POLICIAL ARGENTINO

domingo, 10 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 7


Adolph Eichmann
Eric Priebke


BUENOS AIRES, 1931
Su padre se murió de cáncer, en silencio, sin una sola queja. Como correspondía a un hombre de campo. Lo enterró en la misma estancia, detrás de la capilla, junto a la tumba de su madre y su hermana. No lloró, porque los hombres no lloran. A su padre no le hubiera gustado. La peonada lloró, silenciosa. Las mujeres no; se dieron el gusto de desgañitarse por el patrón.
Se quedó en la estancia revisando papeles, aprendiendo todos los días algo más sobre todo lo que tenía entre las manos. Era monstruoso. Increíble de tan grande. Increíble lo corrupta que podía llegar a ser alguna gente que se encaramaba en las ancas del poder.
— Usted no se corrompa con porquerías —le había dicho su padre, que se había negado a que le dieran la morfina que lo dejaría morirse sin sufrir—. No tome basura por estar a la moda. Que los mequetre-fes y los petimetres se inyecten lo que quieran. Nosotros se la vendemos. Pero donde se come... ya sabe.
Le hizo caso y se volvió espartano como el tatita. Buscó una mujer adecuada a la vida dura de la estancia. Martita fue una buena esposa. Le dio cuatro hijas, ningún varón. Se murió tan calladamente como había vivido. Se sintió en paz en ese aspecto. No era hombre de muchas mujeres.
En Europa ya se estaba cocinando la guerra. Por lo que sabía, más dura que la anterior. La Gran Guerra había sido la última de caballeros, y la que se venía sería la primera de crápulas. Problema de ellos. A veces viene bien estar en el culo del mundo, en el otro extremo del planisferio. Les vino muy bien a sus nuevos y particulares aliados.
Una noche, sentado en el estudio, recibió un telegrama. Lo necesitaban. Había que sacar a muchos nombres importantes de Alemania, antes de que los aliados los alcanzaran. “Eso cuesta”, respondió escuetamente. El telegrama siguiente trajo nada más que un número, el de una cuenta bancaria en Suiza. La respuesta fue el nombre de un barco cerealero que anclaría en un puerto seguro. Esperaría dos días y volvería a Buenos Aires. El barco fue y vino muchas veces.
Los fondos a la cuenta, también. Y las influencias. Y la información. Todo conocimiento es materia negociable. Esa ciencia nueva que estaban desarrollando. Los estadounidenses se habían repartido con los rusos a los científicos italianos y alemanes que la habían formulado. Los estadounidenses habían atacado primero y la guerra había terminado. Un negocio un poco peligroso. Habría que estudiarlo. Pero los desarrollos de armas más sofisticadas, aviones más veloces, submarinos más resistentes... El cuerno de la abundancia de la industria pesada. Diversificar. Tanto en productos como en ubicaciones. No concentrar más que el poder.


Foto: Página 12
"La iglesia genovesa abre archivos nazis para frenar las versiones"- Página 12
"La Odessa que creó Perón"- Página 12

Los nombres que llegaron en el barco cerealero eran peligrosos. Ninguno se quedó en Buenos Aires mucho tiempo. Ayudar, sí. Hacer estupideces, no. Se dispersaron por el Chaco paraguayo, el Impenetrable argentino, la selva boliviana y brasileña. Con el tiempo, todos esos sitios se llenarían de gringuitos rubiotes y de ojos azules como el cielo, que chapurreaban un argot incomprensible, mezcla de ale-mán, guaraní y portugués. A los nombres les gustaban los harenes de hembras paraguayas, hermosas y bien dispuestas; en Asunción hay muy poco que hacer a la hora implacable de la siesta. Lo mismo del otro lado de las fronteras difusas de una Sudamérica que no terminaba de definirse a sí misma a la hora de los límites.
Uno solo se quedó, el que se enamoró de su hija mayor, que ya pintaba para soltera. Las otras, más achispadas, se habían casado con milicos y con tipos de la sociedad patriarcal que las veían como una espléndida relación con el poder. Todas parieron hembras.
Dora se enamoró como una vaca estúpida del alemán, y él, que casi podría haber sido su padre, la correspondió con el mismo amor inmune a la crítica. Y tan enamorados estaban que lo sorprendieron. Puso condiciones. El nombre que llevaba él era inadmisible públicamente. Tendría que aceptar cambiarlo. Podrían arreglar eso sin problemas. Con Europa devastada, no había fuentes de información confiables. Se fraguaría toda la documentación y pasaría a ser español, de Galicia. Los celtas y los germanos tienen características físicas similares. Lo dejó elegir un nombre de la guía.
Segundo: el acento tendría que borrársele de las palabras. Se solucionó con un instructor de idiomas severo hasta el castigo.
Tercero, pero no se lo dijo a los tórtolos: Quiero un nieto varón. Se mordió y esperó sin demasiada esperanza.
Dora, la vaca boba de Dora, y su alemán devenido gallego y en el límite de la madurez, le dieron el varón que había esperado durante veinticinco años. Comenzó a sentir una especie de aprecio por la hija que se había quedado en la estancia con él de puro soltera y por ese marido extraño que se había conseguido.
En secreto admitía que el mocoso le sacaba los pantalones, metafóricamente hablando. Era un ángel, como lo había soñado cada vez que cumplía sus deberes maritales con Martita. Y los ojos azules del gurí eran iguales a los de él. Como l’agua, decía la peonada. Todos, incluso las mujeres viejas de la estancia, decían que el mocoso se parecía más al abuelo que al padre, y eso lo llenaba de tanto orgullo como si él mismo lo hubiera engendrado.
Marta, si vivieras para ver este nieto. Lo habríamos disfrutado. Se encontró con el recuerdo lejano y polvoriento de su mujer, recuerdo que había enterrado con ella en el mismo día y en la misma tumba. Había sido una buena compañera: callada, sumisa, siempre a la espera de sus palabras. Te quise. Me parece que te quise. Debe de ser este mocoso que me ablanda.




