaban en el garage de la Brigada. Un apellido que había pertenecido en su época a la nobleza francesa.
—De Coulignac. Abajo el clero y la monarquía —Auguste hizo un gesto obsceno con el dedo mayor.
—Viva la Revolución —Odette le devolvió el ademán.

36, Quai des Orfévres, Paris

QUAI DES ORFÈVRES, DESPUÉS DE MEDIODÍA
—No necesito decirles que no nos queda mucho tiempo. Vamos a tener que ponerles abogados a esas ratas. ¿No pudieron entrar en los archivos? —Michelon estaba muy molesta.
—Todavía no— Auguste estaba más que molesto; tenía los ojos terriblemente negros. Mala señal, pensó Odette sin abrir la boca.
—Madame, los únicos que pueden darnos la clave están en nuestras manos. Podemos obtenerlas si...—Odette miró ansiosa a la comisario.
—¡Se niegan a hablar sin un abogado! ¿Qué vamos a hacer? —Auguste sacudió el escritorio con el puño. —¿Golpearlos? ¿Para que después aleguen brutalidad policial y tengamos que largarlos por culpa del procedimiento? ¡No!
—¡No nos darán una puta información, con abogados o sin ellos! — retrucó ella.
Auguste la miró de reojo, reprobándola.
—Comisario, capitán, por favor — intervino Michelon. — Siento la misma repugnancia que ustedes por esos individuos, pero me niego a utilizar cualquier tipo de violencia. Si los técnicos no consiguen nada en estas horas, tendremos que darles sus condenados abogados..
Auguste se recostó contra el sillón y miró al techo. Tanto esfuerzo desperdiciado. ¡Mierda que le vamos a dar abogados a esos hijos de puta!, pensó Odette y una idea se le cruzó como un relámpago.
—Madame, quisiera proponer algo. Sin brutalidad policial. Puede resultar, estoy segura...
—¡No! — rugió Auguste, mirándola furioso. —¡No más riesgos inútiles!— e hizo un ademán termi-nante con la mano.
Odette contuvo a medias una mueca de disgusto. Michelon los miraba inexpresiva. Cristo, Madame está de pésimo humor.
—Madame, por favor, ¿me permitiría cinco minutos con usted? —arriesgó Odette.
Michelon los miró alternadamente.
—Comisario —un gesto de la cabeza: "Afuera"
—Sí, Madame — deletreó Auguste y salió después de lanzarle una ojeada asesina y negra a su hermana menor.
Cuando Auguste hubo salido, Michelon la miró con ojos de hielo.
—Adelante, capitán. Tiene sus cinco minutos.


Era inteligente. Retorcido, pero inteligente; había que admitirlo. La comisario dejó en paz el cortapapeles y vio a su subalterna contener la respiración.
Sabe que ya tomé una decisión —pensó mientras reprimía una sonrisa—. Me conoce mejor de lo que yo pensaba, capitán.
—Usted se graduó en Psicología... —más para sí que para la otra —.Puede funcionar... Pero — levantó un dedo, — yo debería presenciar los interrogatorios y estar al tanto del tratamiento previo. Podría ser... No lo sé — se hamacó en el sillón. — No es muy ortodoxo que digamos.
Marceau no abrió la boca: no era la respuesta que estaba esperando. Cuando el silencio se prolongó, la capitán amagó a levantarse con los labios apretados. Madame la detuvo con un gesto.
—Comprenda, capitán, que oficialmente no puedo aprobar lo que me pide— Marceau asintió rígidamente— Extraoficialmente…, hágalos mierda. Y recuerde que quiero estar presente.
—Gracias, Madame — la capitán sonrió con una sonrisa de navaja.
Mientras Marceau salía, Madame levantó el teléfono para avisar que Massarino y la capitán quedaban a cargo de la custodia de los detenidos.