jueves, 7 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 6




Puerto de Ischia - Comune d'Ischia

ISCHIA, FINES DE SEPTIEMBRE DE 1996
El "vaporetto"(1) salió alegremente del puerto de Nápoles hacia Ischia. Los napolitanos la llamaban desdeñosos "l'isola dei tedeschi"(2), desaprobando que sus compatriotas hubieran vendido sus magníficas propiedades a extranjeros, por lo general pensionados en buena posición que elegían Ischia para pasar sus últimos días en las termas en medio del Mediterráneo.
Nada de eso empañaba la belleza del paisaje. Apenas comenzaba el otoño y las enredaderas floridas techaban las callecitas estrechas. Como en casi toda la costa sur de Italia, las calles subían o bajaban — aunque los turistas insistían en que sólo subían — entre los acantilados que formaban toda la extensión de la isla. Aun antes de entrar en puerto, se olía el perfume de los azahares y se oía el griterío de tierra. Al atracar, una andanada de turistas ansiosos se descargó en la explanada. El griterío aumentó en proporción ofreciendo taxis, paseos, restaurantes y mercaderías varias, muchas de ellas ostentosamente contrabandeadas.
Una de las pasajeras que cargaba una mochila pequeña, esquivó con elegancia a los voluntariosos que no dejaban de ofrecerle servicios de todo tipo en varios idiomas. Por fin se dieron por vencidos mien-tras uno murmuraba:
—Sti ‘mmericani, caminano sempre, caminano!(3)
La mujer se acomodó los lentes oscuros sobre el pelo rubio desteñido, se colgó la mochila de los hombros, trepó con agilidad la empinada cuesta hacia el centro de la ciudad con paso elástico y, al llegar al "piazzale" (4), giró a la izquierda para perderse en una callecita atestada de puestos al aire libre. El gentío era una masa compacta, pero ella no tenía interés en comprar aunque los comerciantes hicieron su mejor esfuerzo vendedor.
Giró en la segunda esquina a la derecha desde el piazzale y continuó su tranquilo ascenso, internándose cada vez más entre los "viccoli"(5). Alcanzó una calle elevada, alejada del centro atestado; allí sí se respiraba la brisa que soplaba desde el mar. Fue hasta el extremo escondido de un callejón que terminaba en un mirador sobre la costa. Abajo estaban los acantilados; el punto de observación era magnífico. Se detuvo unos momentos a admirar la vista y luego se dirigió hacia una puerta a un lado del mirador. Sacó una llave de la mochila, abrió y entró. Al instante, todos los olores familiares se agolparon en su nariz y se dejó llevar por los recuerdos de innumerables vacaciones durante una infancia feliz y despreocupada.
—Assunta, Gelsomino, so’ arrivata!(6) —gritó alegre, y un hombrecito bajo, de cabellos totalmente blancos y aspecto de pescador, corrió a su encuentro.
—Bambina! —mientras la abrazaba y la besaba en ambas mejillas—. Macchè t’aggia fatto na’ cappa? (7) - El hombre le tiró del pelo.
—Gelsomino! Gelsomino mio! —se rió. —Basta, basta, é ’na parruca!(8)
Se arrancó la peluca rubia y sacudió la corta melena oscura. Abrazados y entre risas entraron en la cocina, donde esperaba una mujer anciana y regordeta que limpiaba unas verduras. De solo verla, saltó gritando de alegría mientras se secaba las lágrimas con el delantal de cocina.
Era bueno estar con la familia nuevamente. Sentirse en casa con mayúsculas, segura como en ninguna otra parte del mundo. Ése era “su” lugar, si es que pertenecía a alguno. Odette suspiró y se sentó a la mesa que la esperaba con "il piatto"(9) recién servido.
Pasaron el día entre confidencias familiares. Assunta había preparado sus mejores platos y almorzaron hasta bien entrada la tarde. Alrededor de las siete bajaron a la playa, que había quedado vacía: todavía oscurecía temprano. Gelsomino cargaba la mochila mientras las dos mujeres iban del brazo. Se sentaron en la arena a charlar y disfrutar del atardecer. Cuando ya no quedaban paseantes en la playa, Gelsomino extrajo un par de prismáticos de sus bolsillos para explorar el horizonte. Se sentó en una de las rocas que brotaban de la arena y se acomodó un bulto bajo el brazo izquierdo, con gesto absolutamente profesional.
En unos momentos oscureció. Los tres quedaron en silencio, atentos, hasta que Gelsomino, luego de inspeccionar el horizonte con los prismáticos, comentó en voz baja:
—Sono ca’(10) .
Odette se quitó la ropa deportiva y la metió en la mochila; debajo llevaba un traje de buceo sin piernas. Se calzó las patas de rana, un snorkel y se colgó la mochila en la espalda. Abrazó a Gelsomino y a Assunta, se metió al mar y nadó en línea recta hacia el horizonte vacío. Pocos momentos después se alzó una vela blanca sobre el tranquilo perfil del mar, que creció conforme una embarcación se acercaba a la costa.
Pronto escuchó el golpeteo de la proa contra las olas. Cuando el velero estuvo a su lado, de a bordo bajaron una escalerilla de sogas. Trepó con agilidad y fue recibida por el abrazo de un hombretón de cabellos oscuros y encrespados. Se besaron de manera ceremoniosa en ambas mejillas y, todavía abrazados, bajaron a la cabina.
—Bambina! —gritaron los demás hombres, sentados alrededor de la mesa del capitán, ya preparada para la cena. Todos la abrazaron y besaron igual que el que la había recibido en cubierta.
Odette suspiró:definitivamente, era bueno estar en familia.




Península "Torre de Sant'Angelo" -
Comune d'Ischia



—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —comentó Ciruccio con un dejo de preocupación. Habían navegado toda la noche con buen viento y las costas de la isla se delineaban nítidas en el horizonte.
Odette apretó los labios. La familia estaba preocupada: no eran contactos a los que se recurría habitualmente, eso quería decir Ciruccio.
—No tengo muchas salidas — soltó en medio de un suspiro.
—Está bien — su primo la tomó por los hombros y le besó la frente — Sé cuidadosa. Estaremos ahí, pero el viejo quiere verte a solas.
Horas después amarraron en un pequeño muelle privado. Los esperaban con uno de los autos grandes. Necesitaría ropa adecuada. No había pensado que don Mario en persona fuera a recibirla y no era cuestión de ofenderlo vistiendo un conjunto deportivo de porquería.



Mercado en la Vucciria, Palermo - Comune di Palermo


—Adelante, hija.
A los ochenta y un años, Mario Varza seguía teniendo una figura imponente. Flanqueado por su hijo y sus tres nietos, en la habitación cargada de muebles y con cortinados pesados, resultaba casi ominoso.
Mientras se acercaba al escritorio, Odette sintió los ojos de los hombres más jóvenes clavados impúdicamente en ella. Desvió apenas la vista del anciano y enfrentó a los otros, alzando apenas el mentón. Le sostuvieron la mirada un instante y bajaron los ojos.
Salvatore, el hijo mayor y único varón de don Mario; Mariolino, el mayor de los nietos, y los mellizos Andrea y Rosario. Todos de riguroso traje oscuro de la marca de última moda y camisa blanca idem, ostentando —cuándo no — los gruesos anillos de sello. La escena era de otro siglo. El rostro de Salvatore era una máscara tallada en piedra; sólo las aletas de la nariz se movieron con una pesada inspiración. Lujuria debe ser el pecado capital que mejor lo describe, pensó Odette. El hombre era demasiado violento, demasiado apasionado como para suceder al viejo. Los mellizos, demasiado jóvenes: unos mocosos en traje de firma. Mariolino conservaba la expresión neutra, helada. Muy parecido a su padre, carecía de ese halo de vicio que envolvía a Salvatore. Es él. El próximo Don Varza. No va a ser fácil para Salvatore.
— Ascite(11) — ordenó don Mario. Salvatore protestó, pero los nietos obedecieron silenciosamente. Pasaron muy cerca de ella, rodeándola.
—Signora —saludaron con un levísimo movimiento de cabeza que ella correspondió de la misma manera, sin apartar del viejo la mirada firme.
—Tienes coraje — comentó el viejo con una sonrisa cuando la puerta se cerró—. Más de un hombre ha temblado ante mi familia.
—No soy hombre — habló por primera vez, sonriéndole.
—È vero(12) —Don Mario movió la cabeza en un gesto divertido —.Siéntate y cuéntame.
No supo durante cuánto tiempo estuvo hablando. Cuando terminó, se sentía exhausta, desnuda y sola. Había dejado caer todas sus defensas delante de ese hombre de la edad de su abuelo. Don Mario la miró en silencio, largamente, y la mirada se le volvió extrañamente nostálgica.
—Es un favor muy grande.
Odette sintió de golpe un nudo en la garganta. ¿Se había equivocado? Tragó saliva, dispuesta a levantarse aunque le temblaban las piernas.
—Don Mario, La prego (13), no quise...
—Te ayudaré, Nunziattina.
Nadie la había llamado Nunziattina en años, y los recuerdos le llenaron los ojos de lágrimas. Su abuelo y sus tíos la llamaban así cuando era chica, en alusión a su parecido con su adorada nonna Nunzia.
—Se lo debo a tu abuela — don Mario insistió.
Lo miró entre sorprendida y curiosa. La voz del viejo de pronto se cascó.
— Yo... pretendía a tu abuela. Pero ella eligió a Antonino. Fue una buena elección, aunque en aquel momento me volví loco de celos. O de orgullo herido, quién sabe. Hubiera hecho cualquier cosa, cualquier cosa para tenerla —suspiró — .Era una mujer de coraje. No cualquier muchacha de la isla hubiera rechazado a un Varza. Y tú te le pareces tanto... Tienes el mismo fuego en los ojos...
Odette bajó la mirada, confusa. La conversación tomaba un giro inesperado.
—¿Crees que no me di cuenta de cómo te miraban mi hijo y mis nietos? Soy viejo, pero hombre. Caminas como ella, miras con la misma intensidad. Si yo no hubiera estado aquí, Salvatore y los muchachos estarían peleando como cabras montesas... por ti.
—No soy hermosa como para eso, don Mario.
—¿Quién habló de esa hermosura? Mi nuera es hermosa, la esposa de Mariolino es hermosa. Bellezas huecas, frías. Tú tienes el fuego de esta tierra aquí — se tocó el pecho —, y aquí — señaló las entrañas—. Tu abuela hizo lo imposible por sacar a Addolorata de Sicilia, para que tuviera otra vida, distinta de la que ella conoció. Pero la sangre no se niega. Tú perteneces a esta tierra tanto como yo.
Era tan cierto como que era de día. Odette se sonrojó sin poder evitarlo.
—Esos ojos queman. Ese cuerpo provoca con sólo caminar. Eso mismo tenía Nunzia. Cuando subía al mercado con su madre, la gente se detenía y les cedía el paso. Los hombres se quedaban mudos de deseo y se habrían acuchillado entre ellos si alguno hubiera osado faltarle el respeto. Cuando se casó con tu abuelo, enloquecí. Podría haber arrasado la isla para tenerla, y ella me habría apuñalado en nuestra noche de bodas. Amaba a Antonino. Siempre lo amó. Con el tiempo lo entendí y la respeté por ello y cuando eso pasó, ella... me perdonó. Tú eres como ella.
Retiró el sillón lentamente hacia atrás para levantarse. Rodeó el escritorio enorme de caoba, caminando con una leve renquera. Acarició el cabello de Odette con dulzura.
—Podrías haber sido mi nieta. Quizás hubieras sufrido menos.
Odette se puso de pie, todavía sin poder hablar.
—No te preocupes, Nunziattina. Mi ayuda no te traerá problemas. No podrán relacionarte con nosotros. Buscaremos los contactos que necesitas. Tengo algunos buenos amigos que estarán muy interesados en colaborar para terminar con este asunto. En cuanto a lo otro... déjalo por nuestra cuenta. Encontraremos la forma de avisarte qué estamos haciendo.
—Don Mario, no tiene que hacer nada.
—Esos "stronzi"(14)no merecen seguir vivos. Los encontraremos y les enseñaremos buenos modales.
Se besaron ceremoniosamente en ambas mejillas y el viejo la abrazó contra su pecho.
—Vete rápido. No quiero que mi hijo te persiga por toda la isla. Aunque si yo tuviera veinte años menos, no te dejaba salir de aquí.
Afuera esperaban Salvatore y Mariolino, junto a Ciruccio y Renzo, que la habían acompañado. Don Mario la escoltó hasta la puerta llevándola del brazo. Volvieron a besarse, esta vez delante de todos. Salvatore le tomó la mano para besársela mientras no le despegaba la mirada sombría. Mariolino le tomó también la mano pero con el gesto correcto, sin tocarla con los labios, mientras murmuraba:
—Signora.
Ella aceptó los saludos con un gesto leve de asentimiento. Sus primos se dieron la mano y se besaron con los Varza.
—Andrea Varza anda detrás de Antonietta —comentó Renzo mientras regresaban al amarradero.
Antonietta era la hija menor de Vincenzo, el menor de los hermanos de mamá y el más parecido a Lola. En la fami-lia todos decían que el parecido entre Tonina y Odette no era sólo físico: la mocosa tenía un genio explosivo.
— E be': si a Tonina no le gusta Andrea, que ese Varza se cuide — respondió secamente Ciruccio, ocupado en conducir a toda velocidad por el espantoso camino de montaña.