BUENOS AIRES, JUEVES, ÚLTIMA HORA DE LA TARDE
—¿Qué mierda pasa, que no hay comunicaciones?
—¡Cómo que no hay! Llamaron anteayer. Todo bien. Fueron a buscar a las minitas para el turco nuevo.
—¿Y? Lo mismo tienen órdenes. Se comunican cada veinticuatro horas.
—No, Mengele. Ahora cada treinta y seis o cuarenta y ocho.
—¿Por qué cambiaron la frecuencia? ¿Cuándo fue, y quién decidió sin avisarme? Se supone que yo estoy a cargo de las comunicaciones.
—Uh, dale, macho. ¿Tenés miedo de perder autoridad? Si anda todo bien... Todos los días es un embole.
—Es asunto mío. ¿Quién carajo dio la orden de variar?
—Yo — El Briga intervino a sus espaldas.
Las cosas con el Brigadier no andan bien. Ultimamente cambiamos dos palabras y tres puteadas.
—Voy a llamar —manoteó el teléfono, pero el otro le detuvo la mano.
—No. Esperá que llamen ellos. Así hacemos siempre.

Prisión de La Santé, en el centro de París

PARÍS, PRISIÓN DE LA SANTÉ. MADRUGADA DEL VIERNES
¿Cuánto hacía que estaba ahí? Cuando fueron a buscarlo a la celda, uno de los oficiales le dijo que ya no estaba bajo la custodia de la Brigada. Bien, están entendiendo. Llamaron a los abogados. Pero se presentaron dos desconocidos que, después de cerrar la puerta, lo esposaron, le vendaron los ojos y lo encapucharon. Un miedo irracional se apoderó de sus entrañas y ya no lo abandonó. Vaireaux caminó sostenido por sus custodios a lo largo de pasillos interminables —arriba, abajo, vuelta a la derecha, ascensor, el automóvil, más pasillos hasta perder la cuenta—. Cuando se detuvieron, oyó la puerta que se abría y sintió el empujón. Cerraron y el pestillo exterior corrió estruendosamente. Después, nada. Gritó y gritó, pero nadie se acercó a quitarle la venda o las esposas. Escuchó atentamente. Afuera no había nadie. La desesperación se le trepó por el cuerpo y se le enroscó en la garganta.
Alguien entró. Arrojaron a su lado ¿un cuerpo? Por el sonido sordo que hizo al caer, eso parecía. Patearon al otro entre insultos. Gritos. Una voz de hombre sollozaba. Más insultos. Más golpes. El otro no habló más. Dios, está inconsciente. Intentó ponerse de pie y una mano de hierro lo lanzó contra la pared. “No te metas. No es tu turno”, le dijo alguien. Disparos. Dos, tres. “Sáquenlo”, ordenó una voz. Estaba solo otra vez. La ropa empapada de transpiración se le pegaba asquerosamente al cuerpo. Oyó voces afuera, débiles tras la puerta metálica. Vienen a buscarme. Vienen a buscarme… El corazón le bombardeaba el pecho. “Abajo”, dijo otro desde atrás. Tuvieron que sostenerlo porque el pánico no lo dejaba caminar.
La silla metálica estaba fría bajo su carne desnuda. Lo esposaron, manos y pies, a los brazos y patas de la silla. El corazón le latía tan fuerte que le retumbaban los oídos. La puerta. Pasos suaves. Inesperadamente, oyó música. Lenta, profunda, dramática, evocando emociones terribles. Las entrañas estaban a punto de derramársele. “Apaguen esa música”, gritó mientras se sacudía impotente en la silla. Una mano suave y perfumada le quitó la venda. Una mujer. De bata negra, entreabierta, que dejaba ver el nacimiento de los pechos blancos. Lo miró y, sin hablarle, comenzó a calzarse guantes negros de cuero. Se sentó encima de la mesa, sobre la que había una gran jarra con agua y una varilla... una picana. La silla... La silla es de metal…. ¡No, no, no...! Ella se inclinó, y él pudo ver más del interior de su bata. Sintió la erección. En otras circunstancias... Ahora estaba seguro de que ella iba a matarlo. Ese cuerpo, esa mujer, no podían estar haciéndole esto. La boca de ella rozó la suya y murmuró:

—¿Vas a hacerme perder mucho tiempo?
La miró enloquecido mientras ella encendía un cigarrillo. Con la brasa peligrosamente cercana a su piel, le recorrió la cara. En los ojos de esa mujer estaba su muerte. Ella estiró un pie diminuto calzado con tacón negro y le recorrió el borde de la mandíbula, el pecho y el bajo vientre con la punta del zapato. La música atronaba trágica. Ella bajó la mano con el cigarrillo hasta la altura de la entrepierna. Su cara de muñeca era una máscara de placer perverso.
—No... no quiero — dijo en un estertor. La erección le estaba haciendo doler el escroto.
—¿No? — ella se puso de pie, tomó la picana y la probó contra la mesa, también metálica. Funcionaba. Sirvió un vaso de agua y se acercó. Agua no. Era lo único en que podía pensar. No quiero, no quiero, no quiero...
—Me prometieron... — gimió él. Ella alzó las cejas con estudiada sorpresa. —... Abogados —estaba ronco del miedo. Ella se limitó a sonreír irónica.
—Ya vinieron. Ellos te trajeron —le acarició la boca con un dedo. —¿Dónde creías que estabas? ¿Parezco de la policía?
¡Me traicionaron! La comprensión lo llenó de terror y acabó con la excitación y la erección. ¡Los hijos de puta salvaron el culo y me entregaron a...
—Quiero algo a cambio para dejarte ir. Algo que me sirva —le sostuvo la cara y acercó el vaso de agua.
Algo caliente le corrió entre las piernas. Dios mío, nno, nooooo...



Del otro lado del cristal, Massarino tomó nota de las claves. Michelon observaba impasible. El hombre esposado a la silla era un desecho humano en medio de un charco de orina. Marceau se apartó de la mesa, se ajustó la bata negra y aplastó el cigarrillo contra el piso. Se volvió de espaldas a la ventana mientras dos oficiales en ropas de civil entraban en la sala de interrogatorios. Chopin sonaba dulce y trágico en el aire.
—¡Dijiste que iban a perdonarme! ¡Dijiste...! — Vaireaux sollozó desesperado, mientras le vendaban los ojos otra vez.
Marceau se inclinó hacia él, le besó los labios, susurró:
—Mentí —y salió.
Los gritos de Vaireaux hicieron eco todo a lo largo del pasillo hasta el ascensor.
—Quién sabe por qué lo besó —murmuró Michelon. Sospechaba que Massarino sí lo sabía pero que prefería guardarse la información.