(1)Barco que hace el recorrido entre las islas del golfo de Nápoles
(2)La isla de los alemanes
(3)Estos americanos se la pasan caminando
(4)Explanada
(5)Callejuela
(6)¡Ya llegué!
(7)¡Pero qué te hiciste en la cabeza!
(8)Es una peluca
(9)El plato: tradicionalmente, el plato de pastas
(10)Están aquí
(11)Salgan
(12)Es cierto
(13)Le pido disculpas
(14) Hijos de puta (lit.:soretes)

sábado, 2 de agosto de 2008

La dama es policía - Capítulo 5




Napoli, via Mergellina
Fuente:www.dentronapoli.it

Nápoles, 1950
Franco Massarino se divertía pidiendo limosna a las puertas del Teatro di San Carlo. Tan pronto como salía de la escuela pública, corría a su casa a quitarse el delantal negro y, con la camiseta más rotosa y sucia que tenía escondida bajo el abrigo, se escurría hasta la Ópera. Mendigaba entre la clase alta napolitana, que sentía particular simpatía por sus "scugnizzi"(1) de cara sucia y ojitos alegres.
Si Augusto Massarino se hubiera enterado de las actividades clandestinas de su hijo, muy probablemente le hubiera dado la paliza de su vida. Augusto era un humilde albañil, pero jamás habría permitido que su hijo anduviera por las calles mendigando como un huérfano. Su pobre Vita estaba siempre enferma: esa tos seca y persistente que le sacudía el pecho sin compasión le estaba dejando la delicada piel olivácea cada vez más transparente, así que casi todas las liras extra se gastaban en los hospitales. Vita siempre se sorprendía cuando Franco llegaba a casa con algunos billetes, acompañados de hábiles excusas: don Americo, el sastre, le había dado unas monedas por entregar unos trajes, o Gennarino, del mercado, le había regalado las naranjas que habían sobrado. Lo cierto era que en Forcella todos sabían a qué se dedicaba Franco por las tardes, y callaban por compasión a Vita y a Augusto.