(1) Lagartija
(2) Ladronzuelo

martes, 10 de febrero de 2009

La dama es policía - CAPÌTULO 21


SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES, ÚLTIMAS HORAS DE LA TARDE
—Vamos, Maurizio. Hoy hará su primera selección.
La opresión en el pecho, que llevaba desde el momento en que había pisado por primera vez ese lugar nefasto, aumentó hasta hacerse intolerable. El pulso le martilleaba en las sienes. Se puso de pie y caminó detrás de Jacques con piernas como de madera. Jacques se volvió a medias, sonrió y le palmeó el hombro.
—Tranquilo. Todo saldrá bien.
Dios, cree que estoy preocupado por los resultados. Marcel devolvió la sonrisa aunque era consciente de que más parecía una mueca que le deformaba la cara. Hacía menos de dos días que habían llegado las nuevas para el dressage. Hablaban de ellas como si fueran animales. Sintió un vuelco en el estómago y creyó que estaba a punto de vomitar. Odette tiene que estar en ese grupo, recordó. Por lo que sabía, el pequeño convento alsaciano había sido el objetivo más reciente. Si todo resultaba como en el plan original, la detección conjunta de su localizador y el gemelo que ella tenía instalado debía ser la señal para iniciar la etapa final de la operación. Massarino, espero que estés ahí afuera...
Mientras bajaban en el montacargas, Jacques comentó:
—Parece que las nuevas son delicatessen. Vamos a ver.
Marcel sonrió mientras intentaba que el aire le llenara los pulmones y Jacques le palmeó un hombro.
—No esté tan nervioso. Después de hoy, todo resultará mucho más fácil.
La habitación del otro lado del cristal era como la que había visto en los audios de Vaireaux: la grilla metálica vertical con correas de cuero, una mesa auxiliar con instrumental quirúrgico, agua y la varilla conectada a la línea de corriente. Un escalofrío le erizó el vello de la nuca. Prévost estaba allí, calzándose guantes de cuero y probando los instrumentos.
La puerta del otro extremo se abrió y dos hombres — creyó reconocer a Wenger; al otro no lo había visto nunca antes—, entraron a una mujer vestida con un camisón blanco sin mangas que se apreciaba mojado y con manchas que, del otro lado del cristal, no eran identificables. Tenía los ojos vendados con una tela negra que le tapaba la mitad superior del rostro, pero mientras le soltaban las esposas y le sujetaban las muñecas a las correas de la grilla, Marcel sintió una punzada en las entrañas. Encajó la mandíbula y cruzó las manos detrás de la espalda hasta que le dolieron los brazos por el esfuerzo.
Prévost hizo salir a los otros dos y habló hacia el micrófono que transmitía a la salita de observación.
—Sólo para tus ojos, Maurizio.
La mujer que estaba en la grilla dio un leve respingo.
Marcel tragó saliva con dificultad.
Prévost se acercó a la mujer, le tomó la cara, la forzó a volverse hacia él y sin quitarle la venda, murmuró algo que ellos, del otro lado, no pudieron oír. La reacción que provocó fue increíble: la mujer disparó una de sus piernas, todavía libres, hacia arriba, acertando en la entrepierna del sorprendido Prévost. El hombre retrocedió con un aullido. Jacques sonrió.
—Una joya. Parece que va a dar trabajo. ¿Le gustará a su representado?
—No lo dudo — pudo articular Marcel—. Es... de su tipo.
Pero Prévost se había puesto de muy mal humor. Giró y descargó un revés brutal sobre el rostro de la mujer, que, a pesar del golpe, no gritó.
Jacques abrió el micrófono de su lado.
—¡No la golpees en la cara, estúpido!
—¡La puta casi me castra! —rugió el parlante.
—¡Nada de golpes, Prévost! ¿Está claro? —Jacques estaba molesto. Cerró el micrófono y se dirigió a Marcel:
—Está tomando demasiada iniciativa personal.
La náusea lo dominó otra vez. ¡Dios, este hijo de puta habla del verdugo de la Orden como de un empleado con veleidades de ascenso! En el nombre de Dios, Massarino, ¿dónde mierda estás? Miró como hipnotizado lo que ocurría del otro lado del cristal.
Prévost había sujetado las piernas de la mujer a la grilla y le estaba cortando la ropa, dejándola desnuda. Tocó el metal con la varilla y el cuerpo de la mujer se arqueó. El grito estalló en los oídos de Marcel a través de los parlantes. Indiferente, Jacques movió un dial y bajó el volumen. La varilla — picana, recordó Marcel— rozó alternadamente los pechos de la mujer y la grilla a la que estaba sujeta. Luego, los dedos de los pies en la unión con las uñas. Los lóbulos de las orejas. La mano enguantada hundió la picana en la entrepierna, y el grito desgarrador lo paralizó. Los pezones, otra vez. Prévost se detuvo un momento a observar: a la mujer le costaba respirar y los gritos ya eran gemidos roncos y entrecortados. Las descargas eléctricas provocan tetanización —pensó, sorprendido por el curso de sus ideas—, los músculos se paralizan y el individuo se asfixia. Tuvo un flashback y las imágenes de los audios se superpusieron con la escena que tenía delante. Abrió la boca pero no emitió ningún sonido. Estaba sordo y mudo; sólo veía, sin saber si lo que veía era real o producto de su memoria. Una voz le llegó entre algodones.
—Entremos —decía Jacques mientras lo tomaba del codo.
Caminó como un autómata, oyendo el estallido de sus propios pasos en algún lugar de la cabeza. Tenía la boca seca y la lengua pegada al paladar. Más flashbacks.
Prévost llenó un vaso con agua, sostuvo la cara de la mujer apretándole las coyunturas de los maxilares para forzarla a abrir la boca, le echó el agua entre los dientes y le aplicó una descarga dentro del labio superior. Marcel sabía que ella gritaba, pero no oía nada más que su propia, forzada respiración. No vio a Prévost llenar la jarra y arrojar el agua sobre el cuerpo bañado en sudor. El espasmo fue tan violento que la grilla se sacudió.
—Así libera la carga acumulada —explicó Prévost en tono didáctico, pero él no lo oyó; tragó con dificultad y, extendiendo la mano izquierda, quitó la venda negra y volvió la cara de la mujer hacia él. Alguien detrás de él dijo:
—Su prueba más importante, Maurizio. Mátela. Es una orden.
Las palabras estallaron en su interior. Desde un rincón de su mente, se observó a sí mismo con horror infinito. Su cuerpo no recibía sus propias órdenes. Estiró el brazo derecho y alguien puso un arma en su mano.
Ella lo miró y vio en sus ojos el dolor más absoluto. Los labios de ella articularon una palabra, sin voz.
No puedo detenerme. No quiero hacer esto, pero no puedo detener la mano.
“No”, leyó en los labios de la mujer.
—Adelante, Maurizio — la voz llegaba desde una distancia infinita. —Ahora.