Barrio de Forcella, hoy
Fuente: Diario La Repubblica

Si bien en algunas ocasiones el mocoso se ganaba sus liras abriendo las puertas de los automóviles que trasladaban a los "dilettanti" (2) al teatro, lo cierto es que las más de las veces acarreaba los instrumentos o portafolios con partituras de los músicos de la orquesta. Éstos sentían un particular afecto por Franco y, con la excusa del frío o del mal tiempo, hacían pasar al scugnizzo al teatro para que presenciara los ensayos. Pocas cosas había que el chico disfrutara más que eso, y más de una vez había llegado tarde a su casa por quedarse a escuchar las repeticiones de un allegro.
Pronto comenzó a ir al teatro nada más que para que lo invitaran a los ensayos, y los músicos y tramoyistas se ocupaban de que Franco no regresara a su casa sin alguna moneda.
Una tarde tuvo la oportunidad de presenciar desde bambalinas, un ensayo de El Corsario. Allí decidió que, si algo deseaba hacer en la vida, era bailar. Detrás de los cortinados imitaba cuidadosamente los giros del protagonista, arrobado por la música. No se dio cuenta de que lo estaban observando hasta que el régisseur detuvo el ensayo y preguntó a los gritos por el intruso. Franco trató de escurrirse, pero una manita blanca lo detuvo y lo hizo girar. No entendió qué le decían, pero el acento era dulce y el rostro de hada lo convenció. El niño buscó desesperadamente a sus amigos tramoyistas para que lo sacaran de ahí, pero uno le hizo señas de que fuera con la joven. Milagrosamente, el francés había dejado de gritarle y se dirigió al director de orquesta, que desde el foso, le guiñaba un ojo cómplice a Franco. Luego de unas secas instrucciones, los músicos atacaron un tema más liviano que el que habían estado ejecutando, y el régisseur le indicó al mocoso que se acercara.
—Dansez!(3) —le dijo, mientras lo animaba con gestos. Los bailarines, aprovechando el descanso inesperado, rodearon al chico y Franco pudo discernir, entre el palabrerío del francés y el miedo que tenía, un 'Avanti, ragazzo!'. "¡Adelante, muchacho!" ¡Querían que bailara! Miró hacia "Visino di Fata" (4) , y ella sonrió asintiendo.
Con la desfachatez propia de la edad, Franco comenzó a saltar y girar alegremente por todo el escenario, como en un juego. Todos se quedaron en silencio, viendo lo qu.e el régisseur ya había adivinado.
—Ça va!(5) —dijo el hombre, y la orquesta se detuvo. Nunca había visto algo parecido: el chico, que obviamente desconocía la técnica del ballet, al desplazarse y girar no había errado ni una sola vez al compás de la música. Parecía que marcara el ritmo con sus graciosos saltitos.
—Comment tu l’as fait? Comme hai fatto? —preguntó, esta vez en italiano.
¿Cómo lo había hecho? Franco no sabía. Simplemente había escuchado la música y bailado al compás, como tantas otras veces allí en el teatro, o en la calle, donde vivía al ritmo de las "canzonette" que tarareaban su padre o sus vecinos. Uno de los músicos gritó riéndose desde el foso, napolitano él, que el "scugnizzo" era capaz de bailar hasta el Requiem de Verdi.
Los hechos se sucedieron vertiginosos. El director de la escuela de ballet fue llamado al día siguiente para ver al muchachito. Citaron a Augusto, que acudió llevando a su hijo preventivamente de las orejas, porque estaba seguro de que el chico había hecho alguna de las suyas. No podía entender que lo que deseaban era que su Franco tomara clases de ballet. ¡Eso era de "finocchi"(6) ! Además, Franco apenas hablaba italiano y si no terminaba la escuela...
Le prometieron que el niño recibiría educación adecuada y una beca para estudiar ballet. Tuvieron que explicarle al pobre albañil lo de la beca, y el director del teatro prometió a Augusto que inclusive podría llevar algo de dinero a su casa. Franco miró a su padre con la ilusión y el miedo en los ojos. Augusto comprendió en ese momento que estaba decidiendo el futuro de su hijo, y también tuvo miedo. Murmurando en dialecto que necesitaba pensarlo, se levantó para irse a su casa, cuando el director del teatro, hablando también en dialecto, lo detuvo:
—Es la oportunidad de demostrarles a los "polentoni" (7) que aquí hay arte de verdad. Franco tiene condiciones, signor Massarino. Puede llegar a ser el mejor bailarín que haya dado Italia, y será napolitano. Piénselo.
Había tocado el amor propio de Augusto y llegado a su corazón. Por un instante vislumbró lo que podría alcanzar su hijo, si es que además del talento poseía la perseverancia necesaria.
—No será fácil para él —comentó, acariciando la cabecita crespa.
—Maie e'facile. Ppe' nisciuno. Nunca es fácil. Para nadie, signor Massarino.
Era más de lo que Augusto podía creer. Lo habían llamado respetuosamente signore dos veces. Él no era más que un albañil, pero su hijo podría ser un auténtico signore. Ése fue el argumento final que ganó su batalla interior. No le importaba el dinero de esa beca, sino que su hijo tendría la oportunidad de cambiar de vida. Pensó en Vita y al mirar a Franco, el niño le apretó la mano diciendo:
—Podremos mandar a mamá a un buen hospital.
Se abrazaron y Augusto dio su consentimiento.

PALERMO, 1952

Palermo, Piazza Bellini
Fuente:Comune di Palermo

Antonino Vittorello era una especie de mediador entre sus belicosos coterráneos. Sin plegarse a ninguna "famiglia", respetaba las secretas leyes de "onore, omertà e vendetta"(8) que regían la vida clandestina de la isla. Quizás fuera por ello que le famiglie lo respetaban, y más de una vez había sido consejero en asuntos de importancia. Siempre se había negado a intervenir en negocios ilegales, rechazándolos con sutil gentileza, pero jamás había negado ayuda de ninguna clase a los que se la solicitaban. La "società" sabía que podía contar con los Vittorello porque eran gente de honor, y lo había hecho muchas veces. Los Vittorello sabían que podían contar con la "società"(9), pero se guardaban muy bien de pedir favores.
Addolorata era la menor de sus hermanos y única hija de don Antonino Vittorello. Cuando a los nueve años quiso estudiar danzas clásicas, su tenacidad convenció a su padre de que quizá la niña tenía verdadera vocación para el ballet. Así, con la compañía vigilante de mamma Annunziata, Addolorata concurrió a sus ansiadas clases. Pronto demostró que no era un capricho infantil: sus profesores aseguraron a Nunzia que la niña tenía mucho más que condiciones. “Con los maestros adecuados, podrá llegar muy lejos”, les dijo la profesora del conservatorio de Palermo. El orgullo materno pudo con las prevenciones de don Antonino y así, Nunzia y su hijo mayor, Aniello, llevaron a Addolorata a dar una prueba para ingresar en el ballet del Teatro di San Carlo de Nápoles. Para sorpresa - y secreta desilusión - de su padre, fue admitida en la escuela del teatro. Nunzia no cabía en sí de alegría y envió a Nello de regreso a casa con la noticia. Don Antonino accedió a alquilar una casa en Nápoles para que no tuvieran que vivir en hoteles y pudieran estar acompañadas por alguno de los hombres de la familia. Finalmente se instalaron junto con Assunta y Gelsomino Colosimo, primos hermanos de Nunzia. Gelsomino tendría así la oportunidad de estudiar en el Politécnico de Nápoles, además de cuidar a la familia.



Teatro di San Carlo e galleria Umberto I (Napoli)
Fuente: Wikipedia

El talento de la muchacha no se hizo esperar: luego de debutar en el "pas-de-quattre" de "El lago de los cisnes", desplazó a bailarinas de mayor antigüedad para saltar rápidamente al puesto de primera figura, a los quince años. Don Antonino se convirtió en un vehemente aficionado al ballet y el día que Addolorata debutó en Palermo sólo le faltó pararse en las escalinatas del teatro para anunciar que la estrella era nada menos que su hija.
Para Nunzia, el triunfo de su hija significaba mucho más que su satisfecho orgullo de madre: Addolorata abandonaría Sicilia. Nunzia amaba su tierra con devoción, pero sabía que una mujer no tendría muchas posibilidades en una sociedad tan cerrada y de costumbres ancestrales como aquélla en que vivían. Ella había tenido aspiraciones en otros tiempos, pero el matrimonio y los hijos la habían amarrado a la familia y al terruño. “Tú eres de donde son tus hijos”, le había dicho su madre, el día en que se marchó del pequeño puerto de pescadores para vivir con su marido en las tierras altas de la isla. Antonino, hijo único de un rico terrateniente, se había enamorado de la muchacha y contrarió a sus padres con el matrimonio, por lo que Nunzia se esforzó por devolver aquel amor tratando de reconciliar a su marido con sus suegros. Su encanto natural y su dulzura lograron que su adinerada familia política la aceptara, a costa de sacrificar sus deseos personales. Como buena siciliana, se sometió a la dictadura matriarcal de su suegra hasta el mismo día de la muerte de ésta.
Finalmente conquistó el lugar que merecía como esposa de un Vittorello. Pero se juró que, si Dios la bendecía con una hija, ella haría que su destino fuera diferente.
Dios la había bendecido doblemente, pensaba Nunzia el día en que llegó la oferta de la Ópera de París para que Addolorata se incorporara al ballet estable. Era la oportunidad de su vida: si Lola triunfaba en París se le abrirían las puertas de todos los teatros del mundo. Cuando intentó pintar a su marido el halagüeño futuro de su hija, Antonino la silenció mientras la abrazaba, diciéndole: “Ella tendrá la oportunidad que tú no tuviste”. Nunzia lloró de felicidad, y no sólo por su hija: ahora sí estaba segura de que su marido siempre la había amado.

(1)mocoso de la calle
(2)aficionado
(3)¡Baila!
(4)Carita de hada
(5)¡Está bien!
(6)marica
(7)italianos del Norte
(8)honor, silencio y venganza
(9)sociedad. La Mafia

La dama es policía - Capítulo 4




Antiguo Palacio de Correos, luego Casa de Gobierno, Buenos Aires (foto Archivo General de la Nación)