La puerta. Pasos pesados y sordos. Dos hombres. El pulso se le desbocó sin control.
No sabía cuánto llevaba en ese lugar, con los ojos vendados y las manos esposadas a la espalda. Le quitaron las esposas únicamente para someterla a la humillación de tener que evacuar sus necesidades fisiológicas mientras la observaban, pero no la venda. Desde donde estaba podía oír los gritos y sollozos de Marie y Denise. Ella no había gritado: la furia y la desesperación eran demasiadas. El que pudieran oírse mutuamente era parte de la tortura. Los alaridos de Denise le llegaron nítidos cuando la sacaron de la celda. Más tarde— cuánto más, no pudo saberlo—, oyó las risas de los que la arrastraban de regreso. Sólo oyó gemidos muy leves y, después, nada. Dios mío, si estás en alguna parte, no las abandones. Los sollozos entrecortados de Marie se alejaron con el mismo rumbo. A Marie la trajeron más rápido y alguien ordenó llamar al médico. ¿Hay un médico? ¿Un médico colabora con estos hijos de puta?
Habían entrado en silencio. Uno la levantó sujetándola por las esposas y, antes de que tuviera tiempo de gritar de dolor, otro le metió un trapo en la boca y se lo aseguró con una mordaza. El terror la paralizó. El que la sostenía de pie le pasó un brazo por el cuello y le levantó el camisón para sobarle el cuerpo con la otra mano, sin dejarla mover. El otro estaba delante, pegado a ella, tanto que podía sentir los movimientos del tipo, el aliento húmedo y pesado, la respiración agitada. “Schnell”, murmuró el que la sujetaba, y en medio del pánico que la aturdía le sintió la erección. Algo viscoso y caliente le cayó encima del abdomen y las piernas. Se retorció de asco y miedo mientras los gritos se le ahogaban impotentes en la garganta. El hijo de puta terminó de masturbarse y tomó el lugar del otro, que fue más rápido que su compañero. Se limpiaron las manos en el camisón y la lavaron con el chorro de una manguera. Tenía el cuerpo helado y dolorido y no podía dejar de temblar. Antes de dejarla sola otra vez, le quitaron la mordaza y el trapo. Sintió náuseas, pero no tenía nada que vomitar. Apoyó la frente contra una pared. Auguste, ¿dónde estás? Tienen que haber detectado el localizador. En el nombre de Dios, Auguste, no esperes más.
La llevaron vendada pero pudo percibir que la nueva habitación estaba iluminada y limpia. Se fueron después de quitarle las esposas y atarla a una superficie fría. Metal. Una mano de hielo le oprimió el pecho. La posición en la que la habían atado la dejaba colgando de las muñecas y los pulmones se le comprimían contra el diafragma, asfixiándola. Tensó los brazos para incorporarse e inspirar, cuando una voz gruesa y ligeramente cascada habló en tono burlón. ¿Maurizio? ¿Marcel está acá? El hombre se acercó y le tomó la cara.
—Espléndida. Qué pena que el Brigadier no esté para disfrutarte —dijo sobre su boca.
El Brigadier. La ira la obnubiló, y en un acto casi reflejo, descargó la rodilla izquierda a donde imaginó estaría la entrepierna del tipo. Acertó. No podía dejar de pensar con desesperación en ese nombre. El golpe no se hizo esperar y sintió sangre en la boca.
Los paroxismos de dolor fueron cada vez más frecuentes. No podía recuperar el aire, y el simple acto de respirar era una tortura adicional. Algo salió terriblemente mal. Van a matarme. Una lanza de fuego le atravesó la vagina y la descarga le crepitó en los oídos, dejándola suspendida en una eternidad sin tiempo, sorda a toda otra cosa que no fueran los estertores de su agonía. Tenía la boca reseca, pero el agua la hizo retorcer en una ordalía de espasmos. Sabía que estaba gritando, pero esa parte de su cuerpo se hallaba fuera de su control; se hundió en un universo desgarrado por el dolor mientras su sistema nervioso central trataba inútilmente de recuperar la función respiratoria y los latidos le martilleaban en el cerebro. Señor, se detuvieron. Alguien le quitó la venda de los ojos. ¿Quieren que vea a mi verdugo? En medio de la niebla que embotaba sus sentidos alcanzó a oír la orden. ¡Van a matarme! Abrió los ojos a una luz dolorosamente intensa mientras le volvían la cara. Entre las lágrimas pudo distinguir a Marcel, flanqueado por dos hombres, los tres vestidos con el mismo uniforme. Quiso articular su nombre, pero ya no tenía voz. “Marcel,”, susurró, "no". Cerró los ojos para no ver cómo el cañón se acercaba despacio. No. Auguste, dónde estás.