PROVINCIA DE BUENOS AIRES, 1916
La primera imagen que conservaba de su padre era la de sus seis años. Lo había mandado llamar y su madre lo vistió en silencio y le dijo que fuera con el capataz, porque el tatita tenía que enseñarle algo.
No había mujeres. Nada más que la peonada, el capataz y él, alrededor de su padre, que estaba arrancándole la piel a rebencazos a un peón estaqueado frente a ellos.
Desde donde estaba parado, podía ver la cara del tatita. Severa, sin pasión, sin un gesto más que el entrecejo fruncido. Los rebencazos eran metódicos, certeros. La peonada estaba en silencio, con la cabeza gacha. Algunos tenían el sombrero agarrado entre las manos, como cuando se va a un velorio. El capataz tenía la piel de indio curtida por el viento implacable de la pampa, oscurecida por el sol impío, lo mismo que los demás hombres. Menos su padre. Tenía la piel delicada, fina, "europea", aunque esa palabra la aprendió mucho después. Era bastante más alto que el resto de los hombres de la estancia y de muchos otros que conocía, o al menos eso le parecía desde sus seis años a la altura de la cintura del tatita. Cuando creció, entendió que el tamaño es también una cuestión de memoria y perspectiva. Llegó a ser alto, mucho más alto que él. Pero a los seis años, su tatita era el hombre más grande del mundo.
El mundo que era esa llanura interminable, silenciosa hasta la sordera, ominosa cuando se ponía el sol y las mujeres de la casa contaban historias de aparecidos y luz mala. El mundo que no se acababa en el horizonte porque el tatita le había jurado que sus tierras estaban más allá de donde él podía ver. ¿Cuántos días a caballo?
—Muchos— sonrió apenas orgulloso su padre —.Ya va a venir conmigo, mocito. Ya podrá conocer todo lo que es suyo.
Le había preguntado a su madre, y ella le había dicho que el tatita tenía razón: la estancia era enorme, y sus posesiones no se limitaban a ella. Mamá enumeró propiedades en lugares que desconocía. Si Buenos Aires era un espejismo lejano, París era una entelequia.
— ¿Qué es París?
Su madre se rió.
—Ya lo vamos a llevar, cuando sea más grande. Todavía es muy chiquito — muy gurí, como decían las sirvientas y la cocinera.
No soy tan gurí si me trajeron a ver cosas de hombres, pensó. Se sintió orgulloso de que su padre compartiera con él esos momentos. Estaba castigando al peón por algo malo que había hecho. Su padre no castigaba inútilmente y cuando lo hacía, era ejemplar. Por eso los hombres de la estancia lo respetaban y le eran fieles. Con los años, aprendió que también le tenían miedo. 'Patrón', le decían. Él también le tenía un poquito de miedo, cuando el tatita se enojaba y los ojos azules le relampagueaban y la piel se le enrojecía. Nunca gritaba: te hablaba entre dientes y te temblaban las piernas.
—Este hombre hizo algo indebido — había dejado de azotar al desgraciado y les hablaba a los demás —. Trajo una mujer a la ranchada y a las barracas, de contrabando, y terminó peleándose a cuchillo con uno de sus compañeros.
El final de la pelea era conocido y habitual: el otro había terminado con un arroyo de sangre abierto en medio del vientre.
—Si quieren mujeres, me piden permiso, y se van a vivir en rancho aparte. Las haciendas no se mezclan. A las mujeres no les doy trabajo, salvo que haga falta en el casco. Al que no le guste, es libre de irse a otra parte.
Era raro: parecía que al tatita las mujeres no le gustaban demasiado. A él sí le gustaban. El olor dulce del perfume de su madre, que se le convirtió en recuerdo demasiado pronto cuando ella se murió de parto, en un baño de sangre que se la llevó junto con su hermana neonata. El olor a canela y especias de la negra Dominga, la cocinera. La lejía y el jabón de olor de la ropa recién lavada eran privativos de Aurora, el ama de llaves española, que comandaba al enjambre de mujeres silenciosas que se ocupaban del casco como si fueran un ejército, a excepción de la negra Dominga, que reinaba en la cocina del casco y de la ranchada. Ninguna invadía el territorio de la otra y las dos revoloteaban alrededor del patrón, siempre en silencio, en su estudio lleno de papeles y del olor a libros y cuero, mezclado con el coñac francés que el tatita tomaba frente al fuego.
Fue frente al fuego y con la copa en la mano que le dijo de su madre y su hermana. No lloró porque los hombres no lloran, y su tatita lo había hecho hombre aquella tarde con la peonada.
Tiempo después lo mandó medio pupilo a un colegio de curas del pueblo cercano. Los años pasaron severos entre hombres silenciosos, devotos de Dios y del vino de misa. Entre penitencias de rodillas sobre granos de arroz y comidas silenciosas en el refectorio gris y siempre frío, mientras alguien leía parábolas oscuras.
Pero era un buen alumno, tanto que el tata lo premió y cuando terminó, lo mandó al Colegio Nacional de Buenos Aires. Lo iba a ver una vez al mes, los fines de semana. Las vacaciones las pasaba con su padre en la estancia, aprendiendo a manejar lo que sería suyo.
El colegio era bueno. No: era el mejor que podía haber en Buenos Aires, porque se codeaba con la crema de la sociedad y la política. Hijos de políticos, militares y de la aristocracia sin títulos del país se mezclaban entre los muros del viejo convento de San Ignacio.

Colegio Nacional de Buenos Aires - Pasillo del 3º Piso
Fuente:Colegio Nacional de Buenos Aires