SUBURBIOS DE PARÍS, MARTES, PRIMERAS HORAS DE LA NOCHE
—Tenemos la señal de Marceau —informó Equipos, señalando la pantalla del monitor.
Alrededor de la fábrica de chocolates se había desplegado un operativo silencioso. Dos unidades con equipo de detección se habían alternado durante las últimas semanas para cubrir a Dubois a la distancia máxima de cuatrocientos metros que permitían los blips. No habían sido rastreadas y no habían tenido problemas en completar el mapa en tres dimensiones del edificio. Los técnicos y oficiales habían comenzado a aburrirse sobre los tableros de control. “Los blips resultaron confiables, después de todo”, había comentado Paworski, entre altivo y ligeramente molesto. Confiables hasta hacía poco más de treinta horas.
Auguste inspiró profundamente, pero el abismo en la boca del estómago no se le encogió. No dormía desde la llamada de la madre Martine, casi dos días antes. Esperó el tiempo que calculaban duraría el transporte desde Alsacia, pero no había señal de Odette. Nada. No habían detectado su localizador en todas esas horas terribles. Ordenó pasar a la etapa final del operativo, con los blindados y demás móviles en alerta amarilla. Era consciente de que no podía arriesgar que descubrieran el operativo y a sus hombres por intentar un copamiento antes de tiempo; sería tan desastroso como no poder sacar a los suyos de la fábrica. La disyuntiva lo estaba volviendo loco. La demora y la preocupación les estaban socavando la resistencia a todos.
En un momento llegó a discutir a los gritos con Paworski por los detectores de mierda. “¡Si perdemos a un solo rehén o a algún oficial, voy a fusilar a todo el Laboratorio en persona!”. En medio del nerviosismo creciente, cayó en la cuenta de que nunca había visto al ingeniero tan fuera de sí. El silencio era ominoso mientras miraban las pantallas.
Uno de los hombres de Reconocimiento les recordó que el edificio tenía varios subsuelos. Si Marceau se encontraba en uno de ellos, eso podía estar debilitando la señal. Cambiaron los equipos y comenzó a aparecer por momentos. Ahora, por fin, el blip era débil pero claro y aparecía junto con el de Dubois. Los localizadores se intensificaban el uno al otro reforzando la emisión base.
—¡Carajo, se vuelve intermitente! —gritó el oficial de Equipos.
Auguste se volvió hacia Paworski.
—¿Qué mierda pasa? —la angustia le apretaba el pecho con una morsa de hierro.
El ingeniero se acercó a la pantalla con la cara deformada por la ansiedad, para manipular el teclado y los diales digitalizados.
—Descargas eléctricas. Están interfiriendo la señal. Pero están los dos juntos.
—¡ADENTRO! —la orden se dio por radio al resto de las unidades, mientras Auguste se ponía el chaleco antibalas. Alguien gritó:
—Comisario, ¿usted también va a entrar?
No se molestó en responder.


El estampido seco de los disparos retumbó por los parlantes de la sala. La pared de cristal estalló y Marcel vio como en un sueño, cómo Jacques y Prévost caían al suelo en posiciones extrañas. Alguien aulló:
—¡SÁQUELA DE AQUÍ, DUBOIS!
Dubois. Soy Marcel Dubois. Abrió las manos, inhaló desesperadamente y, con un bisturí que encontró sobre la mesita, cortó las correas de cuero. Sostuvo a la mujer y la bajó hasta el suelo; se quitó la camisa negra y la envolvió. La levantó como a un chico y corrió, apretándola contra su cuerpo. Gracias a Dios, Massarino había llegado.


—¡Estoy bien! ¡Llévenlas a ellas primero! —ordenó Odette a los de las ambulancias. Había sólo dos, y eran cinco las mujeres a las que habían rescatado con vida del edificio. Más los heridos que iban cayendo en el copamiento. De los nuestros y de los de ellos. Alcanzó a preguntarles a Marie y a Denise cómo estaban. Denise le contó entre sollozos cómo había oído a alguien decir que “ella, no”, después de dejarla de pie, con los ojos vendados y esposada durante un tiempo interminable, en el que ni siquiera se había atrevido a moverse, en medio de un grupo de hombres que la evaluaron como si fuese un caballo de carreras. Se le revolvió el estómago. Luego la llevaron de regreso y nadie más entró en la celda. Creyó que iban a dejarla morir de hambre. Marie no recordaba nada; se había desmayado a poco de que la sacaran y, cuando había reaccionado, estaba otra vez sola. Tampoco nadie había entrado después de eso.
Gracias, Señor, gracias. Sentía terribles remordimientos por las dos mujeres. La corazonada de hacerse pasar por una de ellas y que las llevaran a las tres había resultado. No las tocaron. Quién sabe qué habría pasado si hubieran estado solas. Recordó los momentos de horror en la celda y se estremeció. Las hermanas la miraron asombradas cuando les dijo que no las acompañaría al hospital y uno de los oficiales la llamó “capitán Marceau”.
—La madre Martine les explicará todo. Vayan al hospital; seguramente las otras pobrecitas necesiten de su ayuda— las abrazó y las besó, y por fin las muchachas subieron a la ambulancia.
Odette se arrebujó en la camisa negra y se ajustó el pantalón enorme que uno de los médicos de las ambulancias le había prestado. Carajo, está haciendo frío. Le dolían los pies descalzos sobre el pavimento mojado. Se acurrucó en el automóvil de Auguste. Su hermano la encontró dormida sobre el asiento y la despertó con un beso.
Bambina...
Ella saltó, gritando de terror en el asiento, y cuando comprendió que era su hermano, se le colgó del cuello.
—¿Por qué no fuiste con los médicos?— insistió su hermano.
Negó con la cabeza.
—Quiero ir a casa —pudo articular—. Estoy bien.
Él la miró con incredulidad. Qué cara debo de tener, Cristo.
—Estoy muy cansada, nada más — y con un poquito de sobrecarga eléctrica. No quiero que me vea nadie en este estado.
—¡En el nombre de Dios, bambina!—Auguste le tomó la cara entre las manos—. Vamos al hospi-tal...
PORTAMI A CASA! —gritó Odette, sin poder dominar un sollozo.
—Va’ bene. Calma —su hermano la abrazó durante un momento muy largo, acunándola. Estaba tan agitado como ella. Logró convencerlo de que la llevara a su casa y de que podía quedarse sola.
Se bañó frotándose el cuerpo con desesperación, como si pudiera despegarse las sensaciones espantosas que le habían dejado adheridas a la piel. Le dolían los pechos, la vagina, los dedos de los pies, la boca. ¿A las otras pobres desgraciadas que habían encontrado les habrían hecho lo mismo que a ella? ¿Algo peor? ¿Y si Auguste se hubiera retrasado sólo un poco más...? El recuerdo del pánico ciego la estranguló de horror, hasta que se puso a gritar bajo el agua de la ducha. Gritó y gritó hasta agotarse y la angustia se disipó. Sólo le quedaba el agotamiento.
Estoy limpia...
Todavía temblando, se derrumbó en la cama para tratar de dormir, cuando el rostro enajenado de Marcel le asaltó la memoria. ¡Santo Dios, qué le hicieron!. Alguien había aullado en medio de los disparos y la cordura había vuelto, pero no del todo. La había mirado sin verla. Podía jurar que él no estaba del todo consciente de lo que ocurría en esos momentos atroces.
En algún momento, el teléfono sonó y sonó.
—¡Odette!
—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¡Son las cinco de la mañana!
—Nada, bambina. Estaba preocupada por ti...
Sintió un nudo en el estómago: esa intuición terrible de su madre siempre la asustaba.
—Estoy bien, mamá. Estaba durmiendo.
—¿De verdad estás bien? ¿Y tu hermano?
—También, mammina. ¿Qué te preocupa? —trató de que su voz sonara como de costumbre, pero era evidente que no le estaba saliendo bien, porque Lola insistió.
—¿Desde hace cuánto no estás en tu casa?
—Estuve trabajando fuera de la ciudad.
Le preguntó tantas veces si estaba bien, que en un momento estuvo a punto de contarle todo. Cuando ya iban a cortar, Lola le dijo:
—Hija mía, no me estás diciendo la verdad.
—No, mamá. Pero no puedo decirte nada más.
— ¿Qué te pasó?
Cerró los ojos muy apretados. No preguntes, mamá. Le tembló la voz cuando le respondió:
Mammina, ti prego...
Del otro lado se oyó un suspiro pesado.
—Ya terminó,mamá. Estamos bien.
Su madre soltó tal catarata de insultos en siciliano dirigidos a la Policía Nacional, la KGB, los Carabinieri y la Guardia Civil Española, que terminó por hacerla reír, histérica.
Ma’ lo sai che ti crescera’ quel nasino piccolo piccolo, buggiarda (1)!- protestó mamma.
Ti voglio tanto bene... Baciami a papa.
Si tuviera la bola de cristal de mi madre, sería mejor que Sherlock Holmes, Poirot y Maigret juntos fue lo último que pensó antes de dormirse.