—Usted es más y mejor que ellos —le decía su padre, sentado frente al fuego—. Quiero que los conozca, que los mame desde ahora, así les aprende las mañas. Algún día, usted va a mandar. Para mandar hay que conocer bien a los que se manda, saber cuándo se premia y se castiga, y cómo. No hace falta ser milico para eso. Hay que saber, nada más.
El tatita le enseñó a que no le temblara la mano ante nada ni por nadie. Ni por lástima. Respeto sí, piedad no. Lo llevó a cazar al “lión” que se estaba comiendo los corderos. El puma dio pelea, y él sintió el sabor de rematar a un enemigo fuerte y ágil. El tata lo llevó a cazar ciervos.
—Mírele los ojos: parece que fueran a llorar. Ahora, remátelo. Un tiro en la cabeza. Bien. No hay que hacer sufrir inútilmente.
La primera vez que su padre lo llevó a París, él tenía once años.
—La guerra terminó, no va a haber problemas —le aseguró.
¿La guerra? Al colegio de curas casi no llegaban los diarios.
—La Gran Guerra. A nosotros no nos afectó. Más bien nos trajo buenos negocios. Nos llaman “el granero del mundo”. Y los granos los vendo yo. Es lo mismo. Igual que la carne. Que la lana o el quebracho y el tanino. Y si no son nuestros, tenemos acciones de las compañías inglesas, que es lo mismo.
Comenzó a comprender lo que una vez le había dicho su padre, a los seis años. El mundo. Podía tener el mundo. Quería tenerlo. Iba a tenerlo.
Su padre lo llevó a ver el original que había servido de modelo para hacer la casa de Buenos Aires y le presentó a unos amigos. De vuelta en el hotel, el tata le habló de las amistades influyentes.
—No se equivoque: el influyente soy yo. Ellos son políticos. Hay que saber manejarlos, eso es todo.
En París se enteraron de la victoria electoral. Su padre miró a Marcelo y ambos se rieron a carcajadas, sentados a una mesa de Maxim's. Qué épocas. Qué manera de tirar manteca al techo. La belle époque de verdad. Sin embargo, el tatita era moderado hasta para disfrutar. “Tenés la parquedad de la gente de campo”, le decía a su padre, Regina, la mujer de Marcelo. Su padre no la tuteaba. Nunca tuteaba a nadie y eso ponía una distancia difícil de cruzar, que le convenía. “Cuando una pone la gente a la distancia justa —le enseñó—, la gente entiende y lo respeta. A veces, hasta se asusta un poco”. Pero Regina era diferente y no le importaba que no la tutearan. Prima donna hasta el tuétano, no admitía otro estrellato que el de ella. Volvieron con Marcelo, que venía a hacerse cargo de la Presidencia. La belle époque ya se había trasladado a Buenos Aires, que había dejado de ser una aldea grande por querer parecerse a París.

Marcelo Torcuato de Alvear e Hipólito Yrigoyen
Foto: Diario La Nación
Fuente:Galeon.com

Un día, la estancia le pareció detenida en el tiempo. Las mujeres habían envejecido junto con las paredes. Su padre también.
—Es hora de que se vaya solo a Europa —le dijo el tata, reconociéndole la mirada de macho joven—. Cuando Marcelo se vaya, las cosas van a cambiar, me parece que para peor. No para nosotros, pero sí para los políticos y los milicos.
—¿Y la gente común? —le preguntó al tatita —.Ahora es diferente. Pueden votar, elegir libremente, decidir.
El tata se rió seco.
—La gente común es como las ovejas —rezongó—. Va a donde la llevan los perros pastores, a mordiscones en las ancas.
—Pero... ¿y los anarquistas?
Su padre se encogió de hombros.
—Socialistas de cafetín. Cantan La Internacional y La Marsellesa como si con eso alcanzara. No son nada. Dos o tres fusilamientos y se acabó el anarquismo.
Y de dos o tres fusilamientos se acabó el gobierno democrático, republicano y federal, y el general Uriburu se sentó en el sillón de Rivadavia, símbolo obvio del poder. Él ya se había ido, y lo supo por los diarios. Que se siente. Que se sienten los que quieran.


Marcelo T.de Alvear - Presidente de la Nación, 1922-1928
Fuente: Galeon.com



















Regina Pacini de Alvear
Fuente: Galeon.com

Europa era una fiesta. Había en el aire ese frenesí por la vida que se daba cuando la muerte rondaba muy cerca. Como los árboles frutales, que se enloquecen y dan su fruto más jugoso cuando el desierto viene avanzando. Como las viñas, que dan las mejores uvas cuanto más la tierra les niega el agua. Sus ojos ya no tenían el asombro de los once años. Todo le pareció oropel y joyas falsas. Vio al fénix alemán resurgir de entre las cenizas y a Italia en el intento de reflotar el orgullo romano de los Césares. Hombres que se morían por el halago de las ovejas. Hombres que asesinaban por un pedacito de poder. Hombres que iban a mandar a las ovejas a la guerra otra vez. Él había aprendido de su padre a oler las señales.
El tatita le había enseñado que el poder se maneja mejor desde el silencio de atrás de la escena. “Cuanta menos gente lo identifique como poderoso, mejor. Sólo los que necesitan saberlo. Además, el poder huele, igual que el sexo. La gente puede oler al poderoso, igual que un hombre huele a una mujer encendida. Lo huele y retrocede, porque el poder encubierto asusta más que la exhibición grosera. Deje que le tengan miedo. Problema de ellos”.
Después de que las cosas se tranquilizaron en Buenos Aires, regresó. Quería volver al campo. Su padre lo esperaba en la estancia. No había ido a recibirlo al puerto porque estaba cerrando un negocio muy grande con los ingleses. A él, los ingleses no le gustaban demasiado.
—A mí tampoco, pero es asunto de negocios —había dicho el tata—. En negocios, no se le mira la facha al otro más que para saber si va a respetar el contrato o no. Todo lo demás es basura.
El tata había envejecido terriblemente más desde la última vez que lo había visto.
Lo llamó al estudio y lo hizo sentar en el otro bergère y le ofreció una copa de coñac. Estuvieron bebiendo en silencio un buen rato, él a la espera de que su padre se decidiera a hablar.
—Me estoy muriendo —le dijo al fin—. Va a tener que quedarse un tiempo en la estancia para conocer bien todos los manejos, los negocios, las operaciones, los Bancos. Tenemos Bancos, ¿sabe? Operamos con mucha gente importante.
Él asintió y el tata siguió hablando.
—Usted se relacionó bien en el colegio y en Europa.
Se lo quedó mirando, sorprendido de que su padre supiera lo que había estado haciendo. El tatita siguió tomando coñac.
—Soy su padre; no nací ayer. ¿Qué esperaba?