—¡Dubois! ¡Teniente Dubois!
Soy yo. Se volvió rápidamente aunque sentía las piernas inseguras todavía. Había corrido por los pasillos interminables desde el segundo subsuelo hasta la escalera que llevaba a la planta baja. Bastante más que un field. La escalera casi lo venció, pero la carga que llevaba necesitaba que la pusieran a salvo. Afuera. Tengo que llegar afuera. Podía oír retumbar los gritos, los disparos, las voces, pero lo único que le importaba era salir. Sirenas. Vio las luces rojas y azules.
—¡Aquí! —dos hombres de blanco se acercaron corriendo —¡Está bien! ¡Déjela! ¡Nosotros nos ocupamos! Recupere el aire —tuvieron que forcejear para quitársela de los brazos.
Lo hicieron sentar en una ambulancia. Estaba mareado y casi se cayó de bruces. Alguien lo sostuvo y le puso una mascarilla. Respiró un poco. Me siento mejor. Cerró los ojos. De pronto saltó del asiento.
—¿Dónde está? La mujer que...
—Bien— le respondió el conductor de la ambulancia—. Se fue hace más de cuarenta minutos. Mejor dicho, la llevaron.
¿Cuarenta minutos? ¿Me desmayé? Sin saber por qué, se sintió avergonzado.
—¿Quién...? ¿Cómo...?
—Creo que el comisario Massarino —respondieron su pregunta a medias.
Le alcanzaron un suéter. Menos mal, porque el frío le cortaba la respiración. Bajó de la ambulancia pese a las protestas del hombre de blanco. Se sentía como si saliera al aire libre después de años de encierro. Alrededor del edificio, tres camiones se habían vaciado de efectivos. Más atrás, protegidos por los vehículos más grandes, estaban los automóviles, entre los que anduvo caminando como un borracho hasta que oyó que lo llamaban. Massarino. El comisario se le acercó y lo inspeccionó con cara de preocupación.
—¿Cómo se siente?
—No sé... —se asombró de su respuesta.
Massarino llamó a uno de los hombres que estaban custodiando los vehículos y le ordenó que lo lleva-ra a su casa. Marcel no tuvo fuerzas ni voluntad para negarse. Pero había algo que tenía que decirle y le estaba costando.
—Odette... No pude encontrar a Odette —aferró el brazo de Massarino mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. El comisario lo miró con la sorpresa naciéndole en los ojos.
—Teniente, usted la sacó de ahí —y dirigiéndose al otro oficial: — A la casa. Ya mismo.
En el trayecto recordó que no tenía las llaves. Espero que el portero esté de humor para abrirme.

(1)¡ Pero no sabes que te crecerá la naricita, mentirosa!